Sangre teñida de oro

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La primera vez que intenté escapar de las garras de Vito Adelfio Justino salí muy mal parado, aún tengo el recuerdo grabado a fuego el castigo que recibí. Después de aquello no lo volví a intentar durante bastante tiempo, aunque el fuego que ardía en mi interior no se llegó a apagar. Al menos hasta que vi la oportunidad de nuevo y la aproveché, de hecho, lo hice varias veces, aunque en ninguna ocasión conseguí llegar muy lejos. La única vez que lo hice conseguí un tatuaje en mi pecho que atesoraré por siempre.

Tiempo después de que Garret, mi mejor amigo, desistiese en sus intentos de fuga, en parte gracias a Electra y a la aparición de Keitaro, lo volví a intentar de forma menos desesperada y más planeada, pero volvió a salir horriblemente mal, Vito me capturó y se aseguró de que no lo volviese a intentar, encerrándome en el hotel del amor, en el agujero más infecto que encontró en este, privado incluso de contacto humano más allá de sus visitas casuales para seguir torturándome física y psicológicamente. Aunque esa última escapada me sirvió para orientarme en el mundo exterior y gracias a ella descubrí que Elodie Lingo, mi cantante favorita, iba a dar un concierto en un auditorio de Nápoles, que casualmente está relativamente cerca de la tienda de tatuajes de Andrew, mi punto de referencia en esta ciudad infernal. Esta vez el plan de fuga era más elaborado y no dependía solo del azar, como la gran mayoría de mis anteriores intentos, mi astucia y mi inteligencia eran claves para que lograse el éxito de una vez por todas.

Los días previos a la fuga siempre eran desesperantes, porque ya me imaginaba siendo libre, respirando el aire libre de vicios, todo lo contrario al que llena mis pulmones continuamente. Es complicado mantener el perfil bajo cuando tu trabajo es ser el esclavo del jefe de la mafia y le tienes que acompañar a todos lados y acceder a todas sus demandas, por muy dolorosas o desagradables que sean, pero no se me da mal mentir y ocultar mis emociones bajo una gruesa máscara de sumisión.

Por suerte los ocupo bien entrenando en el gimnasio o en el salón de la mansión viendo refritos de Mi vida con 300 kilos con algunos de los subordinados de Vito, porque no me permiten volver al hotel del amor para jugar con Garret y Keitaro a alguno de sus estúpidos juegos de mesa o meditando con Electra. Me abstraigo mentalmente cuando hacen algún comentario sobre mi físico o lo deseosos que están por pasar un rato a solas conmigo, ya estoy más que acostumbrado a estas cosas.

—Joder, que cansado estoy de estar aquí sin hacer nada, ya nos podría mandar Fabricio a alguna reunión con un político o ricachón. —se quejó uno de los hombres que estaban despanzurrados a mi lado en el sofá, demasiado cerca para mi gusto, pero claro, no podía quejarme lo más mínimo.

—¿Qué pasa, que quieres volver a salir escaldado como la última vez? —le recriminó el otro hombre a mi lado, supongo que refiriéndose a un incidente pasado del que desconocía los detalles.

Yo preferí hacerme el tonto, como hacía siempre, eso me ha ahorrado problemas durante todos los años que he estado encerrado. Siempre me ha ido bien así, porque si pareces un animalillo indefenso que obedece sin rechistar a su amo es más fácil sorprenderles cuando te revelas.

La tarde no transcurrió todo lo rápido que me hubiese gustado, pero cuando llegó la noche pude marcharme a mi cuarto a descansar. Gracias a que Vito estaba de viaje durante unos días con Fabricio pude irme a mi cuarto y no al suyo, aunque me costase tener que pasar un rato con uno de los hombres que estaban en el salón. Al menos pude prepararme mentalmente para lo que se me avecinaba mañana, necesitaba toda la calma que fuese capaz de reunir.

Si todo salía bien mi plan consistía en aprovechar el viaje que iban a hacer a una empresa de marketing del centro de Nápoles para pedirles que me llevasen con ellos y escapar cuando todos estuviesen distraídos y yo sé cómo hacer una buena distracción.

El códice de los pétalos perdidosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora