Nora Muscatello, mimada hasta lo impensado, tiene a toda Italia a sus pies.
Su padre le da todo lo que cruza por su mente, sólo hasta que sortea un horrible tropiezo.
Su pesadilla comienza al pisar la catástrofe que es Corea del Sur, pues una serie...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
La primera y más sabia estrategia con el sádico de Jungkook fue entrar en sus nervios. Fingir estar completamente de acuerdo con sus errantes manías y condiciones, sin perder de vista el norte. Sonreírle fue la peor parte, pero podía morir si no lo hacía.
Hoseok no tuvo reparos en ayudarme. Me confesó que estaba planeando hacerlo hace rato, desde que confirmó que su jefe había perdido la razón, para ser exactos.
—Te dije sin hielo porque me duele la cabeza.
Sentado en la mesa de comedor junto al padre de Nora, se dirigió de forma áspera a una mucama entrada en años que respondía al nombre de Jiyu. Acto seguido, reventó su vaso lleno de licor contra el piso, haciendo que ella se sobresaltara. Me sobrecogió su expresión de pánico momentáneo. Se avocó a recoger el desastre y a preparar un nuevo trago.
Lo único inservible dentro de mi propósito fue tratar de mantener a Nora fuera del estado zombie en el que se encontraba. Junto a la venia de su propio padre, Jungkook había comenzado a darle somníferos y relajantes musculares para que dejara de llorar. Dormía mucho y comía poco. Mas, a pesar de que a escondidas le dije que no se los tomara, su cuerpo comenzó a habituarse a ellos al cabo de una semana, y fue imposible para Hobi y para mí convencerla de que regresara a la depresión natural que sobrevenía a la ausencia de medicamentos.
Carlo compartía las mismas expresiones sin vida en su rostro, pero él no podía importarme menos.
En una de todas mis abstraídas tardes, llegó todo Bangtan con la cautelosa intención de conocer a Carlo. En mi vida había visto un ambiente tan viciado de humo y morbo entrelazado. Tuve que abrir la puerta que daba a la piscina para que dejaran de arderme los ojos.
Sin embargo, en contradicción a lo que yo creía, esta casa no era un desfile de golfas. No había nunca otra mujer salvo Nora.
La tarde de esa masiva visita ella bailaba perdida y delirante junto a una música que provenía desde algún parlante del salón. Todos fingían no prestarle atención, pero al más breve descuido de Jungkook, descansaban la vista sobre su etérea silueta. Descalza parecía querer sentirlo todo. No había visto alma más resignada, y me obligué a tener paciencia.
Me senté en la mesa junto a ellos, para mimetizarme. Bebí lo mismo y fumé con un intenso picor en la nariz. Jungkook hablaba de cómo había asesinado a un tal Tae, pues le faltó el respeto a Nora; entregó todo lujo de detalles y lo odié un poco menos. A ninguno de los otros integrantes pareció importarle demasiado, pues ostentaban de aquella metodología en su mundo, y Nora era 'la señora' de Jungkook.
—Es lo más precioso que tengo —comentó él, ebrio, cuando ya se hubieron retirado casi todos, viéndola otra vez juguetear con su perro junto a la chimenea.
—Es mía —reclamó Carlo con voz grave, dándole una calada a su cigarro.
—Es mía también —refutó Jungkook—. Pero como hombre de negocios eso usted ya lo sabe.