Las cartas que jamás envié II

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Luego de esa noche Lena continuó escribiendo más cartas. Algunas con apenas un par de oraciones, otras abarcaban hasta tres páginas de súplicas, reproches y arrepentimientos. A veces las hojas quedaban perfectamente pulcras y guardadas en un cajón especial en su escritorio, otras veces terminaban manchadas de tinta y lágrimas, echas a un lado e ignoradas por varios días.

Conforme pasó el tiempo escribir las cartas se volvió más esporádico, estas contenían menos reproches y más de los bonitos recuerdos compartidos, escribir el nombre de Kara ya no le causaba temblores en la mano y releer las cartas ya escritas fue extrañamente liberador y satisfactorio, casi como ver su propio proceso de curación. 

No todo era tan sencillo, por supuesto, aunque en el papel Lena parecía poder dejar ir, en la vida real la idea de cruzarse con la rubia aún la ponía nerviosa y la desequilibraba. Ver las notas y los regalos dejados a su secretaria por las mañanas aún la ponía enojada y triste, aunque ahora eran emociones más manejables y menos agresivos para consigo misma y para con la reportera. Había aumentado su servicio de seguridad personal no porque esta le importara realmente, pero suponía que mayor seguridad sería igual a menos posibilidades de tener que requerir los servicios de la heroína. Y finalmente había retirado a Catco y a la DEO de cualquier tipo de relación o exclusiva que tuvieran con ella o con LCorp. 

Para su sorpresa, la vida solitaria y amarga que había estado esperando luego de la muerte de su hermano no se cumplió del todo, y la partida de los superamigos trajo consigo un extraño nuevo acercamiento con Sam e incluso con Jess, ambos iniciados por las susodichas. Al principio Lena se había negado a esto, rechazando cada uno de sus intentos de acercamiento, pero ambas fueron persistentes a su manera, logrando colarse poco a poco en su vida. Lena no podría llamarlas amigas, estaba segura de que nadie volvería a ostentar ese título de todos modos, pero sus compañías, innegablemente, se volvieron valiosas e importantes para ella. 

Un día, volviendo de un desayuno con uno de sus principales inversionistas, y mientras caminaba por la mojada acera, sintió un tirón en su corazón que la forzó a levantar la mirada de su celular. Ahí, en frente de ella, estaba Kara. Tenía su abrigo mojado y en su mano sostenía un cartón con cafés. Parecía que ella la había visto antes que Lena, porque en sus ojos no había sorpresa, en su lugar había una combinación de alegría, anhelo y súplica; su rostro luchaba entre sonreír y suplicarle que no se fuera.

Por su lado Lena se quedó helada, con su corazón deteniéndose y volviendo a latir frenéticamente en un segundo. Por un momento pensó en darse la vuelta y salir corriendo, huyendo de Kara como quien huye de la peste, tal como lo había hecho durante los últimos meses. En su lugar sintió un vacío en su pecho y en su estómago, pero no huyó, su mente se quedó en blanco intentando procesar lo que sentía y lo que no sentía a la vez. 

Lentamente retiró la mirada, pasando a lado de la rubia con cuidado pero sin prisa.

—Lena...

La voz de Kara fue apenas un susurro, pero ella lo escuchó a la perfección. Aún así, siguió caminando y no miró atrás.

Cuando llegó a su oficina tomo un papel y una pluma. Su escritura no fue errática ni desesperada, en cambio, fue tranquila y bien pensada, como quien escribe un discurso para una ceremonia póstuma. De cierta forma, se sentía así.

En esta carta Lena no escribió ningún reproche, ninguna súplica y no hubo arrepentimientos. En cambio, Lena le contó su día hasta el momento en el que se cruzaron; le contó lo que sintió al verla, su corazón acelerado y su confunsión mental y emocional, sobre la opresión en su pecho, y sobre la alegría que le dio verla de nuevo, incluso si esta no era como antes, incluso si estaba manchada por la traición de ambas. 

Esta fue la única carta que Lena preparó para ser enviada, incluso si no tenía intención de hacerlo realmente. 

Dobló cuidadosamente las dos hojas y mientras iba de regreso a su departamento compró un sólo sobre, donde las  guardó casi ceremonialmente; a la mañana siguiente, antes de ir a LCorp, pasó a comprar un sello postal, lo pegó y escribió todos los datos en él. Esa mañana, en vez de dirigirse a un buzón, condujo hasta el campo santo donde estaba enterrado quien, en antaño, fue la persona a la que más amó en el mundo. 

Delante de la lápida sin nombre ni inscripción, Lena permaneció sentada por casi dos horas. No dijo nada, solo se quedó ahí, intentando obtener la paz que no había sentido en mucho, mucho tiempo. 

Cuando se levantó, lista para irse, dejó el sobre apoyado en la fría piedra y pasó su mano por ella, despidiéndose no del hombre que estaba debajo, sino del joven que alguna vez ella conoció. 

Esa misma noche cayó una pequeña tormenta sobre la ciudad, y el sobre y su contenido se deshicieron, perdiéndose para siempre, aunque no importaba, su propósito ya había sido cumplido. El corazón de Lena Luthor había sanado un poco más.     

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⏰ Última actualización: Apr 30, 2023 ⏰

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