XXIX. Pasillos blancos...

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Al regresar, Víctor depositó con cuidado a Alistair en la cama. Acudió a las chicas y contó lo sucedido; les mostró el casco maldito y les platicó de la arriesgada única oportunidad para salvar a su amigo.
Esa noche se turnaron para cuidar al moribundo. Víctor tomó el primer turno y el más corto. Después lo sustituyó Lara, quien pensó que sería horrible si el silencio que producía Alistair era lo último que escucharían de él. Al llegar las cinco de la mañana acabó el turno de Lara, quien despertó a Christabel. Ella pensó en lo desafortunado que sería si Víctor fallaba. Aunque no era una chica religiosa pensó que, quizá, si rezaba con toda su voluntad, algún Dios los ayudaría, pues se sentía frustrada por ser incapaz de hacer más. Así hizo. Sin saber hacerlo apropiadamente, rezó con todo su ser. Cuando terminó abrió los ojos. A través de la ventana las nubes sonrosadas por el sol apenas saliente hicieron que Christabel sonriera. Era un buen augurio.

Cuando dieron las seis y media de la mañana Víctor se levantó de un salto. Su intrusión sería a las ocho. Tenía que estar ahí cuanto antes, pues su ventana de acceso sería muy limitada. Se marchó sin avisarle a nadie, llevando consigo su catalejo y el casco.
Se teletransportó al desierto que Fermonsé le mostró en las fotografías. El sol apenas se asomaba, por lo que el frío de la noche permanecía en el viento.
Esperó oculto detrás de un montículo de arena. Pasó tiempo hasta que lo escuchó: un rumor que el aire arrastró consigo. Era el motor del camión. Lo esperó con el pecho hundido en la arena. Cuando apareció a lo lejos lo siguió con la mirada. Tenía ocho ruedas robustas y era color plateado. Las pequeñas ventanas reflejaban el cielo. No podía saber cuánta gente viajaba dentro. Notó que su avance se hacía lento. Poco después se detuvo y al momento empezó a hundirse en la tierra… o eso parecía, Víctor notó una rampa que llevaba bajo tierra ¡Era la entrada que esperaba! Pero era tan repentino que no pudo pensarlo. Sacó su catalejo y se teletransportó. La rampa se cerró casi al instante. Víctor accionó tan pronto su catalejo que no calculó bien el “salto” y apareció dentro del camión ¡Frente a él, un demonio lo observaba!
El interior del camión era un pasillo frío, a ambos lados había hileras de celdas con puertas de vidrio. En sus interiores sin luz había sombras que se movían. Delante de Víctor estaba la celda que retenía algo con ojos naranjas que brillaban en la obscuridad. Un haz de luz iluminaba dos cuernos tan rojos como la sangre. Víctor se asustó y retrocedió. Por suerte para él no había guardias. Se asomó por una de las ventanillas. Vio como avanzaban a través de un gran túnel de metal blanco. El lugar estaba lleno de movimiento. Guardias armados y hombres con batas que iban de un lugar a otro con premura. Acarició los lentes de su casco. Pronto tendría que atravesar por ese dolor indecible. En cuanto el camión se detuvo, Víctor bajó el visor. Sintió su cuerpo estremecerse. La agonía lo sacudía con brusquedad, pero controló su voz y no emitió sonido alguno. Esperó en silencio, invisible. Las celdas llenas de criaturas se desprendieron. Los guardias podían retirarlas desde fuera del camión. Víctor vio como se llevaban una a una. Los cuernos rojos desaparecieron en un montacargas y no dejó de preguntarse qué era esa cosa. Cuando vio un espacio libre bajó del camión y se apresuró a las inmediaciones del laboratorio. Era difícil andar así, pues aparte del dolor que lo acalambraba, había perdido su nariz, su pecho y sus pies. La invisibilidad también afectaba su punto de vista. Dimensionar las distancias era complicado, sin mencionar que debía cuidar el sonido de sus propios pasos y respiración.

Atravesó el área de descarga, que era por donde entró, y llegó a la zona dedicada a la investigación. Los pasillos eran amplios a la par de claustrofóbicos. Todo era blanco, las luces iluminaban cada rincón con compulsión obsesiva. Había cámaras cada metro, no podría deshacerse del casco para descansar del dolor. Tendría que apresurarse, pues le agotaba la tensión que provocaba en sus nervios.
Caminó presuroso, deteniéndose cada vez que alguien se acercaba. Anduvo así hasta que vio una habitación cuyo acceso requería contraseña. Era la única entrada que tenía ese tipo de seguridad; sospechó que era la puerta que buscaba. Había tanto ir y venir en la instalación que solo debía esperar a que alguien la abriera. Se detuvo de cuclillas a esperar. Mientras lo hacía sintió su estómago arder. Una tos incontenible lo atacó. Lo hizo tan silencioso como pudo. Cuando terminó de toser, escupió algo. Aunque él era invisible, el líquido que vomitó era rojo y se expandía por el suelo. La reliquia que usaba lo dañaba más rápido de lo que pensó. Se le acababa el tiempo.

Las reliquias.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora