Nora Muscatello, mimada hasta lo impensado, tiene a toda Italia a sus pies.
Su padre le da todo lo que cruza por su mente, sólo hasta que sortea un horrible tropiezo.
Su pesadilla comienza al pisar la catástrofe que es Corea del Sur, pues una serie...
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—Buenas noches, señor Jimin.
Entrando al hotel llegó a mi nariz el temor que sentían todos los presentes. Se había esparcido el rumor, al parecer, de la muerte del primero de mis hombres. Se extendió también el motivo de mi causa y la verdad no me importaba, eso estaba convocando a más gente. El respeto va de la mano con el miedo, y ahora lo puedo ver.
Todo se abrió a mi paso al avanzar, más dorado que nunca.
—Buenas noches, señor Jimin —repitió el botones que se disponía a llevarme a mi cuarto.
Abotoné mi chaqueta negra y asentí en su dirección solo una vez.
Si mi nombre se estaba haciendo conocido, no podía darme el lujo de permanecer en un mismo lugar mucho tiempo. Abandoné todas mis pertenencias en el antiguo departamento; reponerlas rápidamente no es problema.
Acabo de matar a uno de los sabuesos de Jungkook, debo desaparecer ahora al menos unos días. Lo único que me tranquiliza es haber dejado a uno de los míos de punto fijo en ese lugar para que me informe qué pasa... al menos a grandes rasgos.
Hace poco había adquirido un teléfono prepago para que no me rastrearan, y este vibró en mi bolsillo antes de que pusiera un pie en esa suite. Lo ignoré porque el trato con mi espía era insistir solo si se trataba de algo urgente.
—Gracias. —Dejé un billete alto en la mano del valet y se le iluminaron los ojos.
—A usted, señor —respondió junto a una reverencia de noventa grados.
Encendí la calefacción en cuanto él salió del cuarto. La bonita vista que este lugar me ofrecía al lago Naru fue suficiente para detener un minuto mis pensamientos. A través de esa gran ventana distinguía el titilante destello de todas las casas, de toda esta ciudad que ahora lo pasa mal.
Era vasta, infinita la posibilidad de todo lo que podría sucederme dentro de este mundo. De pronto me sentí pequeño, diminuto. Sin poder creer lo lejos que había llegado por mi propósito; tuve miedo, pero al mismo tiempo me sentí orgulloso.
Vibró de nuevo entonces el celular en mi pantalón y gruñí por la molestia. Iba a arrepentirse si no era algo de veras importante. Deslicé el dedo por la pantalla y me llevé el teléfono al oído.
—Rápido —espeté.
—Señor —saludó el chico con la respiración agitada.
—¿Estás corriendo?
—Tuve que alejarme para llamarlo, todas las señales aquí están interceptadas.
—Bien... cuéntame.
—Señor. —Respiró profundo—. Acabo de ver algo, señor, algo muy malo —hizo una pausa y el nudo que se formó en mi pecho ni siquiera me dejó presionarlo—. Estoy seguro de que era la señorita Nora. Era extranjera, rubia y delgada. La vi a la distancia, en un balcón. Primero estaba sola y... después no.