Es difícil encontrar la forma en la que todo encaja en su lugar una vez está roto, incluso si un cirujano te da un primer empujón bastante notable. La recuperación de Alexia avanza con esperanza. Su rodilla está respondiendo muy bien a la rehabilita...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Alexia
Había rodeado a Mía con mi brazo, pegando su cuerpo al mío lo máximo posible, como si fuera a escaparse en cualquier momento, a desvanecerse. Cada centímetro de mi piel notaba la suya. Copiaba su postura, con la pierna derecha flexionada, el torso ligeramente girado, encajando como una pieza de puzzle. La punta de mi nariz rozaba con su nuca, habiendo podido dormir envuelta en el aroma de su piel y el perfume de su pelo.
Era la primera noche que Mía dormía en mi casa y el colchón parecía siempre haberse estado reservando para su peso, para recortar su figura entre las mallas del viscoelástico y para hacer que el calor de su cuerpo no me sofocara.
La luz del sol que se colaba por las rendijas propias de no haber bajado la persiana lo suficiente la noche anterior. Y le sentaban bien. Dibujaban motivos abstractos sobre su piel, iluminando secciones amorfas sobre su hombro, su brazo y la mitad de su rostro, siguiendo el ritmo de las nubes que seccionaban la incidencia del Sol sobre Barcelona en aquella mañana.
Eran ya las doce y media de la mañana y Mía seguía con los ojos cerrados, relajándome con su profunda respiración, moviendo los dedos de vez en cuando, apretando mi muñeca, probablemente soñando. No tenía intención de moverme, mucho menos de despertarla. ¿Era así acaso cómo se sentía el cielo?
Respiré hondo, llenando de nuevo los pulmones de ella, como una esencia que limpiaba laringe, tráquea, pulmón y bronquios. Crecían, se acomodaban, dispuestos a recibir para siempre el olor de la paz. Estuve a punto de escupirlos sobre el colchón, asustada cuando la puerta de la entrada emitió un estruendo, seguido del tintineo del metal de las llaves, colapsando contra la encimera de la cocina. Abrí los ojos de par en par. Se me tensó cada músculo del cuerpo.
—...¿Ale? —Me llamó la morena, todavía descansando en mis brazos. Tragué saliva. Aproveché para retirarlos. «Mierda», pensé. No tenía ni idea de qué hacer. Mía se rio al ver la expresión de mi cara—. ¿Por qué estás tan nerviosa? —Se burló—. No me voy a asustar y marcharme. Ayer te hice una paja en un parque...
—¡¡SHHH!! —exclamé, tapándole la boca.
Mía frunció el ceño y agudizó el oído, tratando de descubrir qué era lo que me estaba llevando a actuar de aquella manera.
—¿Alexia? —Se oyó una voz desde el pasillo—. No me puedo creer que esta niña siga durmiendo.
—Es su día libre —Mi hermana Alba respondió, haciendo que perdiera la respiración de nuevo.
Miré a Mía con cara de circunstancias, que me observó confundida.
—Un día libre y se pone a dormir hasta por la tarde. Es que eso no puede ser, no puede forzarse tanto y estar tan cansada. No es sano —Continuó quejándose aquella voz que había identificado como su madre—. Anda, Alba. Ve a despertar a tu hermana y nos ponemos a comer de una vez.
Al oír estas palabras, me levanté de la cama como un resorte. Oí los pasos de su hermana dirigirse hacia mi puerta y Mía miró a todas partes antes de tratar de esconderse bajo el nórdico de mi cama. Me puse una sudadera lo más rápido que pude y la puerta se abrió finalmente mientras buscaba algún pantalón que ponerme sobre la ropa interior.
Alba nos observó en silencio por unos segundos, con los ojos muy abiertos. Primero a mí, luego a la desconocida que estaba envuelta en sábanas sobre la cama de su hermana.
—Alba... —Amenacé, dando un paso hacia ella y poniéndome finalmente el pantalón.
—Joder, esto es demasiado gracioso —Se burló, viendo cómo buscaba algo de ropa para tirarle a mi invitada.
—Ni se te ocurra avisar a mamá de nada, Alba o te juro que...
—¿Avisarme de qué? —Se escuchó desde el pasillo.
Me puse recta al instante. Miré hacia atrás. No tenía ningún sitio donde meter a Mía y mi hermana ya la había visto. Mi madre la encontraría aquí en menos de un minuto.
—¡Hola, mamá! —saludé con una sonrisa nerviosa, tratando de disimular que estaba a punto de desmayarme por la vergüenza.
Mi madre entró en la habitación con una expresión curiosa en el rostro, rodeándome para ver lo que mi cuerpo estaba intentando tapar. Miró de mí a Mía y luego de nuevo a mí, como si tratara de entender lo que estaba sucediendo.
—Hola, cariño. ¿Quién es tu amiga? —preguntó con una sonrisa socarrona.
Mía salió tímidamente de debajo del nórdico y me miró, buscando alguna señal de cómo debía actuar en esta situación.
—Es Mía —Me crucé de brazos visiblemente incómoda. Quería que la tierra me tragara—. ¿Podemos tener esta conversación en el salón?
Traté de agarrarla con los brazos y guiarla de fuera de mi habitación, pero ella se deshizo de mi agarre.
—¿Has dormido bien, Mía? —Se estaba divirtiendo. Mi madre se estaba divirtiendo y la cara de Mía se estaba volviendo ya de un tono bermellón—. Se os han pegado un poquito las sábanas, ¿no?
—S-Sí —respondió con un hilo de voz.
—Hay que tener cuidado con trasnochar. Luego perdemos las rutinas y dormimos mal por días...
—¡Mamá! —exclamé.
Alba echó una carcajada sin ningún tipo de disimulo.
—Venga, cariño. Vístete. Nos vemos abajo en unos minutos —Se dio la vuelta en dirección a la salida—. Mía cariño, tú también vienes a comer, ¿verdad?
—La verdad no creo que sea buena i...
—¡Genial! Os esperamos a las dos en el salón—La interrumpió, dejándonas a las dos con la boca abierta.
Alba no dejó de reír en ningún momento y se acercó a mí justo antes de seguir a la matriarca.
—Por cierto, te has puesto los pantalones del revés —añadió entre risas.
—Lo siento muchísimo, qué vergüenza —dije en cuanto mi familia abandonó por fin el dormitorio. Mía apretó los labios, como queriendo decir que no importaba, pero que había sido terrible—. No tienes porqué quedarte. Mi madre a veces se pasa de la raya.
Ella se quedó en silencio por unos segundos. Luego, procedió a vestirse. Caminó despacio hacia mí y me miró a los ojos.
—¿Tú quieres que me vaya?
—¡No! —respondí al instante. Mía sonrió—. No quiero que te vayas, sólo que no te sientas forzada a quedarte aquí.