Capítulo 2: "Te encontré..."

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Después de un día entero de viaje, llegamos a Sherwood agotados y Willow no podía apenas mantenerse en pie por lo que le llevé a un establo para que descansara mientras yo compraba unas cuantas cuerdas para sorprender a Robin Hood y que me devolviese a mi primo.

Una vez hechas mis compras, me acerqué a un soldado (que no tenía cara de buenos amigos) a preguntarle por el ladrón.

- Perdone...-empecé- soy nueva en la ciudad y me peguntaba dónde podría encontrar al famoso ladrón Robin Hood es que...

No me dejó acabar ya que se lanzó contra mí dándome un tortazo en la cara y haciéndome una herida en la mejilla.

- ¿¡Por qué preguntas por ese tipejo?! ¿¡Acaso eres uno de ellos?! ¡Quedas arrestada por...!- intentó terminar pero le lancé una patada en la entrepierna dejándole mudo. Esto era la gota que colma el vaso.

-¡¿Cómo se atreve usted miserable rufián a acusarme de estar con Robin Hood?!, además, ¿¡cómo tiene usted tan poco cerebro como para no pensar que si soy nueva en la ciudad, es imposible que esté con ese ladrón?!

-Lo siento señorita...yo...

-¡Ni yo ni nada!, ¡hágame el favor de decirme donde se encuentra Robin Hood para no tener que encontrármelo!- mentí. Pero estaba indignada de que ese estúpido me hubiese hecho tal cosa sin ni siquiera preguntar.

-Por supuesto señorita... no tenemos muy claro dónde se encuentra su escondrijo pero si sabemos que está escondido en el bosque; más o menos hacia el norte...

¡Gracias!- l espeté sin ni siquiera ayudarle a levantarse.

-Muy bien hecho hija- me susurró una anciana

-Gracias, pero no se cómo permitís este tipo de tratos en una ciudad tan importante como lo es Sherwood.

-Las cosas han cambiado bastante desde hace más de 4 años muchacha...

-Ya veo. Encantada de conocerla señora- me despedí.

-Igualmente.

Estaba ya anocheciendo y yo llevaba unos dos horas subida a un árbol que había en lo que parecía un camino (ya que crecía menos hierba por ahí que a ambos lados de este) y me había dado tiempo a hacer con mis cuerdas una red bastante grande pero muy básica para lanzársela a Robin y sus compinches cuando pasaran por aquí.

De repente, comencé a notar que el suelo vibraba lo que suponía que un carro de caballos estaba a punto de pasar.

Me preparé sacando mi afilado cuchillo, me pasé unas cuantas cuerdas por el hombro izquierdo, me puse la capucha negra de mi chaqueta y puse a punto la red para lanzarla en el momento justo.

A lo lejos divisé el carro que no iba rápido por lo que me sería más fácil saltar en él y tenerles una emboscada.

Ya estaba a punto de pasar por debajo del árbol; y cuando lo hizo, solté la red y justo después salté yo.

Al caer en la madera, esta crujió al igual que mis huesos enviándome pinchazos de dolor.

Me giré hacia donde se encontraba la red y para mi suerte había un muchacho de más o menos mi edad forcejeando para liberarse de la trampa. Pude distinguir unos ojos oscuros, un pelo castaño y una tez clara, como apenas le diera el sol.

Rápidamente cogí una cuerda, se la até a los pies dejándole totalmente inmóvil.

Antes de levantarme, alguien por detrás me empujó cayendo de bruces al asiento delantero y haciéndome una fea herida en la rodilla por lo que grité de dolor.

Me giré rápidamente hacia mi nuevo oponente; era un chico , de ojos ámbar y pelo del color del trigo y de la altura de mi primo más o menos. le propiné una patada en el estómago haciendo que callese hacia atrás, carreta pero antes de que eso ocurriera le agarré de un pie, tiré de él y le até lo más rápido que pude los pies y las manos.

Corrí hacia las amarras de los caballos que aún seguían trotando y tiré de ellas de forma que frenaron.

Agarré a los dos ladrones y comencé con las preguntas después de atarles bien fuerte al respaldo del asiento fuertemente.

- ¿Quién de vosotros dos es Robin?- comencé tranquila pero seria.

- Ninguno de nosotros lo es...- dijo el más joven.

-Entonces, ¿dónde está?

-No te lo podemos decir, va contra nuestras reglas- respondió el otro.

-Irá contra vuestras reglas decirlo...-empecé para luego ponerle el cuchillo en la garganta- pero no guiarme hasta vuestro escondite, ¿verdad?



Varios minutos después de forzarles a que me guiaran a su escondrijo y llegásemos a este, me bajé de la carreta y comprobé que los dos muchachos a los que había capturado estaban bien amordazados para que no intentasen pedir ayuda. Seguidamente cogí la red que utilicé anteriormente por si volviese a necesitarla.

Sigilosamente me acerqué hacia lo que parecía una gran cabaña en el robusto árbol central de la que salían unos puentes que llevaban hacia otras casetitas mucho más pequeñas, y con cuidado subí por los peldaños de madera.

Me asomé al interior y no encontré a nadie. Con más seguridad, subí del todo a investigar. Era acogedor, había una gran mesa en el centro hecha con un tocón, unos cuantos taburetes, bolsas, cuerdas, cuchillos, arcos, flechas y... al final de la estancia, en el suelo, dislumbré un pequeño puñal brillante que me sonaba de algo...¡Era de Johnny!

Corrí hacia este y me lo guardé en el bolsillo del pantalón, seguro que Robin se lo había quedado antes de capturarle.

Oí una voz cerca de donde se encontraba la carreta; me asomé rápidamente y encontré a un encapuchado intentando deshacer mis fuertes nudos de las muñecas de los antes presos.

Bajé a toda velocidad sin hacer ruido; y corriendo hacia el misterioso muchacho, saqué mi cuchillo y salté sobre él.

Era un chico de pelo rubio oscuro, casi marrón; ojos verdes y piel morena como la mía.

-¿¡Quién eres?!- le grité poniéndole el cuchillo en la garganta inmovilizándole.

-¡Soy Robin Hood!, ¡no queremos hacerte daño!

-Te encontré...-susurré sin poder creérmelo.


AMELIE SNAREDonde viven las historias. Descúbrelo ahora