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A partir de entonces, las cosas parecieron mejorar para el nuevo bailarín asiático de cabello castaño. Fue realmente sorprendente la manera en que se había adaptado al ritmo de enseñanza en tan poco tiempo, incluso después de no haber bailado en tanto tiempo. Estaba encantado y no sé merecía menos, después de haber sufrido múltiples desamores, penas y abusos durante sus épocas de secretario.

Sus articulaciones y músculos trabajaban en conjunto en cuanto lograba oír la música, dejando a cualquier espectador dentro de una especie de trance que hacía disfrutar de los elegantes y delicados movimientos del bailarín. Su rutina diaria se había vuelto una banda de elogios constantes acompañados de suspiros llenos de admiración, era un sueño hecho realidad incluso sin fama o cantidades enormes de dinero, pues poder hacer lo que ama era incomparable a cualquier suma de billetes.

Además, seguir su sueño le había dejado recompensas colaterales: su lista de pretendientes había incrementado notablemente, incluidos hombres y mujeres por igual. Era bello, Park Jimin era bello. Y él mismo lo supo debido a las miradas que sentía a sus espaldas, cuando estaba concentrado en sus prácticas de baile.

Y era inevitable teniendo en cuenta el traje ceñido al cuerpo con el que practicaba, resaltando sus grandes y sensuales atributos. Por consecuencia y sin percatarse de nada, Jimin ya contaba con un ejército de admiradores secretos que se conformaban con verlo bailar debido al miedo de dirigirle la palabra. El único con el atrevimiento para hablarle era Taemin, quien estuvo interesado en el menor desde el primer día de su encuentro.

A las pocas semanas de haber ingresado a la escuela de baile, Jimin ya contaba con el famoso bailarín como uno más de sus contactos. Había cambiado de número al poco tiempo de llegar a París y por ello tenía agregado únicamente a Jungkook. Ver esa pantalla principal vacía le trajo una inmensa paz, pues recordó que en algún momento estuvo atascada de mensajes por parte de un Min Yoongi, con el sobrenombre de "Daddy". Pero se había acabado, ahora se encontraba emocionado mientras esperaba un mensaje de su ídolo de la infancia, Lee Taemin.

Durante el poco tiempo que interactuaba con Taemin, Jimin observó al chico como alguien carismático y encantador, tal como lo había imaginado cuando lo miraba bailar a través de las pantallas, sentado en el sofá de su sala en Corea. Iba de vez en cuando a las prácticas para supervisar a los novatos, y aprovechaba para intercambiar palabras con el castaño. Jimin no podía evitar ponerse nervioso ante la presencia del mayor, a pesar de sus esfuerzos por mostrarse natural.

En una de aquellas visitas, hubo una vez en que Jimin trataba de replicar sin éxito los movimientos de su maestra, llamando la atención del pelinegro. Jimin sintió su piel tensarse ante el repentino tacto del mayor, el cual mostraba intenciones de moverle las extremidades para mejorar su postura. Su reacción no pasó desapercibida por el mayor, sacándole una sonrisa divertida.

—Tranquilo, lo estás haciendo bien —susurró el pelinegro.

—Sí, s-señor... —tartamudeó.

El pelinegro no lo soltó y, por el contrario, acercó más su cuerpo para seguir tocando y moviendo sus extremidades al ritmo de la música. Llegó un punto en donde pudo sentir su respiración contra su cuello.

—No soy tan viejo —rió—. Puedes llamarme Taemin.

El mayor lucía tan confianzudo y amigable como de costumbre, sin llegar a la arrogancia.

—Sí, Taemin —asintió concentrándose en la danza y no en el tacto del contrario, que ahora se encontraba en su cintura.

—Tienes talento —afirmó cambiando de tema—. Me gustaría darte clases particulares, si así lo deseas, claro —le observó atentamente.

• I N F O R M A L • yoonmin +18 Donde viven las historias. Descúbrelo ahora