Capítulo 13

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Me encantaba el paseo marítimo de Sitges. El ambiente que se formaba allí, la gente paseando, el sonido de las olas del mar, como se respiraba un aire más puro que en la ciudad. Y, sobre todo, las vistas. Incluso de noche, como ahora, seguía siendo hermoso, con la iglesia al fondo iluminada por las luces.

Siempre había envidiado a las personas que vivían en las mansiones del paseo. Tenían las vistas más preciosas del pueblo, con el mar justo enfrente de ellos, a menos de veinte metros.

Que la fiesta fuera en una de esas casas ayudaba a reducir un poco esa envidia y me llenaba de entusiasmo.

—El amigo de tu amigo sí que tiene pasta, eh —comenté cuando llegamos al portal de la casa.

No era una mansión, pero era el término que más se acercaba a la descripción. La casa era una extensión alargada de unos cien metros con un jardín donde el garaje tenía alrededor de unos cuatro coches. Dos pisos se extendían con enormes ventanales que eran cubiertos con cortinas oscuras para dar un poco de privacidad y una terraza arriba del todo donde se entrevía una piscina. El estilo era muy moderno, con colores cálidos como el beige decorando la estructura externa.

Era lujoso por donde se viera.

—No puedo negarlo. Los padres de Dylan tienen una empresa que maneja nuevas tecnologías en la industria petrolera.

Elevé las cejas con asombro.

—Ya se nota.

Ambas caminamos hacia la entrada del portal, donde dos guardias controlaban el acceso a la fiesta con una lista de invitados. Cuando llegó nuestro turno, uno de ellos, que medía alrededor de dos metros, nos miró con ojos inquisidores mientras preguntaba:

—¿Nombres?

—Paula y Alana —respondió mi anfitriona.

El hombre comprobó nuestros nombres y al encontrarlos en la lista, asintió con la cabeza y nos hizo una seña para dejarnos pasar.

Cuando entramos a la casa, me sorprendió de manera positiva el ambiente que había. No era una fiesta descontrolada, no había gente drogándose ni inyectándose sustancias raras, ni bailando desnudos sobre una mesa.

No estaba segura de haber reaccionado bien si ese hubiese llegado a ser el ambiente.

Había gente bailando, gente bebiendo, conversando, en la terraza estaba la piscina y el bar. En el patio estaba el grupo de los fumadores, lugar del que me alejaría porque el mínimo olor de tabaco me daba nauseas. Pero por lo demás, era el mejor lugar al que había asistido en mi vida.

La música retumbaba por los pasillos de la casa. No me consideraba fan del reggaetón, pero debía admitir que para las fiestas estaban bien. En ese momento sonaba Tití me preguntó de Bad Bunny. Paula había empezado a tararearla mientras buscaba algún rostro familiar por la sala.

—Vayamos al piso de arriba.

Con tanto ruido alrededor, le respondí con un gesto de cabeza y me dejé guiar por ella. Subimos por unas escaleras de mármol blanco en forma de caracol hasta llegar al siguiente piso.

Allí el ambiente era un poco más movido. Un mini bar a la derecha donde había un chico sirviendo las bebidas, una sala más grande que toda mi casa entera donde se encontraba un montón de gente bailando y a la izquierda, un ventanal enorme del suelo al techo que daba vistas de la entrada y el paseo marítimo.

En cuestión de segundos me vi empujada por Paula al centro de la multitud para bailar.

—¡Me encanta esta canción! —exclamó por encima del ruido de la música.

El día que aprendí a amarmeDonde viven las historias. Descúbrelo ahora