Capítulo 1 | La primera impresión es la que cuenta

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Una hora, una maldita hora lo esperó, incluso se había atrevido a pedir un adelanto de su salario y una noche libre en el trabajo para ir a ver a ese idiota. Y todo para que el encuentro durara diez minutos, le dijera que lo suyo no podría funcionar y se borrara con la misma rapidez con la que le había roto el corazón.

­–Otro cosmopolitan –le dijo Leia al mesero. Estaba herida, el dolor la carcomía por dentro. Sorbió por la nariz y se limpió una lágrima con el dedo índice de forma disimulada. ¿De qué se sorprendía?, siempre hacían lo mismo cuando se enteraban un poco más de su vida. Un tipo detrás de ella, más bien el tercero en la media hora que llevaba allí, pasó por detrás silbando y gritando.

–Que gatitas más lindas hay por aquí esta noche.

Leia, que hervía de furia, se dio vuelta buscando al desgraciado pero este había desaparecido entre un mar de gente que la miraba como si fueran capaces de comerla con los ojos.

La barra del bar era extensa, miró a ambos lados en busca de un asiento para que dejasen de mirarle el trasero. Si seguía parada habría problemas porque pronto llegaría un idiota capaz de tocarla y eso sí que no lo soportaría. Se sentó en el único asiento vacío que había casi al extremo derecho de la barra y levantó la mano indicando al mesero que se había movido de lugar. No podía creer que el idiota ese se atreviera a dejarla así como así pero no creía que fuera coincidencia, siempre que les decía que su trabajo era bailar en un escenario en un bar, y por más que aclarara que solo bailaba vestida, de pronto la juzgaban y trataban como un trapo de piso.

Viejo y usado.

Leia de vieja no tenía nada, por lo contrario siempre se hacía notar cuando llegaba a un lugar. Los últimos años se había esforzado mucho por destacar entre sus compañeras bailarinas, tenía una melena de un chocolate oscuro imposible que caía en punta por su espalda hasta casi rozar sus jeans, y por más que tuviera ojos claros y una cara de rasgos delicados, era el tamaño de su cintura la que atraída todas las miradas en el club, además del contraste que esta hacía en comparación a sus curvas y su habilidad para moverse como las bailarinas árabes. Por muchos sacrificios que le costara mantenerse, y por mucho macho que la juzgara, ella no hubiera cambiado su trabajo por nada. Todo aquello valían la pena al final del día cuando llegaba a casa con los bolsillos abultados de las propinas, y conseguía separar una buena cantidad en el frasco de la fianza. El tridente la había acogido años atrás como camarera cuando encerraron a su hermano en una cárcel al norte del país donde vivían antes, y se había quedado sin nadie con quién contar. Al cabo de un tiempo el dueño, que se volvió su mejor amigo, le propuso empezar a bailar para ganar dinero extra. Al principio se rehusó, ella misma había juzgado a las bailarinas sin conocerlas, pero poco a poco terminó adentrándose en su camerino, y comenzó a convivir con ellas en un departamento que compartían, y se dio cuenta de que eran mujeres con sueños y metas en la vida, y que bailar solo era un pasatiempo, un medio para un fin, pero a su vez era algo que les gustaba hacer, que disfrutaban.

Decidió que le daría una oportunidad al baile, y a partir de su primera presentación jamás volvió a bajarse del escenario. Bailar le había dado más que el propósito de ahorrar y un plato de comida todos los días. Le había dado una familia. Amigas que estaban allí para ella, y le había dado algo que ella no sabía tenía sentía. Una pasión. Pero lejos estaba de encontrar un hombre que valorara su trabajo como un arte, y no como una solución rápida a sus problemas, una elección apresurada e inmadura.

Estaba frustrada, por primera vez en mucho tiempo creía que había encontrado a esa persona que la acompañaría el resto de su vida, o bueno al menos una buena parte de ella. No podía creer cómo las cosas se habían torcido, estaba casi totalmente segura de que él no la juzgaría, pero se equivocó, otra vez. ¿Qué parte de "solo es un baile" no entendían? ¿Por qué cuando una mujer baila en el escenario se trasforma en un pedazo de carnada viajando por las narices de los presentes y pierden la capacidad de verla como una persona?, ¿como un ser que siente ? Le restan valor como si bailar fuera un pecado cuando es en realidad, a su forma de ver, un arte desvalorizado. El solo hecho de causar sensaciones en las personas por verla mover el cuerpo, sin contacto visual o físico, sin ni siquiera una conversación estimuladora, solo moviendo el cuerpo, a Leia le parecía alucinante. Pero no era algo que la gente comprendiera, por más modernos que se creyeran, aún tenían mucho que madurar.

Las redes del prejuicioDonde viven las historias. Descúbrelo ahora