11. Entrometido

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—Vamos, Meili, ¿necesitas que lo repita de nuevo? —pregunta el profesor, con toda la paciencia del mundo.

Meili agacha la cabeza, intentando ocultarse de las miradas que le dedican sus compañeros de clase desde sus asientos; hace un esfuerzo por mantener las manos sobre el teclado, aun intentando repetir las notas que el profesor acaba de tocar.

—Profesor, con todo respeto —interrumpe Megan, alzando la mano para que todos los presentes la noten—, no me parece justo que se ofrezca a repetir las notas cuando la idea principal de la dinámica es que solo tengamos una oportunidad para escuchar y repetir lo que usted acaba de tocar.

—Lo sé, Megan, pero podríamos hacer una excepción con Meili.

—Si va a tener esas consideraciones con ella, entonces también debería tenerlas con el resto de la clase.

—Es distinto, ninguno de ustedes-

—Gracias, profesor —interviene ella antes de que la discusión se alargue más de lo necesario—, pero Megan tiene razón, no sería justo para mis compañeros que me dé una segunda oportunidad solo a mí.

—Está bien, de todas formas, esta actividad no tiene nota, no te preocupes. La próxima vez deberías sentarte al frente, donde puedas escuchar mejor la clase.

Meili asiente, devolviéndose a su silla al fondo del salón, donde quedó exiliada por haberse retrasado unos cuantos minutos en llegar. La clase continua con normalidad, tiene que hacer un gran esfuerzo para ignorar los desagradables sentimientos que la arrasan cuando Megan pasa al frente en el piano, es la única que logra acertar todas las notas; y es que no es justo, porque Meili sabe que la chica se las ha arreglado las últimas clases para convencer a todos en el salón de sentarse en la parte delantera, no dejándole más opción que sentarse atrás.

Fue un golpe bajo que la tomó desprevenida, ya que había descubierto que, aunque no pudiese escuchar perfectamente el piano, al menos si se sienta al frente puede ver de cerca las manos del profesor y memorizar el orden en que presiona cada tecla, se sorprendió cuando descubrió la facilidad con la que podía repetir las notas solo con eso, pero si está hasta lo más atrás del salón, donde además de no escuchar bien tampoco puede ver las manos del profesor sobre el teclado, no tiene esperanzas.

Megan termina de tocar y el salón se llena de aplausos, los de ella incluidos, porque no puede dejar que la chica se dé cuenta de lo mal que la ha hecho sentir. Sus miradas se encuentran por breves segundos y Meili está segura de que puede sentir todo el odio y desagrado correrle por las venas como algún tipo de veneno que le han inyectado, no le gusta sentir cosas tan feas por otra persona, en especial porque siempre ha sido de esas que siente más de lo debido, como si todas las emociones se sintieran el triple de peor de lo que ya son.

—Chicos, me alegra ver el gran avance que han tenido muchos de ustedes, y creo que ya están preparados para algo de mayor calibre —empieza a decir el profesor una vez que ya todos han pasado al frente—. Es por eso que, como trabajo final para esta materia, tendrán que componer una canción, no hace falta que tenga letra. En la última clase tendrán que presentarla a sus compañeros, reservaré la sala de música para que tengan a su disposición todos los instrumentos que quieran utilizar en su interpretación.

La clase da por terminada y Meili se apresura a recoger sus cosas con rapidez, siendo la primera en salir del salón.

Los pasillos de la universidad se encuentran considerablemente vacíos, intenta alejarse lo más que puede, pero puede sentir la presencia de otras personas a sus espaldas, y cuando Megan se le adelanta Meili ni siquiera la deja hablar cuando ya la ha tomado por la camisa, acorralándola contra una pared haciendo que en un choque abrupto el bolso de Megan se caiga al suelo, sus cuadernos y lápices esparciéndose por todos lados.

The voices i want to hearDonde viven las historias. Descúbrelo ahora