No se escuchaba ni un solo sonido a la redonda, al menos no uno que fuera ajeno al bosque y a su inefable equilibrio. Incluso los truenos lejanos y las nubes negras, que poco a poco se iban acercando y que ponían en alerta a todos los que estuvieran allí, eran parte de ese delicado sistema en el que todo funcionaba.
Por supuesto que, en otras circunstancias, Aziraphale se habría tomado el tiempo para admirar toda esa belleza natural de manera adecuada. Le gustaba la idea de estar en contacto con la naturaleza, pero sólo por cierto tiempo, pues siempre prefería la comodidad de un lugar como Saint Denis; y por ello una cabaña destartalada no coincidía con la definición de "refugio" que él tenía en mente.
La expresión de su rostro dejó notar que no le gustaba la elección de Crowley y menos aun cuando pudo sentir las primeras gotas frías cayendo sobre su piel. Su caballo blanco se detuvo frente al lugar, justo a las orillas de la cuenca Aurora, según su guía -quien por cierto no había hecho sonido alguno en todo el camino-. La cabaña era lo bastante grande para los dos y tenía un pequeño muelle que antaño sirvió para botes pero que, ahora, estaba tan destruido que no daba nada de confianza.
Aziraphale fue el primero en desmontar y, a pesar de que trató de no hacerlo, se quejó.
—¿En serio nos vamos a quedar aquí? —el tono de su voz salió con claro desagrado— ¿En serio no hay otro lugar? Digo, no estoy pidiendo algo como el Ritz de Londres, pero... algo seco, al menos.
Más no hubo respuesta. Aquel silencio empezó a ser preocupante y molesto, en cierta medida, así que se dio la media vuelta para mirar hacia quien lo acompañaba.
—Crowley, dije que si-
No pudo decir nada más. Lo vio inclinándose en la silla a punto de caer y tuvo que correr para impedirlo. Consiguió sostenerlo a tiempo y luego se vio obligado a ayudarlo a bajar porque él ya no podía hacerlo por su cuenta.
—¡Crowley! ¡Crowley! —intentó hacerlo reaccionar, pero fue obvio que estaba muy débil, tal vez a punto de desmayarse y eso lo asustó mucho peor que cuando estaba esperándolo afuera de la cueva sin saber si volvería— Crowley, por favor, responde... ¡no te vayas a morir aquí!
El otro apenas logró replicar con un gruñido bajo, señal de que seguía despierto y Aziraphale decidió aferrarse a eso para no entrar en pánico. No le quedó otra opción más que cargarlo y llevarlo a la cabaña, cosa que fue muy complicada pues, contrario a lo que esperaba, Crowley era bastante pesado.
Tuvo que patear la puerta para poder abrirla y al instante varias ratas almizcleras gigantes salieron corriendo por entre los agujeros del techo y las ventanas rotas. Aziraphale contuvo todas las expresiones de disgusto y caminó dentro de ese lugar con tal de dejar a su herido acompañante en una mesa que, por suerte, era lo bastante resistente para sostenerlo. Intentó mantenerlo despierto dándole golpecitos en la cara, ganándose quejidos del otro.
—Hey... no estoy muerto —murmuró entre dientes, apenas logrando mantener los ojos abiertos.
La adrenalina se había esfumado y ahora podía sentir cada una de sus heridas tal cual eran, tan dolorosas como ya las conocía.
—No te duermas, Crowley —le pidió Aziraphale y entonces empezó a retirarle la ropa para poder revisarlo.
Se deshizo de la chaqueta de cuero y de la camisa de botones, ambas por completo ensangrentadas y cuando le quitó la de tirantes que llevaba abajo se sorprendió al no encontrarle ni una herida en el torso. Por la cantidad de sangre que tenían las prendas, esperaba ver algo muy desastroso, pero no había nada más que un agujero de bala en su hombro derecho y una herida más en su costado que parecía ser consecuencia de la rozadura de una bala.
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Sin Descanso para los Malvados
ФанфикEl repentino asesinato de la esposa de Aziraphale Heaven lo obliga a cruzar el país en busca de ayuda, allá al pueblo más alejado de la civilización. Su última esperanza es el sheriff de Tumbleweed, pero él se niega cuando descubre que está acusando...