Pasé la semana entre lágrimas, risas, olas, amaneceres y atardeceres. Aproveché cada mañana para salir temprano a la playa a hacer surf. Es un hobbie cliché que descubrí cuando nos mudamos hace cinco años aquí. Byron Bay merece todo el reconocimiento.
El gobierno nos dio una indemnización considerable por la pérdida de mi padre, y mamá decidió empezar de cero lo más lejos posible. Abrió otra pastelería, cerrando la que teníamos en Londres. Dufour's Magie (la magia de Dufour) no tardó en ganarse su bien merecida reputación, pues mi madre es una de las mejores pasteleras. También nos compramos una casa pequeña a primera línea de playa, y desde ese momento decidí buscar nuevas cosas qué hacer, sobre todo para no pensar en el presente. Y el surf fue la clave.
Mientras estaba en el agua, sentada en la tabla de surf, el sol se iba imponiendo ante el horizonte, dando comienzo a otro día para cualquier otra persona, pero que para mí no lo era. El día que tu vida cambia se nota. Lo sientes.
Hoy salía mi vuelo hacia Londres. Allí me recogerían con un coche de la universidad y me llevarían a mi nuevo hogar durante un año.
No había podido dormir bien por los nervios y la inquietud de algo nuevo, así que decidí empezar mi día a las cuatro de la mañana. Mi cerebro empezó a divagar por múltiples escenarios que podrían pasar si me iba, y ninguno era positivo. Ahí es cuando me di cuenta que tenía que hacer algo. La negatividad constante de tu mente te puede llegar a consumir, lo he visto en muchos casos mientras estudiaba. Está tan presente en tu mente que acaba siendo lo único que ves y lo único que sientes.
Apenas eran las siete de la mañana cuando decidí entrar en casa para prepararme cuando escuché a mi madre en la cocina. Me asomé para ver qué hacía. Se había ofrecido a llevarme, pero podía dormir un poco más.
― Mamá, ¿qué estás haciendo? ― Dije mientras me asomaba detrás de ella.
― El desayuno. Hoy es un gran día. Se merece empezar bien, ¿no? ― Dijo mientras cortaba unas cuantas fresas. Me giré hacia la mesa y vi comida para alimentar a una familia entera. Tortitas, cruasanes, tostadas, café, zumo de naranja. Mucha comida para dos personas.
― Sabes que aquí solo viven dos personas, ¿no? Tu y yo. Esto no es un hotel con buffet libre.
― Tonterías. Lo que sobre me lo llevaré a la pastelería. Pero quería que pudieras escoger lo que quisieras. ― Cogió el bol de frutas y lo llevó a la mesa. ― Además, me apetecía hacerte el desayuno. Hasta dentro de unos meses no podré volver a prepararte nada. ― Dijo mientras me ponía una mano en la mejilla durante unos segundos. ― ¿A qué esperas? ¡Vete a duchar!
No discutí con ella. Subí las escaleras y me fui a la ducha. Me puse lo más cómoda que pude para el viaje. Unos leggins negros con una sudadera verde de la Universidad de Queensland. Me sequé el pelo rápido con el secador y me hice una trenza para tenerlo recogido. Cuando iba a bajar, me miré en el espejo. Lo primero que resalta en mi cara son los ojos. Son de un color verde claro que le debo el mérito a mi madre, los cuales hacen un contraste con mi piel cálida, porque aunque viva en Australia, mi cuerpo no es capaz de broncearse mucho. A eso le daba el mérito a mi padre.
Vi el reflejo de una posible nueva Olivia. Una que acepta retos personales aunque le cueste. Porque cuando se trata de uno mismo, es más difícil aceptar esos retos. Solemos dar consejos a amigos, familiares, y somos capaces de no aplicar ese consejo que damos a nosotros mismos.
― ¡Olivia! ¿Bajas cielo? ― Gritó mi madre desde la cocina.
Tú puedes, Olivia.
― ¡Voy! ― Bajé las escaleras para dirigirme a la cocina. ¿Hay más comida que antes? ― Mamá, no hace falta que pongas tanta variedad para desayunar. Con unas tostadas y un té bastaba. ― Dije mientras me sentaba en la mesa.
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Hechos De Oportunidades
RomanceTras la muerte de su padre, Olivia y su madre deciden irse de su hogar en Londres para empezar de cero en Australia, pero cuando la carta de la Universidad de Huntford llega, su mundo se pone patas arriba. Sin esperar nada, conocerá a gente que le c...