Capítulo 27.

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Capítulo 27.

Huaáneri llegó a la cabaña de Ikanira justo cuando el sol comenzaba a asomarse por el horizonte. Había dormido poco después del entrenamiento con Kalik, pero la urgencia de encontrar respuestas sobre su sueño la impulsaba a seguir adelante. Al acercarse, se sorprendió al ver que no estaba sola; Arandú también se encontraba allí, sentado junto a Ikanira.

—Buenas tardes, Ikanira —dijo Huaáneri, tratando de ocultar su sorpresa. —Arandú, no esperaba encontrarte aquí.

—Buenas tardes, Huaáneri. —respondió Arandú con una sonrisa tranquila. — Estábamos compartiendo tiempo juntos.

—¿Se conocían desde antes? —preguntó Huaáneri, intrigada.

Ikanira asintió, intercambiando una mirada con Arandú.

—Sí, nuestras vidas se cruzaron hace muchos años —explicó Ikanira. —Nos conocimos en el bosque y, aunque estuvimos separados por mucho tiempo, ahora que nos hemos reencontrado, estamos retomando nuestras conversaciones.

Arandú añadió con voz suave: —Hemos compartido muchas historias y experiencias del pasado. Es un momento para recordar y aprender.

Huaáneri asintió lentamente, comprendiendo que había más en la relación entre ellos de lo que parecía a simple vista. Pero ahora tenía preguntas más urgentes que hacer, en ese momento, su prioridad era otra.

—Necesito consultar algo porque tuve un sueño muy extraño y quizás ustedes sepan alguna respuesta. —dijo Huaáneri, su voz llena de determinación.

Ikanira y Arandú intercambiaron una mirada significativa y luego asintieron. Estuvieron hablando de algo relacionado con las revelaciones justo antes de que la princesa entrara.

—Toma asiento, princesa. —dijo Ikanira, señalando un taburete de madera. — Cuéntanos sobre tu sueño. Estamos aquí para escucharte.

Huaáneri se sentó y respiró hondo antes de comenzar.

—Anoche tuve un sueño muy vívido. Estaba en un lugar oscuro, rodeada de sombras y luces parpadeantes. De repente, apareció una figura resplandeciente, una mujer con una presencia majestuosa. Ella me dijo que era la princesa Iztan, bendecida por la diosa Luna. Me habló de su pueblo, de su sabiduría y de su misión de proteger a su gente. Pero lo más extraño fue que mencionó a un hermano que debía cuidar, alguien que ella decía que yo conocía. No entiendo por qué tuve este sueño ni quién es ese hermano del que hablaba. —resumió.

Ikanira y Arandú intercambiaron otra mirada, sabiendo que era el momento de compartir la antigua leyenda con Huaáneri.

—Conozco muy bien esa historia, mi padre llegó a contarmela. Sucedió hace muchos años, muchos antes del nacimiento de mi padre, o de su padre. — indicó Arandú tratando de recordad. Sabía que Ikanira conocía también esa historia.

—Hace muchos años —comenzó Ikanira—, en un tiempo antes de que nuestras aldeas siquiera existieran en su forma actual, el mundo estaba dividido entre la luz del día y la oscuridad de la noche. En medio de este equilibrio, la diosa Luna, conocida por su infinita sabiduría y serenidad, decidió bendecir a la humanidad con un regalo especial. Ella engendró una hija mortal, una niña llamada Iztan.

Arandú tomó la palabra, su voz añadiendo un tono grave y reverente a la historia.

—Iztan no era una niña común. Desde su nacimiento, la luz de la luna la envolvía, y aquellos que la veían sabían que estaba destinada a grandes cosas. Se decía que poseía la capacidad de comunicarse con los espíritus de la naturaleza y que su sabiduría superaba con creces la de cualquier mortal.

Hijo de Luna.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora