Capitulo 27

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Alexander

La mansión era un mausoleo silencioso. Khristeen se había ido. Se había marchado, pero se había llevado consigo la paz y la sangre de mis futuros hijos. Yo estaba en el club, en el bar, rodeado de cuerpos intercambiables y ruido sordo.

Me serví otro trago de vodka, el alcohol no hacía más que avivar la imagen que me torturaba: el rostro de mi esposa.

Khristeen.

No había mujer en todo mi imperio, ni en el de mis rivales, que pudiera compararse con ella. Era la perfección hecha mujer, la única cosa que no había podido poseer del todo.

Recordé su rostro en el momento de la bofetada: una furia helada que no había visto ni en mis peores enemigos. Su rostro, un óvalo perfecto, cincelado con una belleza imposible.

Sus ojos... sus jodidos ojos. Dos pozos de color azul zafiro, brillantes, implacables. Eran los ojos que habían brillado con las lágrimas por Alice, y los que ahora me prometían la muerte. Eran los ojos más honestos que jamás había conocido, y ahora me miraban con puro desprecio.

Su cabello, negro como el ala de un cuervo, enmarcaba su rostro con un flequillo recto que le daba un aire de muñeca peligrosa. Me imaginé ese cabello contra la almohada de Luca, el pensamiento me hizo apretar el vaso hasta que mis nudillos se pusieron blancos.

Y su cuerpo... la maldita arquitectura de su cuerpo. Un contorno tallado para el pecado y el poder. La había visto desnuda mil veces, conocía cada cicatriz, cada curva, cada lunar. Era un cuerpo que no solo excitaba, sino que dominaba cualquier habitación en la que entraba. Y ahora, ese cuerpo, que portaba mi hijo, estaba en manos de mi enemigo.

Levanté mi vaso. La rabia era un ácido.

—Brindo por tu ruina, Khristeen. —murmuré, bebiendo el trago de golpe—. Y por tu regreso. Porque vas a volver.

De repente, sentí una presencia detrás de mí, más estable y menos tóxica que las prostitutas. No tuve que voltearme para saber quién era. Solo un hombre se atrevería a entrar en mi pozo de autodestrucción sin ser invitado.

Él se sentó en el sofá frente a mí, su rostro duro y sin juicio, aunque sus ojos mostraban una preocupación genuina. Andrey no era de los que bebían; su mente estaba siempre alerta.

—Alexander.

—¿Vienes a unirte, hermano? —pregunté con sarcasmo, señalando la botella.

Andrey ignoró mi tono. Se inclinó hacia adelante.

—¿Qué pasó, Alexander? ¿Por qué Khristeen se fue? 

Dejé el vaso con un golpe seco en la mesa.

—Pregúntale a tu preciosa Khristeen. Ella te lo dirá. O pregúntale a Anabella. Todas se cubren las espaldas.

—No estoy preguntando por las trivialidades de mi esposa. Estoy preguntando por la verdad. ¿Por qué tu esposa acaba de salir corriendo de tu casa a medianoche?

Le di un sorbo lento a mi bebida.

—Problemas maritales, Andrey. No te incumbe.

Andrey golpeó la mesa con el puño, haciendo que el vaso de vodka temblara.

—¡Me incumbe cuando la mujer que cuida a mi hijo se va asustada! ¡Me incumbe cuando mi hermano se va a un puto burdel a ahogar sus penas! ¡Dime la verdad, Capo! ¿Qué le dijiste? 

La pregunta de Andrey me sacó de quicio. Su lealtad a Khristeen, su cercanía con ella, siempre había sido una espina.

—¡Bájale el tono, Andrey! —gruñí—. Ella me faltó al respeto.

Miedo A Amar [+18]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora