Ellie. #3

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Suspiré, tratando así de prepararme mentalmente para lo que se venía. Desde este momento odiaba la palabra ''tratar''. Era tan injusta. Sabía que cualquier cosa que me dijera el doctor sería terminal pero, aún así, lo único que me quedaba era calmarme. Y aunque tratara, realmente fuerte, no podía.

-¿Ellie Mendel? -me estremecí al escuchar mi nombre.
No podía ser. No. Aún no estaba preparada para esto. Necesitaba más tiempo.

-Ellie Mendel, ¿está por aquí? -volví a escuchar al doctor, y con mi mirada totalmente perdida y cabizbaja, me levanté de mi silla. Subí los ojos y pude ver en los suyos algo que me provocó ganas de llorar: pena.

-Ellie Mendel -susurré apenas audible y él me indicó que entrara a su consultorio con su mano. Así lo hice.

En cuanto cerró la puerta, me desplomé en el primer asiento que vi con un terrible dolor en el pecho.

-No deberías seguir viniendo sola aquí. ¿Dónde está Elliot?

-¿Cuál es mi diagnóstico? -pregunté, evadiendo su pregunta sin poder mirarlo. Mi voz sonaba vulnerable, y mis ojos se centraban en una figura invisible debajo de mis pies.
No quería hacerle frente... literalmente.

Subí un poco la mirada, viéndolo cerrar sus ojos y rascarse la cabeza. Tampoco era fácil para él, al parecer.

-Dedos en palillos de tambor -dijo claramente, haciendo una pausa-. Ese es el nombre de tu diagnosticación. Tus dedos no están sufriendo algún tipo de alergia temporal, esto...

-Es permanente -murmuré desconcertada y sin aliento. Él asintió.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

-Desarrollaste un incremento de tejido bajo las uñas de tus dedos -se rascó la ceja-. Es algo común entre pacientes que padecen tu enfermedad. Lo siento mucho.

Escuché el retrete y el pestillo de la puerta del baño abrirse, sacándome de mis pensamientos. Coloqué una sonrisa en mi cara antes de que Elliot estuviera en la misma habitación.

¿Qué pasaría si él supiera que por dentro estaba arruinada?

-Te ves bien -dije en cuanto salió-. ¿A dónde vas?

-¿Desnudo? -cuestionó mientras se abotonaba su camisa y se miraba en el espejo-. A ningún lado que no sea la cama de mi esposa. Eso, sólo si quiero seguir vivo al día siguiente -me miró, y lo siguiente que hizo fue subirse a la cama y gatear a través de ella hasta llegar a mí. Luego, me besó. Ahuequé mis manos en su cuello, ascendiendo una de ellas hasta su suave y castaño cabello.

Elliot consiguió introducir una de sus manos por debajo de mi blusa.

-También te ves bien -murmuró y sonreí encima de sus labios, empujándolo juguetonamente lejos de mí.

-Eres un tramposo. No conseguirás nada de mí hasta esta noche.

Lo vi sonreír ligeramente, y luego me tomó de los hombros, haciéndome quedar bocarriba en la cama mientras me volvía a besar.

-Te quiero -me besó-. Te amo -murmuró cerca de mi oído, haciendo que una piedra cayera en el borde de mi estómago de manera bastante placentera.

Me mordí el labio fuertemente.

-Ve a trabajar antes de que te arranque la camisa, Elliot.

-¿Sí? -dijo, enterrando una de sus manos en mi cadera.

-Mm-hm -musité-. Y tengo un presentimiento: se me hace que hoy tu torso sabe a fresas.

Elliot:

Las próximas cinco palabras son difíciles de escribir. Incluso sé que son cinco porque las he repasado y sobreelaborado tantas veces en mi cabeza que quedaron en esa cantidad:

Desde que nací, estoy enferma.

No entendía por qué mis padres me habían hecho todo eso. Por qué, incluso, mis tíos lo llegaban a hacer con la conciencia totalmente limpia. Pero lo llegué a entender hace poco.
Mi madre me dejó en ese parque, me golpeó y abandonó tan sólo porque no quería verme morir. Se estaba evitando el sufrimiento. Se estaba aferrando a hacerse creer que si no llegaba a quererme, todo sería más fácil.

De todos modos, ¿quién querría a alguien que está a punto de morir en cualquier momento?

