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Un hormonal preadolescente tiene acceso al teléfono celular de su hermano mayor, un hombre tierno y confiable en apariencia, quien hace poco tiempo decidió abrir una guardería junto a sus amigos; descubriendo los oscuros secretos que éste esconde bajo su simple faceta de amor a los niños. ¿Cómo creen que se lo tomará? ¡Acompáñenlo a descubrirlo
-¡Hey, Matt! ¿Me prestas tu teléfono? Quiero jugar a tus juegos...-
Max se asomó por la puerta de su hermano mayor, esperando encontrarlo jugando con su computadora o viendo alguna serie como de costumbre. No le intimidó la posibilidad de encontrarlo en paños, ya que no sería la primera vez y, después de todo, ambos son chicos. Así que le resultó un tanto extraño verlo profundamente dormido sobre su desordenada cama, con sus extremidades estiradas cada lado de la cama y una botella de cerveza mojando sus sábanas.
Su anaranjado cabello está desordenado, las capas de sudor brillan sobre su pálido piel y su cuerpo está cubierto únicamente una camiseta gris que deja a la vista a su abultado estómago y un bóxer (blanco, si se le podría llamar así), bastante viejo y desgastado, que permite echar un pequeño vistazo a la enorme hombría que causa envidia en el mayor.
De pronto recordó, el día anterior había llegado muy tarde de su trabajo; debe ser esa razón de su increíble cansancio. Escuchó como uno de sus compañeros lo trajo en su camioneta, una ruidosa y con música country a todo volumen. Además, trabajar con niños puede ser muy cansador.
Verán, después de terminar la secundaria, Matthew se juntó con un grupo de amigos cercanos para fundar una guardería. No tardó en volverse un éxito, pues hizo lo posible para que sea los suficientemente barata y así las familias de clase obrera que no pueden acceder a pagar las caras comisiones; además, la fama del joven como un chico tranquilo y amable, sumado a sus regordetas y sonrojadas mejillas con un cabello desordenado a juego, hicieron que los padres confiaran rápidamente en él. Todo esto, sin contar el inmenso amor que el mayor siente por los niños.
Desde joven, siempre en el centro de atención de las fiestas de cumpleaños y ferias. Rodeado de niños que lo admiran y tratan como a un héroe. Siendo niñero de sus primos pequeños, vecinos de la cuadra y de su hermano cuando era más pequeño. Se nota lo mucho que los ama, abrazándolos, besando sus mejillas, haciéndolos reír, regalándoles juguetes y cocinando para ellos. Es, sin lugar a dudas, el trabajo perfecto para él.
Max se dispuso a buscar el celular con su mirada, en su mesita de luz y en los otros muebles de la habitación. Sonrió al encontrar su funda rosada con un espiral azul sobre la mano izquierda del mayor, con unos auriculares de clave enchufados en su parte superior, en un agarre suave y a punto de soltarse. No cree que importe tomarlo por solos unos minutos.
Con pasos lentos y silenciosos, se acercó al inmóvil cuerpo de su hermano y tomó su teléfono con sumo cuidado de no despertarlo. Se sintió un tanto extraño al tener que posarse ligeramente sobre él para poder alcanzarlo, con el cálido aliento de Matt rozando su fino cuello y aspirando el olor a suciedad masculina, pero prefirió ignorarlo y enfocarse en la buenas noticias.
Se sentó en la silla del escritorio, ubicada al otro lado de la habitación, acomodando sus piernas y apoyándose en el respaldo con goce. Presionó el botón trasero de encendido, revelando la imagen de un tierno niño rubio como pantalla de bloqueo, probablemente uno de la guardería, pidiendo que ingrese la clave numérica. Sonrió.
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