Eran las una de la tarde y el piso aún estaba en completo silencio. La noche anterior les había pasado factura a todos, que ahora se encontraban en el quinto sueño.
Miriam fue la primera levantarse. A decir verdad, no había dormido mucho. Estaba rayada, porque no entendía lo que había pasado hacía tan solo unas horas. ¿Le había gustado que Mimi la besara? Bueno, en realidad había sido ella quien la había besado. ¿Por qué lo había hecho? ¿En qué momento se lo ocurrió que era buena idea hacerle caso a Ricky? Bueno, el caso es que había pasado, y ahora no sabía cómo actuar. ¿Tenía que hablar con Mimi? ¿Hacía como que no había pasado nada?
De repente escuchó unos pasos. <<Que no sea ella, que no sea ella>> rezó en su mente.
Mala suerte, efectivamente era la granadina, que a juzgar por su cara tampoco había dormido mucho. Estaba rayada, porque al igual que Miriam, no sabía cómo actuar, aunque ella en realidad estaba mucho más relajada que la gallega. Primero porque era abiertamente bisexual, segundo porque estaba acostumbrada a besarse con sus amigas, y tercero porque no había sido ella la que había dado el primer paso.
Se puso nerviosa. Al recordar que Miriam fue la que se lanzó y la que estuvo toda la noche buscándola, se puso nerviosa. ¿Qué quería? ¿Qué es lo que estaba buscando?
—Buenos días— dijo Miriam intentando aparentar normalidad.
—Buenos días– respondió la granadina sentándose en la encimera.
<<Le he dicho mil veces que no se suba ahí>> pensó Miriam, pero no dijo nada, tan solo la miró.
Mimi no lo había hecho a conciencia, de hecho, hasta que Miriam no la miró no se dió cuenta de lo que estaba haciendo. Por eso se bajó y se sentó en una silla. —Perdón— le dijo.
Normalmente, Miriam le regañaba, y ella le hacía, de broma, una pataleta de niña pequeña. Nada más lejos de su realidad actual: la granadina sentada en una silla y Miriam haciéndose el café.
—¿Quieres uno?— le preguntó señalando la cafetera.
Mimi se limitó a asentir con la cabeza.
Dios, qué incómodo estaba siendo todo.
Pasaron unos minutos en silencio hasta que, de repente, Mimi lo rompió.
—Oye, Miriam...— dijo llamando su atención.
La gallega se giró para mirarla. <<Mierda, mierda, mierda>> pensó.
—Que...— empezó a hablar la granadina.
¡Salvada por la campana! O más bien por Ricky, que justo entró a la cocina.
—Buenos días— dijo con la voz pastosa, arrastrando los pies y frotándose los ojos. —¿Por qué os habéis levantado tan temprano?— preguntó.
***
Pasaron las horas y las rubias no mencionaron el tema. Tan solo se limitaron a mantener conversaciones banales con los otros dos. Agoney, por su parte, tampoco había hecho ninguna referencia, ¡y menos mal!Después de comer se sentaron Miriam y Mimi en el sofá y Ricky y Agoney en los sillones, dispuestos a poner una peli aburrida en Netflix y quedarse dormidos toda la tarde: la mejor manera de pasar la resaca.
En un principio, las dos se habían sentado sin rozarse: Mimi tenía las rodillas dobladas y estaba apoyando su cabeza en ellas, Miriam tenía las piernas cruzadas. Pero, un poco por inercia y otro poco porque necesitaban el contacto de la otra, se fueron acercando. Fue la granadina la que le empezó a hacer cosquillitas en la mano a la gallega, que la tenía apoyada en el sofá. Al notar el contacto, Miriam sonrió y se remangó para que Mimi tuviese acceso a todo el brazo. La segunda la miró y se rió:
—Qué lista eres, ¿no?—.
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Te quiero en cada rincón de Galicia
FanfictionMimi era hogar, y Miriam quería quedarse a vivir en Granada para siempre.