Capítulo 51.- El anillo

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Luego de morderse el labio inferior, Janet preguntó de forma casual: "¿Cuánto me daría?".

Mientras les echaba un vistazo a los clientes que esperaban vender sus cosas, la gerente de la tienda se inclinó hacia la joven y le susurró al oído: "Un millón de dólares. ¿Qué le parece?".

¡Esta cantidad era más que suficiente para pagar la cirugía de Hannah!

Atónita, Janet miró detenidamente la sortija en su dedo. La hermosa esmeralda incrustada en el medio era como un guisante recién liberado de su vaina, y aunque realmente no era tan grande, su intenso color verde podía deslumbrar a cualquiera.

Sinceramente, ella no podía creer que el anillo que Ethan le había dado fuera tan valioso.

"Lo siento, pero este es mi anillo de boda y no puedo venderlo".

A pesar de la tentadora oferta, Janet no podía ceder. Después de todo, Ethan se lo había obsequiado y era muy especial porque se lo había dejado su madre, probablemente como una reliquia familiar.

Sea cual fuere el caso, ella simplemente no podía deshacerse de la preciosa sortija.

Después de decirle que no a la gerente de la tienda, la joven giró sobre sus talones y estaba lista para irse.

Sin embargo, la mujer curvó sus labios en una sonrisa brillante e insistió: "No se preocupe, señora, entiendo que no quiera venderlo, aunque no pude evitar notar que el anillo le queda un poco grande. Por suerte, nosotros contamos con un servicio para modificar la talla de su sortija en solo un día. ¿Le gustaría que la ajustáramos a su medida? ¡Seguro se le verá aún mejor!".

"Se lo agradezco, pero no. No quiero molestarla", Janet se dio cuenta de que la mujer no le quitaba los ojos de encima a su anillo, por lo que se negó educadamente.

Parecía que la gerente de la tienda estaba leyendo sus pensamientos, porque volvió a sonreír y señaló una de las esquinas del establecimiento: "Señora, sé que su anillo es valioso y quizás le preocupa que lo perdamos o lo dañemos. Pero mire, justo ahí tenemos cámaras de vigilancia y no dejaremos que le pase nada malo a su sortija. Además, es demasiado grande y lo más probable es que algún día se le salga del dedo. Lo mejor será que se la ajustemos para evitar que la pierda".

Habiendo mirado todas las cámaras de la tienda, Janet se quitó el anillo un poco dudosa y se lo entregó a la gerente. "Gracias", dijo ella con una leve sonrisa.

Entonces, la mujer sacó una cuerda de su bolsillo para medir el tamaño del dedo de Janet y agregó amistosamente: "Muy bien, señora. Mañana mismo puede venir a recogerlo".

Según lo acordado, Janet volvió al día siguiente.

Al verla, la gerente la recibió cálidamente: "Señora, ¡qué gusto verla tan temprano! Permítame un minuto, buscaré su sortija".

"Okey, gracias".

La gerente se dio la vuelta, agarró el joyero de terciopelo azul que estaba en un estante y lo abrió: "Si lo desea, puede echarle un vistazo para comprobar que todo esté bien".

Janet recogió la sortija, la examinó cuidadosamente, se la puso y comentó: "Ahora me queda muy bien pero, ¿por qué parece como si fuera nueva?".

La gerente de la tienda se contuvo de poner los ojos en blanco y explicó: "Bueno, es que cuando nuestro personal vio que se trataba de una antigüedad, decidieron limpiarla. Pero no se preocupe, esto tampoco tiene ningún costo".

Sin darle más importancia, Janet asintió levemente y observó lo brillante que lucía el anillo. ¡Incluso parecía como si recién lo hubiera comprado!

En cuanto salió de la tienda, ella fue al supermercado a comprar algunos comestibles.

Cuando llegó a casa, Ethan la recibió en chancletas y con el cabello despeinado.

"¿Dónde has estado? No te vi en toda la mañana", bostezando perezosamente, él se acercó para ayudar a su esposa con las compras, y mientras abría las bolsas y revisaba la comida, preguntó: "¿Qué hay para almorzar?".

Unos segundos después, Janet tomó una botella de agua fría de la nevera y replicó: "Compré muchos tomates. ¿Qué tal si comemos huevos revueltos con tomate? ¿O prefieres espaguetis? ¿Qué te parece si...?".

Pero antes de que pudiera terminar de hablar, Ethan jaló su mano con fiereza.

Enseguida, miró fijamente la brillante sortija en su dedo y preguntó en tono sombrío: "¿Vendiste el anillo que te di?".

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