∞ BRENDAN FISHER ∞
Mi vecina era la cosa más extraña que hubiera conocido nunca, y había conocido a un montón de personas. En general era grosera y odiosa, algo con lo que me había divertido tratar porque al parecer todo la molestaba y le sacaba una graciosa arruga en la frente al fruncir el ceño con desagrado, pero hoy me había sorprendido.
Al verla en la cafetería, con el cabello sujeto en un intento de coleta, con los labios apretados y los ojos entrecerrados mientras miraba su laptop me había parecido la persona ideal para pasar mi espacio entre clases, además de que ella había tenido la amabilidad como para fingir que no se había enterado que mi madre no era demasiado rencorosa como para soltar el pasado. Lo que no esperaba era que hubiera cambiado de actitud tan pronto.
Cuando terminé la llamada con mamá, su mirada había cambiado, sus ojos marrones me había visto tan perdida que no había entendido porque se estaba yendo de esa manera. Como si lo único que necesitase fuera su propia soledad. Aunque lo que me había dado vueltas toda la tarde fue esa última mirada.
Me había mirado tan dolida, como si se estuviera quebrando por dentro, que no sabía exactamente que más hacer. Fue extraña esa necesidad que tuve de ayudarla a que estuviera mejor.
Rarísimo.
Incluso más que haber llegado para encontrarla empapada, tirada en el suelo, con una botella de whiskey vacía a un lado y otra recién iniciada. Y como si eso no fuera suficiente me había soltado lo del corazón roto como si no fuera nada.
La pregunta que me daba vueltas, así como Euler, era ¿Qué le había pasado exactamente?
—Que buen bailarín—soltó entre risas, enredando tanto las palabras que apenas se le entendía—, seguro que con eso vuelves locas a las gatitas.
No sé en qué idioma soltó aquello pero se escuchó curioso, incluso entre su incapacidad verbal por el alcohol. Vi a mi gato maullar mientras se removía para volver al suelo y escapar de los brazos de la borracha.
—No sé si te das cuenta de que no te quiere—le comenté, antes de que Euler decidiera morderla para poder huir.
—Me ama—aseguró, deteniéndose para enseñarme un puchero de lo más infantil—, soy su... ¿Cómo se decía?... su mundo, lo mejor que le pudo pasar.
—Quiere libertad.
—No—profundizó su puchero y abrazó más a Euler.
¿En qué momento había retrocedido a tener seis años mentales?
—Suéltalo, Keyla.
—No.
—No me hagas ir hasta allá.
Ella se lo pensó antes de sonreír pero antes de que yo pudiera preocuparme por mi pobre gato cuando se giró para ir dentro de su departamento, no llegó a dar dos pasos antes de tropezar con la botella y caer.
El grito suyo fue casi igual de agudo al de Euler, por lo que no lo pensé cuando salté el muro que separaba nuestros balcones para ir a ver que nada le hubiera pasado. Euler salió corriendo al departamento, gracias a Dios fue al mío, y Keyla soltó un quejido.
—Auch—se quejó, girando para quedar elevada—. Me sabe a sangre la boca.
Me acerqué para ver una delgada línea de sangre salir de su nariz, por lo que me apresuré a sentarla y a buscar algo con lo que poder retener la sangre.
—No—se quejó, manoteándome con poco esfuerzo—. Así me voy a manchar toda, si echó la cabeza hacía atrás para más rápido.
—¿Estás loca?—saqué un trozo de papel de mi bolsillo para evitar que más gotas cayeran sobre su ropa húmeda—, la sangre debe salir del cuerpo.
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Cuantos problemas
RomanceKeyla Hill tiene seis meses para escribir una nueva historia antes de que se cumpla el contrato con la editorial y se siente frustrada porque su editor no ha pasado el primer manuscrito que le envío sin importar cuántas correcciones haga. Tiene todo...