Un chico de Westalis y una chica de Ostania se conocieron en un campamento y, sin saberlo, plantaron una semilla que, al principio, no parecía tener importancia. Pero, con el tiempo, lo que habían iniciado creció en algo más profundo: una historia q...
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Yor había olvidado lo agotador que era esperar a que algo creciera. A pesar de que sus padres le habían enseñado la paciencia y la disciplina en muchas áreas, esta semilla desafiaba esas enseñanzas. Ella y su consejero la habían plantado hace cuatro días y, según lo que sabía, ya debería haber un pequeño arbolito creciendo.
—¡Es que no lo entiendo! —farfulló con un resoplido y pateando una piedra—. Mi papá dijo que eran tres o cuatro días.
—Quizás sea al final del día —murmuró el chico a su lado en tono bajo.
Si él no hubiera dicho eso, Yor no habría notado lo decaído que estaba. No sabía por qué, pero su amigo estaba triste de nuevo.
—¿Qué pasó? —le preguntó—. ¿Tu papá otra vez te pegó?
—No, no, ¡eso no! —aclaró él rápidamente y tocó su mejilla—. Si fuera así, estaría hinchado.
Desconfiando, Yor apoyó su mano en la mejilla de su amigo. Ignoró cómo este gesto lo conmocionó a él hasta el punto de ponerle rojo el rostro.
—Es cierto —dedujo después de apartar su mano—. Estás bien, pero estás triste otra vez.
—No es nada esta vez —le dijo el chico—. Debes estar imaginando cosas.
El corazón de Yor se hundió un poco. Su amigo le estaba ocultando algo y no quería decirle. A ese ritmo, tendría que esperar hasta el día siguiente para saber qué ocurría, y tal vez incluso más allá.
Por supuesto, no estaba segura de que incluso con el paso de los días se lo dijera. Suponía que era posible por la forma en que solía contarle las cosas; seguía siendo algo tímido, aunque a ella le gustaba así.
Yor hizo una pausa, reflexionando sobre sus sentimientos.
«¿Me gusta?».
—¿Yor...? —lo llamó su consejero, preocupado.
«Le he dicho que es mi consejero. Desde que mamá...».
Poco a poco, la idea se asentó en su mente y saltó de su lugar, señalando al chico de manera acusatoria.
—¡Tú! —exclamó.
—¿Yo? —preguntó el chico, sin entender por unos momentos.
—Escucha, tú... —comenzó Yor, jugando con los mechones de su cabello—. Pues verás...
—¿Yor...?
—Yo... —balbuceó—. ¿Puedo comer otra croqueta?
Su amigo asintió, tomó una croqueta y se la entregó.