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Regreso a casa sintiéndome extraña. Una mezcla de sentimientos y emociones que, por más que le doy vueltas, no logro entender, y a pesar del insólito momento, en el fondo se sintió bien. En cuanto nuestros labios se tocaron fue como si todo se acomodara en su lugar, como si sus brazos pertenecieran a mi alrededor.

Como si... estuviese destinado a suceder.

Sin darme cuenta, ya estaba de regreso con el peso de los recuerdos más vivo que nunca. En momentos como estos es cuando deseo que mamá estuviera viva.

—Pensaba que no ibas a venir.

Oliver está poniendo las flores dentro del maletero y siento rabia, porque no es justo que gente buena muera de forma tan injusta, porque la gran C me arrebató a mi madre, porque esa maldita enfermedad destruye la vida de toda una familia sin importar quién sea el que esté enfermo.

—¿Por qué no iba a venir? Después de todo, para eso hicimos este viaje.

—No quiero que estés a la defensiva, Emma, y menos delante de papá, ya sabes cómo le afecta este día. Nosotros logramos seguir adelante con nuestras vidas, pero para papá es como si el tiempo se hubiera detenido —Oliver abre sus brazos para sostenerme entre ellos, como lo hicimos muchas veces a medida que crecíamos—. A veces creo que papá está ansiando la muerte, solo está esperando a que nuestras vidas estén resueltas para poder reunirse con mamá.

Dejo escapar un sollozo, asustada. No quiero perderlo a él también.

Entramos al cementerio en completo silencio. Oliver y yo compartimos miradas a través del retrovisor sin dejar de vigilar a papá. A pesar de sonreír, algo dentro de él murió junto a mamá. Sus ojos lucen cansados, vacíos y las arrugas que cruzan su rostro son solo el reflejo de su sufrimiento.

La cálida mano de Adam se aferra a la mía, apretándola con fuerza, dándome consuelo silencioso y apoyo. Giro mi rostro y lo veo sentado a mi lado, mirándome, una pequeña sonrisa se dibuja en sus rosados labios y me siento agradecida por tenerlo conmigo. Entrelazo mis dedos con los suyos en un agarre firme.

Oliver detiene el coche y nos bajamos, recogiendo en nuestros brazos los ramos de flores. Crisantemos, las favoritas de mamá.

Con Adam rodeando mi hombro, caminamos por el sendero de grava y dientes de león que conduce hasta la tumba de mi madre. Levanto mi rostro y como todos los años, hay un arcoíris al final de la colina. El aniversario de su muerte coincide con el inicio de la primavera; un triste recordatorio de que el día que empieza la vida fue el mismo día en el que ella perdió la suya.

Llegamos a su lápida; es hermosa, fría y devastadora. Soy la primera en agacharme, retirando la hojarasca.

—Hola, mamá. —susurró con un nudo en la garganta.

Dejo las flores sobre su tumba y me levanto sin saber qué más decir. Nunca encuentro las palabras, pero yo sé que ella sabe lo que quiero decirle.

Oliver sorbe la nariz, aguantándose las lágrimas. Acaricia la lápida y dejas las flores al lado de las mías.

—Te echo de menos, mamá.

Él es tres años mayor, así que tiene más recuerdos con ella de los que yo tengo. A veces lo envidio por eso. Con el paso del tiempo he olvidado el sonido de su voz, su olor.

Adam me atrae a sus brazos, dejándome recostar mi espalda en su amplio pecho. Se siente cálido y reconfortante. Sus labios reposan sobre mi cabeza y cierro los ojos dejándome consolar en silencio. Papá saca un pañuelo de su bolsillo trasero y lo pasa por su rostro humedecido por las lágrimas. Con esfuerzo se arrodilla y deja un beso sobre el frío mármol.

Escrito en las estrellas (ONC 2024)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora