Apenas faltaban unas horas para mi cumpleaños. Veintidós. Y como cada año, mi mente vagaba por todas las cosas que había hecho durante esos trescientos sesenta y cinco días, pero sobre todo por las que no había hecho. Siempre tienden a pesar más las cosas que no haces, porqué de las que ya has hecho ya tienes un recuerdo. En cambio, las otras nunca lo tendrás, al menos en ese momento, o puede que nunca se vuelva a dar otra oportunidad, y nunca puedas responder al ¿y si...?
Pero este año había sido diferente. Me había negado muy pocas cosas, y había hecho más de las que pensaba.
No tendré que pensar en ¿Y si hubiera dicho que sí a la Universidad de Huntford? Porque lo hice.
No tendré que pensar en ¿Y si me hubiera dejado conocer con Felicity, Madeleine y los chicos? Porque lo hice.
Pero sí que tendré que pensar en ¿Y si le hubiera dicho todo lo que sentía a James? Porque no lo hice.
Faltaban cinco días para que acabara el año, y no lo haría como me hubiera gustado.
Estaba en el mar. Encima de la tabla de surf sentada, bastante lejos de la orilla. Pero la calma que me daba el océano hacía callar a mi mente en esos momentos. Lo había echado de menos. Estar aquí, en primera fila, viendo como el sol se escondía por el horizonte era algo de lo que nunca me cansaría.
Decidí que era hora de entrar a ducharme y cambiarme, porque tenía que ir a buscar a mi madre a la pastelería.
Aunque le insistía en que me dejara ayudarla, me decía que estaba de vacaciones, y que mi cerebro necesitaba que hiciera cosas que me gustaran. Y también algo como que pondría un candado en la nevera para que no pudiera comer si me atrevía a ir.
Estaba a quince minutos de casa caminando, pero llegué bastante antes de que cerrara. Puede que me arriesgara a poner ese candado en la nevera, pero me sabía mal no ayudarla cuando tenía el tiempo de hacerlo.
Para ser las ocho de la tarde, el lugar estaba bastante concurrido. Aparte de ser una pastelería, había unas cuantas mesas para poder sentarse a tomar algo. La cola llegaba casi a la puerta. Pasé por el lado sin molestar y rodeé el mostrador. Mi madre me miró con una de sus miradas asesinas, pero yo le sonreí mientras me ponía el delantal y me lavaba las manos.
Me reencontré con algunas amigas de mi madre, las cuales decían que había crecido en estos dos meses que había estado fuera. Lo único que había crecido era mi falta de sueño que estaba recuperando estos días.
Llegó la hora de cerrar y nos pusimos en marcha para recogerlo y limpiarlo todo. Entre las dos no tardamos mucho, y me alegré de haber venido. Porque hoy había tenido un día muy movido, y se reflejaba en los escaparates vacíos.
Cerramos y nos fuimos a casa dando un paseo.
― ¿Te he dicho alguna vez que el médico calculó que ibas a nacer el veinticinco de diciembre?
― Qué va. Creo que solo unas quince veces. Cada año desde que tengo memoria, el día antes de mi cumpleaños.
― Aunque nacieras el veintisiete, fuiste mi mejor regalo. ― Teníamos el brazo entrelazado con el de la otra, y me dio un pequeño apretón con la mano. ― No me puedo creer que vayas a cumplir veintidós.
― Ni yo. Todo queda muy lejos.
No tardamos en preparar la cena e irnos a dormir. Aunque yo me quedé despierta bastante rato.
Me giré hacia el reloj que tenía en la mesita de noche. Faltaba un minuto. Y en ese minuto que quedaba, me dio tiempo a tener miles de pensamientos, y cuando marcó las doce, cogí el móvil de la mesita. Tenía la pequeña esperanza de que ellos me felicitaran. O James. Pero mientras veía que el tiempo avanzaba sin detenerse, la pantalla de bloqueo seguía sin ningún mensaje, y lo volví a dejar en su sitio.
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Hechos De Oportunidades
RomanceTras la muerte de su padre, Olivia y su madre deciden irse de su hogar en Londres para empezar de cero en Australia, pero cuando la carta de la Universidad de Huntford llega, su mundo se pone patas arriba. Sin esperar nada, conocerá a gente que le c...