Nadie quiere a una persona enferma. Al menos, no sería su primera opción.
Quiero decir... sí, yo no hubiera hecho lo mismo que ellos. Hubiera cuidado a mi hija y le hubiera dado tanto amor que ni siquiera se acordaría del dolor. Sería mínimo. Pero supongo que no todas las personas hacen las mismas elecciones.

Con amor,
Ellie.

Terminé de imprimir todas las cartas y saludé a la señora de la vitrina con un asentimiento de cabeza al salir. Inmediatamente, el viento frío de la noche me penetró los poros; me ajusté mejor el trench que llevaba puesto, abrazándome a mí misma.
-Buenas noches, jovencita -me saludó una anciana con una sonrisa al caminar frente a mí.
Al verla, me estremecí de espanto, y puse una de mis manos sobre mi pecho, sintiendo cómo mi corazón saltaba hacia delante aceleradamente.
-Buenas noches -dije en un murmullo y comencé a caminar rápidamente hacia mi auto.
Me daba miedo esa anciana. Me daban miedo los ancianos.
Otro escalofrío me recorrió toda la espalda, y me apresuré a abrir la puerta del auto y entrar en él.
La imagen de mis tíos riéndose de mí mientras mis rodillas sangraban y casi me desmayaba de cansancio sobre el cemento se impregnó en mi cabeza, haciendo que me diera vueltas.
Pegué mi frente al volante, agarrándolo por ambos lados fuertemente, y cerré los ojos con la misma intensidad, tratando de inhalar por la nariz.

¿Por qué no podía ser normal? ¿Por qué no podía estar con alguien que realmente supiera sobre mí y me quisiera? ¿Por qué no podía estar con Elliot? Ya no quería dolores de cabeza, ni traumas, ni recuerdos. Sólo quería vivir en paz.

Escuché el claxon de un auto y abrí un poco los ojos, entornando la mirada. Divisé a Elliot dentro de él, mirándome directo a los ojos a través de su cristal. Salió del auto y se apresuró a acercarse al mío y abrir la puerta después de que yo le hubiera quitado el pestillo. Se sentó en el asiento del pasajero, y luego de cerrar la puerta, se volvió a mí, rápidamente tomándome de las mejillas y pegando sus labios a los míos. Sentí un vuelco en mi estómago y sonreí.
-Pasaba por aquí y me preguntaba si podía acompañar a esta hermosa señorita.
Ensanché mi sonrisa.
-¿Qué haces aquí?
-No lo sé -elevó una ceja-. ¿Qué haces tú aquí?
-Pensando -contesté sinceramente-. ¿Tú?
-Realmente no esperaba a que contestaras -hizo una mueca-. Sólo vi a Memory aparcada y vine. ¿Fuiste a ver a Debby?

Debby era casi como la mejor amiga de Elliot. Alta, delgada y pelirroja, luego de que Julién, su mejor amigo, se casara con ella, automáticamente todos nos volvimos una especie de familia funcional-disfuncional.
-No. Me regaló el auto hace una semana. Debería hacerle un regalo de agradecimiento por el regalo, ¿verdad?
Vi cómo asintió.
-Brit me dijo que Chris le dijo que J le dijo a Julién que es mejor si eres amable con ella. Es algo complicada.
-¿Qué? -pregunté mirándolo desconcertada y se echó a reír.
-Lo siento.
-No lo sientes -negué con la cabeza.
-Siento que estoy loco por ti, ¿acaso eso no cuenta?
Ladeé la cabeza, tratando de ocultar una sonrisa. ¿Cómo era que siempre lo lograba?
-No lo creo. Debes irte de mi auto, aún tengo cosas que hacer.
-Oh, cierto. ¿Qué era lo que hacías allí? -señaló el centro de impresión con su dedo y volteé a verlo un segundo antes de mirar a Elliot otra vez.
-Es algo sobre el trabajo. Unos informes y eso -señalé con mi pulgar hacia atrás. Rezaba por que los informes sí estuvieran allí. Cuando volteó y lo vi asentir, sentí el aire en mis pulmones otra vez.
No era el momento de enseñarle las cartas. De hecho, no estaba muy segura de cuándo sería el momento indicado.
-Debes pedirle un descanso a tu jefe -lo escuché decir de pronto, haciéndome fruncir el ceño.
-¿Y eso por qué?
-Porque deberías pasar más tiempo en la cama... conmigo.

Si algún día me dejas.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora