Capítulo 6

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El día de la fiesta de Verónica se avecinaba. Como de costumbre, su «pequeña velada» había crecido vertiginosamente y se esperaba que más de cincuenta personas invadieran su casa en el campo. Afortunadamente, el sábado por la mañana, cuando saltó de la cama, hacía buen tiempo. Todo el mundo podría reunirse en el patio: la casa era demasiado pequeña — y la decoración estaba por acabar— para acoger en su interior a aquella cantidad de personas. Necesitó casi cuatro horas para limpiar el invernadero y dejar libre un corredor que permitiera llegar hasta allí desde la pequeña salita. Después tocaba ir al Safeway, a comprar algunas cosas para picar, detallitos para la fiesta y más cajas de vino. A continuación necesitaba un par de horas para hacerse algo en el pelo y por lo menos media hora más para la habitual indecisión sobre qué ponerse. Mientras miraba el cielo azul, despejado y sin nubes, se arrepintió de no haber optado por hacer una barbacoa. A la fiesta iban a ir hombres y siempre les encantaba la carne asada. «Debe de ser algo ancestral. En el fondo, todos son unos pirómanos», meditó. Eso significaba que podían llevar delantales de plástico, dar grandes tragos de cerveza, quemar las salchichas y rememorar sus días de boyscouts mientras ella y sus amigas podían concentrarse en la bebida. Las barbacoas eran divertidas.

Se debatió entre cambiar o no de idea sobre la comida hasta que cayó en la cuenta de que no había limpiado la barbacoa desde la última vez. Decidió que no tenía tiempo para aquello y volvió al plan original.

Camila no tenía ningún dilema sobre qué ponerse: su dilema era cómo levantar la cabeza de la almohada. Era vagamente consciente de que había otra persona en la cama, pero, como mover la cabeza resultaba doloroso, optó por devanarse los sesos. Por más que lo intentaba, sólo podía recordar hasta el momento en que pidió una bebida en la barra del club. Debían de ser las dos de la madrugada, momento en que se sirve la última copa, porque había una verdadera aglomeración. Recordaba a un chico gay con perneras de cuero, que se apretaba contra su espalda, y una imagen vaga y borrosa de una rubia chiquitina, de pie a su lado, también agitando frenéticamente un billete de cinco libras al barman. El recuerdo del Jack Daniel's doble bajando por su garganta despertó otro recuerdo, que incluía montárselo con la atrevida rubita.

—¡Buenos días, colega! —dijo la atrevida rubita, alegremente apoyándose en los codos.

Camila abrió un ojo. Sí, era verdad: no estaba sola. La rubia debía de tener al menos diecinueve años, pensó Camila con desespero. Cerró los ojos para concentrarse, pero no había manera de recuperar los recuerdos de haber salido del club, haber llegado a casa o cualquier otra cosa.

—¿Nosotras...?

—Sí, colega.

—¿Yo estaba despierta?

—Sí, colega, y estabas hecha una animal. Brillante. Súper.

Camila se desesperó aún más. La idea de que podía haber sido una amante magnífica e incansable y que ni siquiera pudiera recordarlo la deprimía lo indecible.

—Mira, no quiero parecer maleducada, pero...

—Sharon. Me llamo Sharon, colega. Soy mecánica. Aunque al final sí que estabas fuera de juego. Creía que ibas a vomitar. No parabas de hablar, que si tetas, que si culos, y entonces te quedaste frita encima de mí. No me sorprende que no te acuerdes de nada. Puse la papelera al lado de la cama por si vomitabas.

Un pensamiento espantoso asaltó a Camila. Una vez estaba tan borracha que se quedó frita mientras estaba penetrando con los dedos a una chica y todavía tenía los dedos dentro de ella cuando se durmió. A la chica no le entusiasmó.

—Lo siento —murmuró. La habitación seguía borrosa en los extremos y todavía no había reunido valor para mirar a Sharon a la cara.

Sharon, mientras tanto, saltó de la cama y se estiró.

Placeres ocultos- Pausada(Camren)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora