Abrí los ojos de par en par. Con toda la emoción que llevaba cargada, nunca me esperé que se hiciera un espacio para recordar mi petición.
Sin embargo, poco preparada estaba en ese momento para defenderlo. Miré a Alimari, este me devolvió la mirada con su único ojo, expectante. Creo que esperaba que yo sacara algún as bajo la manga, pero no tenía nada. Alguien tan despreciable, que había causado tanto daño y sufrimiento ¿Cómo podía defender su caso? Las únicas personas de las que conocía que se comparaban con él eran Tur, el Encadenador y algunos dictadores de la historia de Madre.
—La vida de Alimari... no le traerá nada bueno al mundo— admití— sus crímenes son imperdonables.
Lo volví a mirar, su cara fue envuelta en la más profunda desesperación.
—¡No, Liliana! ¡Tú eres una campeona, una heroína! ¡No me falles así!
—Cállate, infeliz. Lili era la única que te apoyó antes de la misión— reveló Cecil— fuiste tú quien le falló. A todos.
—¡No, por favor! ¡Contesté a todas tus preguntas! ¡Aún me falta mucho que hacer! ¡Yo he acelerado el progreso de esta nación, tengo pruebas!
Cecil lo obligó a abrir la boca y cuidadosamente le metió su cuchillo hasta la empuñadura. Luego usó ambas manos para cerrársela y girar su cabeza hacia arriba. Alimari se retorció del dolor mientras el ácido del cuchillo caía lentamente a través de su garganta. Intentó gritar, golpear a Cecil con el brazo que le quedaba, pero en las condiciones en que estaba no podía hacer nada. Lloró y pataleó impotente, y murió una de las muertes más lentas y dolorosas que hubiera imaginado en mi vida.
Después de dos o tres minutos de espasmos y gritos ahogados, Cecil soltó su cabeza. El cuerpo cayó inerte sobre la lujosa alfombra de su oficina. Solo por si acaso, Cecil le cortó la cabeza y la dejó en el centro del escritorio. Nos miró, sus mejillas empapadas en lágrimas. Intentó sonreír, pero solo consiguió llorar.
Ya mejor, me separé de Veraz para ir a abrazarlo. Gretos y Veraz hicieron lo mismo, y los cuatro compartimos un momento de paz.
—Gracias, es solo...— intentó explicar Cecil— solo que...
—Lo sé, lo sé, no te preocupes— lo calmé— déjalo salir.
Cecil asintió y dio rienda suelta a sus emociones. Lloró todo lo que tenía que llorar en mi hombro.
Después de unos cinco minutos consiguió calmarse. Los cuatro nos separamos y miramos de nuevo la cabeza del ministro. Se me hacía tan raro verlo ahí decapitado, cuando hacía un rato estábamos hablando.
En eso escuchamos unos aplausos, lentos y constantes. Al voltearnos, nos encontramos a Kiya. Se veía satisfecha.
—Has hecho muy bien, Cecil. Matando a ese desgraciado has vengado a muchos huérfanos, a padres y madres que perdieron a sus hijos, a esposos y esposas, a amigos y a todas las personas que Alimari planeaba lastimar a futuro.
—Ah... gracias— contestó, medio confundido.
—¿Piensas ir a vengarte de Garpela Farea también, ahora que sabes su nombre?
Cecil frunció el ceño con determinación.
—Definitivamente. Ese cerdo pagará por lo que hizo ¡Todos los involucrados pagarán!
Kiya sonrió satisfecha.
—¿Y si te digo que hay toda una organización secreta que se dedica a perseguir a infelices como Alimari o Farea?
Los cuatro abrimos los ojos de par en par. Comencé a sentirme nerviosa con las cosas que decía Kiya.
—¿Una organización secreta? ¿Te refieres a...
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La Helada Garra de la Muerte
AventuraSecuela de De las Sombras al Corazón. La Helada Garra de la Muerte continúa la historia de Liliana poco tiempo después del final del libro anterior. Esta vez, deberá probarse y entrenar para convertirse en una sombra.