∞ 04: Juego ∞

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Si había algo que Euler y yo teníamos en común, además de nuestro gusto por permanecer encerrados en mi departamento, era salir al balcón cuando el sol estaba en su máximo esplendor. Usar las sillas que Collin me había regalado cuando me mude mientras dejábamos que la vitamina D nos llenara el cuerpo era nuestra actividad favorita.

Tenía la laptop sobre las piernas mientras reflexionaba sobre lo que estaba haciendo bien con la historia, nada, y sobre lo que debería cambiar, todo, mientras que Euler estaba echado en la otra silla durmiendo muy cómodamente con el cuerpo estirado a lo largo de la silla.

Ojalá hubiera nacido como un gato así mi única preocupación sería donde dormir todo el día.

Aparté la vista de la pantalla para ver la calle, aunque el sonido de los autos podría ser incómodo yo lo consideraba parte de la magia, la parte de un todo que me relajaba. Las personas que iban y venían, el ruido ocasional de la música que salía de sus vehículos, las risas y las pláticas que apenas podía entender. Un todo del que siempre estaba apartada, que siempre observaba porque me costaba integrarme a este.

Admiraba a las personas que eran capaces de hablar con desconocidos como si nada, yo no podía intercambiar palabras con nadie sin motivo alguno porque tenía la certeza de que quedaría como una completa lunática.

Por eso no me explicaba cómo había podido mentirle a la amiga de Brendan en la cara.

Algo que me sabía mal y que además me hacía una hipócrita entera porque yo odiaba las mentiras, porque mi mundo entero había cambiado por culpa de ellas y me había jurado jamás mentir a nadie. Así que después de pasar la alegría de mi pequeña cena gratis y la diversión de haber hecho algo como eso, me había pasado toda la noche ahogándome en la culpa de la mentira y había decidido que si volvía a cruzarme con esa mujer le contaría la verdad aunque eso me hiciera ser tachada de loca.

En verdad me sentía mal al respecto y no porque tuviera alguna consideración con mi vecino y su vida sexual, nada más alejado de la realidad, se debía a mí misma. No podía exigirle a los que me rodeaban, un par de personas pero ese no era el punto, que me dijeran la verdad sin importa lo cruel que fuera si yo no iba a ser capaz de devolverles la misma cortesía.

Aunque bueno, tampoco iba a buscarla activamente porque, para comenzar, no tenía ni idea de dónde trabajaba o vivía como para ir a explicarle tranquilamente lo que sucedía o porque había hecho lo que hice hace dos noches. Si se me presenta a la oportunidad iba a corregirlo, si no pues iba a perderle perdón en mi mente hasta que me sintiera suficientemente satisfecha.

—Meow.

Su maullido me hizo mirarlo, con sus pupilas en dos líneas por la cantidad de luz que había mientras le miraba como si le debiera algo.

—¿Qué?—le pregunté con suavidad—, ¿Qué quieres?

—Meow.

Ese maullido fue mucho más bajo, mimado, lo que me hizo estirarme para mimarlo. Y eso era justo lo que quería porque volvió a cerrar los ojos al tiempo que se acostaba para seguir durmiendo como si nada, sonreí porque el gato estaba demasiado mal acostumbrado por toda la atención que le daba constantemente.

Pobre de él si llegaba a mudarse mi vecino.

También pobre de mí. Detestaba a mi vecino tanto que hasta hace un par de semanas había deseado activamente que se mudara a otro lugar y me dejara en paz, pero ahora que sabía que él estaba ligado a la única compañía que tenía no quería que dejara de ser mi vecino en un futuro cercano.

Dejé de consentirlo para volver la atención a mi laptop para descubrir que ninguna mágica criatura o una intervención divina había echado a perder mi laptop por lo que tenía que encargarme de lo inmediatamente urgente: el manuscrito.

Cuantos problemasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora