Había tormenta, era tarde, casi por la noche, la luz de la luna se resquebrajaba entre los resquicios de la persiana.
Dentro de la casa no había luz alguna, el sol, reflejado en aquel asteroide flotante, tapado por las nubes, era suficiente para poder ver todo lo que necesitaba: un chico pelirrojo con pecas, que acababa de tirarme hacia la cama, abrazado junto a mí.
Nuestros labios se juntaron en un sinfín de delicados tactos. Sentía que cada vez me preparaba más para dar el paso, para que aquella noche estrellada fuera la que nunca se borrara de mis recuerdos.
La noche donde las calles esperaban silenciosas aquel momento, insignificante para casi cualquier otra persona, pero no para mí. Una eternidad donde solo existíamos ese chico y yo. Donde nos convertiríamos en un solo ser.
Era el sueño de media luna en el que comenzaría a sentir por fin, en el que resolvería aquel dolor que sentía cada vez que intentaba jugar a no ser tan niños.
Era mi último aliento antes de dejar de lado todos aquellos placeres que decían ser los mejores del universo. Él era mi última esperanza, y no podía desaprovecharla.
Pero no lo conseguí. Desconocía si era mi cabeza, que gritaba llena de vergüenza y de miedo después de todo lo que había ocurrido hasta esa noche, o porque sencillamente no me atrevía a dar el paso.
Fue como si acabase de terminar una obra de arte, que solo me había llevado cinco minutos realizar. No había éxtasis, siquiera algún solo signo de placer.
Lo sentía, sí. Pero no ocurría nada. No había ese algo que me hiciera rogarle casi de rodillas que siguiera sin parar nunca. No existía esa locura descontrolada que pedía más a cada más que le dabas.
- Para - Me miró a los ojos, casi con miedo.
- ¿Ocurre algo, te he hecho daño?
- No es eso. Me pasa algo... No sé cómo explicarlo.
El chico se retiró y se sentó a mi lado. Me cogió de las manos y me dijo:
- Déjame intentar entenderlo.
Aparté la mirada, no podía continuar mirándole sin mostrar toda la vergüenza que sentía en ese momento. Comencé a temblar por dentro. Él estaba ahí, esperando a que yo dijera algo, a qué le explicara por qué le estaba pidiendo que parase cuando todo estaba siendo genial.
- No siento nada. No es por ti, solo que, no había sentido nada antes, y pensaba que esta noche iba a ser diferente, pensaba que iba a ser... especial. Tenía un presentimiento.
El chico de pelo de fuego me apretó fuerte las manos, soltó una leve mueca de felicidad y me dio un beso en la frente diciéndome:
- ¿Y solo puede ser especial de esta forma? - Se levantó de la cama y me tendió la mano. - Ven, te quiero mostrar algo.
El tacto de sus dedos era suave, como una dulce brisa de verano, casi fría. Me levanté de aquel camastro, con la cabeza dándome vueltas. ¿Le había decepcionado? ¿Quién era yo realmente? ¿Iba a tener que vivir así para siempre? ¿Le había fallado a mi propio yo?
Le seguí por el pasillo del apartamento hasta llegar al salón, un poco más iluminado que la habitación. Tenía un pequeño sofá y un cuadro a medio colgar. Sin televisión, pero con una pequeña terraza que daba a la calle.
Salimos afuera, desde ahí se podían ver un par de calles más allá, nocturnas y casi silenciosas. Y entre los árboles, se dibujaba un trozo de cielo. Con la mirada perdida en aquella noche estrellada, me dijo:
- No sé exactamente qué te ocurre, y no te obligaré a contármelo. Pero puedes confiar en mí. - Hizo una pequeña pausa - Si prefieres que te deje un rato a solas, te esperaré dentro.
Me quedé en silencio. No sabía qué decir. No quería hacerle daño. Ni siquiera yo entendía bien qué me ocurría.
Aquellas preguntas continuaban dándome vueltas dentro de mi cabeza. Querían salir, quería gritarlas todas una por una, pero no podía. No tenía voz para poder formular siquiera dos palabras seguidas.
Hubo un momento de silencio, después me dio un beso en la frente y se dirigió hacia el salón.
- Te dejo el tiempo que necesites.
- No... ¡no, espera! - susurré gritando. - No sé qué me pasa, no sé quién soy y no sé qué hacer. Me estoy ahogando por saber algo, por tener alguna respuesta.
Mis ojos, vidriosos por todas aquellas dudas, miraban hacia cualquier lado, evitando su mirada.
- Puedo irme si quieres, sé que soy una molestia para cualquiera. - dije.
- No lo eres. - Levanté la mirada. - Dime, ¿Por qué te machacas así?
Tenía su brazo agarrado. No podía soltarme, creo que incluso le estaba haciendo daño de lo fuerte que le apretaba, aunque no dijera nada.
- ¿Por qué soy así? - susurré.
Se quedó quieto un segundo, como si se hubiera preguntado lo mismo tiempo atrás. Posó sus delicadas manos sobre mis mejillas y fijó su mirada en mí.
- Quizá es lo que te hace especial.
Las gotas de la tormenta golpeaban los cristales de las ventanas como si trataran de entrar en la habitación e inundarnos los pensamientos. Las gotas, se deslizaban por los cristales como las lágrimas por mis mejillas, chocándose con las manos de aquel chico, que continuaba agarrándome aunque le estuviera empapando.
Le tomé entre mis brazos. No quería soltarle, tenía miedo de mi propio yo, de si realmente era así y de si alguna vez iba a poder cambiar.
- No sé quién soy.
- ¿Acaso importa ahora? Ya lo irás descubriendo con el tiempo.
Se separó y cerró la puerta del balcón. Y con sus manos sobre las mías me dijo:
- Ven, siéntate. – Se dirigió hacia una cajonera, sacó un papel y un lápiz y se sentó a mi lado. – Ya que no puedes hablar, intenta dibujarlo. Quiero entenderte.
Se me daba fatal dibujar, pero lo quería intentar. Me sequé las mejillas y comencé a trazar con el lapicero lo que se me venía a la cabeza. Al rato, se lo devolví. Solamente había dibujado una mariposa.
El chico se quedó un rato mirando con cierta pena el dibujo, con un gesto nostálgico dibujado en su rostro. Cogió aire, y se levantó.
- Ahora vuelvo.
Se dirigió a su habitación, estuvo rebuscando un momento y volvió. Se sentó frente a mí y soltó todo el aire de golpe.
- Creo que sé por lo que estás pasando. – Me entregó otro papel, esta vez con un pájaro dibujado. - ¿Estás tratando de huir de ti?
Aquella pregunta me dio un pequeño golpe en el corazón.
- Sí.
Me abrazó de nuevo. Está vez bastante más fuerte. Y mientras me abrazaba, me susurró al oído:
- Yo estuve como tú hace no mucho. Quería ser libre, quería desprenderme de mí mismo porque no aguantaba más al mundo. Nadie me entendía, ni siquiera yo. – Sus palabras comenzaron a hilar un poco todas las dudas que gritaban en mi cabeza. – Y una noche como esta, quise dejarlo todo atrás, quise ser un egoísta y terminar con todo. No pensaba en nadie, simplemente quería que aquel dolor que no comprendía terminara para siempre.
Su tez se volvió fría y miraba con los ojos cabizbajos hacia el suelo, apretando sus rodillas, parecía que estuviera reviviendo todo aquello.
- ¿Qué te hizo cambiar de opinión?
- Mis amigos. – Una pequeña mueca de felicidad y nostalgia se dibujó en su sonrisa. – Siempre estuvieron ahí. Se turnaban para no dejarme solo. Me mantenían entretenido para que no pensara en todo aquello que sentía. – Hizo una pausa, cogió aire, le temblaba la voz, parecía que estuviera triste pero a la vez feliz. – Estaré siempre en deuda con ellos.
Dirigió su mirada hacia mí. Sus ojos habían soltado un par de lágrimas, que se desdibujaban en su cara.
- Ahora creo que yo puedo ayudarte, no sé muy bien cómo, pero puedo intentar acompañarte hasta que tú te comprendas.
Le abracé mientras lloraba, aunque esta vez de felicidad. No creí que nadie fuera a creer en mí, que alguien pudiera confiar en que podía cambiar algo que no podía ni siquiera entender.
El chico de pelo de fuego me dio un beso en la frente y me dijo:
- ¿Ves cómo la noche podía mejorar?
Me giré hacia él, miré hacia sus ojos, azul oscuro como el cielo nocturno, y le abracé fuertemente, tratando de huir de mi yo interior, sin querer odiarme.
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El árbol de las ardillas
PoetryUna historia sin final ni comienzo. Sin algo claro desde un principio, excepto una sola cosa: Somos historias. Y nosotros mismos forjamos nuestro camino. El árbol de las ardillas es un relato que cuenta más de una historia al mismo tiempo, que relat...