1

58 3 5
                                    

Un hermoso y asombroso crepúsculo rojo estaba presente en el cielo. Pasaban los días y las noches, en una ceguera absoluta para Pequeña Dálmata. Aunque la cachorrita tenía los ojos entornados, no era suficiente; Pequeña Dálmata sentía algo de frustración y no se le escapaba la idea en que se quedaría así para siempre. Aunque, en esta aurora, no sería igual.

Los rayos del Sol llegaron hasta la maternidad, y entonces la pequeña cría dejó de soñar. Estaba muy segura de que su visión borrosa seguiría estando en ella. Sus esperanzas eran casi nulas. Pero, al abrir los ojos, sintió una satisfacción y júbilo desde la cabeza hasta la cola: ¡Se le había aclarado su vista!

-¿Con que ya abriste los ojos, mi cachorrita? - maulló una voz suave y calmada, entre unas risitas. Era su madre, Nevasca Atigrada.

-¡Sí, mami! -. Pequeña Dálmata estaba que saltaba de la emoción. -¡No puedo esperar ver el clan, el bosque y...!

-Pequeña Dálmata - interrumpió Nevasca Atigrada. -Todavía estás muy pequeña como para investigar todo eso. Ya tendrás la oportunidad - añadió, dándole un lametón en su frente.

-¡Pero mami! ¿Por qué? - se quejó la hija.

-Solo ten un poco de paciencia, cariño - ronroneó la reina. -Además, deberías esperar a tus hermanitos.

-¿Y sabes si abrirán los ojos ahora? - preguntó Pequeña Dálmata, observando a sus hermanos con sus ojos color ámbar.

-No lo sé mi Pequeña Dálmata, pero espero que sí - contestó Nevasca Atigrada, dirigiéndose hacia sus demás crías que seguían roncando levemente.

La gatita visualizaba a su madre desadormeciendo a los dos machos con murmullos y lametones. Los pequeños no tardaron en despertarse, dando bostezos.

Entonces, uno de ellos que era Pequeño Zanete, abrió los ojos y... una mirada de un azul como la lapislázuli deslumbró a Pequeña Dálmata y a su madre. También, su otro hermano que tenía el mismo pelaje que el primero, Pequeño Azabache, dos ámbares redondos se posaron en él. Era el mismo color de ojos que el de su hermana.

-¡Pero que lindos ojos tienen todos mis cachorros! - exclamó Nevasca Atigrada y sus hijos respondieron con una sonrisa.

-¡Mami, mami! - llamó Pequeño Zanete. -¿Podemos ir a ver el clan? ¡Por favor!

-¡Sí, mami, por favor!

-¡Por favor, mami!

-¡Por el gran Clan Estelar! - dijo la reina entre las súplicas de los cachorros, levantando un poco la voz. -Parece que están muy ansiosos.

Nevasca Atigrada se quedó dubitativa por un momento, decidiendo qué hacer. Hasta que por fin, comentó:

-Está bien, solo un rato -. Las pequeñas crías chillaron de la emoción. -¡Pero solo me seguirán a mí! ¡Nada de travesuras! - advirtió.

La gata enderezó su cuerpo y sacudió su cola, dando una señal a sus hijos para que estén detrás suyo. Los gatitos obedecieron, creando una fila. Pequeña Dálmata estaba a la zaga, pero no le importaba. Su único objetivo ahora mismo era explorar su hogar.

Al atravesar el liquen, para Pequeña Dálmata fue todo un mundo nuevo: Podía ver como los gatos conversaban y otros que volvían al campamento con peces, aves y hasta ratones colgando de su boca. Analizaba cada detalle la cachorra, hasta en lo más pequeño o insignificante que había en ese paisaje. Sus hermanos también parecían impresionados y miraban a su alrededor detenidamente.

-¿Con que asombrados, eh? - murmuró una voz desconocida para la gatita atigrada. Movió su cabeza a la derecha y pudo presenciar a un gato de altura prominente y de un pelaje oscuro, exactamente igual que al de Pequeño Azabache y Pequeño Zanete.

Los Gatos Guerreros: Infancia Arruinada (PAUSADO)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora