Capítulo 17 ― No todas las sorpresas vienen juntas ―

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― ¿Qué haces aquí? ― ¿Era estúpida? Llevaba queriendo verle desde que me dijo todo lo que sentía, y era lo primero que salía de mi boca. Muy bien Olivia, así se hace. ― Quiero decir, pensaba que estabas de viaje y hasta que volviéramos de las vacaciones no nos veríamos.

― Alguien se enteró de que era tu cumpleaños y literalmente me obligó a irme. ― Dijo encogiéndose de hombros. ― Ese alguien es mi abuelo. ― Ambos reímos.

Nos quedamos durante unos instantes en silencio, porque parecía que a ninguno nos salían las palabras. Vernos era algo natural, pero sentíamos que no todo estaba dicho, y por lo tanto, no sabíamos cómo actuar.

Pero sabía una cosa.

Estaba aquí.

Sonreí y me aparté para que pasara dentro. Cuando pasó por mi lado, su olor característico hizo que me tranquilizara de golpe, como si fuera una especie de calmante para mi cerebro. Me dió el ramo de tulipanes y los puse en un jarrón con agua. Mañana me encargaría de arreglarlos.

― Estaba fuera en el porche, ¿quieres ir? o podemos acercarnos a la orilla.

― Nunca le digo que no a pisar la playa.

Rodeó la pequeña isla que teníamos y me siguió a través de las puertas correderas que daban al porche y al mar. Caminamos en silencio, uno junto al otro, pero sin llegar a tocarnos. Me dolía la pequeña distancia que nos separaba, porque significaba que faltaba algo por encajar, por hablar.

― Gracias por organizarlo todo. Ha sido un detalle muy bonito.

― No hay de qué.

― Y gracias por las flores, son mis favoritas.

― Lo sé. Me lo dijiste en mi casa.

De eso hacía más de dos meses, y sinceramente fue un detalle sin importancia por mi parte. Pero parecía que él lo recordó. Era un detalle simple, pero pensar que se había acordado provocó una calidez en mi pecho.

Se quitó los zapatos de vestir y los calcetines, y se remangó los pantalones lo justo para que no se mojaran cuando nos acercamos al agua.

Vi que echó la cabeza hacia atrás y exhaló lo que parecía que llevaba reteniendo durante mucho tiempo. No sabía lo que estaba pensando. Hacia dónde se dirigían sus pensamientos por su mente.

― ¿Estás bien?

― Ahora sí. ― Sonrió levemente sin abrir los ojos y sin dejar de tener la cabeza hacia atrás respirando con calma. ― Aunque solo falte una hora para que se acabe tu cumpleaños.

― No pensaba que fueras a venir, así que eso es un buen regalo.

― Hablando de regalos. ― Se giró hacia mí y me miró a los ojos. ― Los tengo en el coche.

― ¿Los? Organizarlo todo para que vinieran los chicos ya era un regalo, y que te hayas presentado aquí es otro. No tenías porque haberte molestado más. ― Volvió a girar la cabeza y miró hacia el mar.

― Si se trata de ti sí. ― Y me quedé muda ante su respuesta.

Mi subconsciente me dijo que este era el momento para decirle todo lo que sentía. Todo lo que había estado aguantando estas dos últimas semanas, porque los dos necesitábamos saber qué iba a pasar a partir del momento en el que tuviéramos las respuestas. Aunque yo ya sabía sus sentimientos, y puede que él se hiciera una idea de los míos, sé que quiere oírlos. Y no le culpo.

Las palabras siempre tienen mucho peso, pero las acciones van de la mano. Necesitas oírlo y que te lo demuestren. Porque si lo dices y no lo demuestras, son palabras vacías, y si no lo sientes al demostrarlo, son acciones en vano. Pero él lo ha demostrado en ambos casos. Venirme a buscar siempre a la facultad, preguntarme como me ha ido el día, ofrecerse a ayudarme a hacer algo, enseñarme a cocinar.

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