XXIV

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Carlo

Junto al azote del hierro en mi celda me sobresalté

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Junto al azote del hierro en mi celda me sobresalté. Todas mis vertebras sonaron de abajo hacia arriba al erguirme.

Terminó de deslizarse el carril de los barrotes abiertos y me desprendí de las sábanas de la cama. No había podido dormir más de dos horas de corridas durante todo este tiempo. La rabia, el constante auto reproche lentamente me estaban privando de todo; quizás mucho más que lo que esta misma cárcel conseguía con su propósito.

Tras el sonido, entró con muy ligero buen humor lo que yo estaba comenzando a llamar internamente como mi faldero. Minki. Un traficante de poca monta. Ni siquiera voy a detenerme a decir cuán ridículo me parece su nombre. Minki se sintió confiado el primer día cuando se acercó a mí hablándome en inglés, pues era el único que podía comunicarse conmigo.

Me distendí cuando mis fibras comprendieron que se trataba de él y volví a recostarme en la cama.

—No sabía que estaba durmiendo, lo siento —musitó y guardó un prolongado silencio para que el del errante buen humor ahora no fuera yo.

—¿Por qué traes ese modo? —pregunté, más alerta—. ¿Te pasa algo?

Minki chasqueó la lengua y negó con la cabeza. Vi su ceño muy fruncido.

—Solo son estos rumores... que me llegaron.

—¿Qué rumores?

—Nada, jefe... —Se rascó la cabeza—. En el patio están diciendo que lo van a extraditar.

Fruncí el ceño y no pude contener la petulante risa que se me escapó.

Mi gente no demoró en enterarse de mi situación. La preveían, de hecho. Los Provenzano tomaron de los huevos a estos patéticos policías, y los Verro se encargaron de la labor no menor de erradicar internacionalmente la expansión de mi noticia. Por ende, lo que me decía no eran más que vocerías de pasillo para crear algún morbo que los entretuviera sobre mi situación.

Todos sabían aquí dentro quién era yo. A estas alturas era muy difícil que alguien no lo hiciera, a menos que habláramos de una persona realmente ignorante.

El soborno al bajo criterio del alguacil y la corrupción desaforada de este país, volvieron el tenerme a mí en buenas circunstancias el escenario más fácil de todos.

Estaba en una celda, sí, pero era la más grande de este lugar. Hace poco había encargado un colchón más amplio, libros específicos para dejar de pensar tanto, y tengo televisión. Los cocineros también habían recibido instrucciones específicas sobre qué es lo que me gusta comer y lo que no. Y por supuesto, el whisky, gracias a este faldero, ni siquiera el primer día me faltó.

Nada es como estar fuera, pero al menos esto no está tan mal. Las cárceles para alguien como yo no significan mucho más que eso, solo privarme de mi libertad.

La Mia Ragazza | J.JK - P.JM [Completa]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora