15.- Cariño, Vida o Libertad (2/2)

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Me hice camino hacia la Academia, cansada y compungida. No quería ni pensar en mis deberes. Mis piernas querían caer rendidas luego del trabajo, pero mi pecho quería explotar, necesitaba compartir mis sentimientos, necesitaba a alguien que me escuchara.

Pensé en Arturo. Él siempre me escuchaba aunque me tomara horas en decir lo que necesitara. Seguro comprendería mi problema, me abrazaría y me daría un beso en la frente y me diría que todo iba a estar bien, y luego diría algo increíblemente inteligente que me haría ver todo en una perspectiva distinta. Me detuve. Mientras más pensaba en él, más lo extrañaba. Lo necesitaba de vuelta, su presencia tranquila, su mirada amable.

Me puse a llorar otra vez. No sabía cómo iba a aguantar que Cecil me odiara, no sabía cómo iba a arreglar nuestra relación si ninguno de los dos podía ceder.

En eso Brontes me indicó sobre una múnima acercándose, pero no me importaba, no quería que alguien conocido me viera en mi estado. Escuché la nave estacionando, luego la puerta abriendo. Aceleré el paso para evitar a quien fuera.

—¡Oye, Lili!— escuché a Kiya.

No quería confrontarla así como estaba. Eché a correr otra vez, usé mis Agujas para tomar velocidad. Pronto su múnima desapareció de mi percepción. Giré en una esquina y continué corriendo y sollozando. Las lágrimas empañaron mis ojos de nuevo, sumado a la gran velocidad a la que iba, se me pasó un desnivel en la vereda y tropecé. Caí de bruces directo al pavimento. Me hubiera dado un tremendo golpe, de no ser porque una mano fuerte me tomó de la muñeca y me tiró rápido atrás. Mi cuerpo giró por el tirón, mi cara se estrelló con algo más suave y abultado. Unas pechugas.

Entonces sus manos largas me tomaron la cabeza y me separaron de su pecho para mirarla a los ojos. Kiya me estudió con detenimiento, preocupada.

—¡Lili! ¡¿Qué ocurre?!— exclamó— ¿Quién te hizo esto?

Mi primer impulso fue deslizarme de ella y echar a correr de nuevo, pero sus manos eran fuertes y yo estaba a punto de derrumbarme, no tenía fuerzas para oponerme a nadie ni a nada. Derrotada, la abracé y la apreté. Kiya posó sus brazos sobre mi espalda de forma tímida y me dejó quedarme en su pecho el rato que necesitaba.

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En poco tiempo me vi en su sala de estar, tomando té y lista con una cajita de pañuelitos por si me salían más lágrimas o mocos. Kiya se sentó frente a mí con su propia taza. La casa estaba muda, su esposa había salido a hacer las compras de la semana.

—¿Entonces?— comenzó Kiya— ¿Qué te tiene así, Lili?

Tomé un suspiro para pensar y mantener la calma. Le conté sobre la misión y nuestra discusión con Cecil. Cada cierto tiempo tuve que hacer una pausa para volver a respirar y tranquilizarme. Kiya escuchó atenta y sin interrumpirme, y cuando terminé mi relato, ella asintió.

—Creo que entiendo todo— dijo— tu amigo Cecil quiere vengarse de este ministro Alimari, pero está dispuesto a lanzarse a la primera oportunidad de hacerlo incluso si le cuesta la vida. Tú deseas que Cecil viva, así que prefieres evitar que él se ponga en peligro innecesario.

Asentí.

Aún me sentía dolida por las palabras de Cecil, pero ya no tenía la sensación de que mi pecho iba a estallar. No podía creer que una mujer tan genial como Kiya se hubiera tomado la molestia de escuchar toda esa historia. Me pregunté si me veía más como una igual de lo que yo había creído hasta el momento.

—Si le permito hacer lo que quiera, morirá en algún futuro cercano, seguro— resumí— pero impedírselo por la fuerza está mal, y él tiene razón de odiarme por eso, pero su vida es más importante... y sé que tengo que confrontarlo y ser fuerte y soportar su odio, pero no lo aguanto. Soy una chica débil, Kiya. Ya viste cómo me derrumbé con una sola discusión.

La Helada Garra de la MuerteDonde viven las historias. Descúbrelo ahora