Capítulo 10: Afrontando las situaciones como adultos

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Olivia, Siglo XXI

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Olivia, Siglo XXI


Con la mirada clavada en el móvil paseaba por el campus universitario, caminando casi de manera automática mientras mi mente se centraba en lo que se veía en la pantalla. Días, llevaba días con el doble tick azul. ¿Por qué Miguel no me contestaba?

— Buenos días, Olivia — Una alumna que pasaba me saludó, yo alcé la mirada y le ofrecí una sonrisa suave a modo de saludo mientras nos cruzábamos. Suspiré guardando el teléfono en mi bolsillo. Que el profesor de múltiples asignaturas me dejara en visto no era ni de lejos una de mis mayores preocupaciones en esos momentos, ya me ocuparía de preguntarle si estaba todo en orden más adelante.

Me adentré en el edificio y fui directamente a mi primera clase, luego iría si encontraba un hueco libre en mi agenda a la sala de profesores, a ver si con suerte me podría cruzar con Miguel, aunque fuera por cinco minutos.

En el transcurso de pocas semanas nuestra relación había avanzado lo suficiente como para que el inicial interés incrementara, y verle no solo fuera sino también en el trabajo marcaba una gran diferencia. El corazón ya empezaba a sentir el dulzor del amor y mis manos sudaban nerviosas cuando sentía su mirada puesta encima mía. 

Habían sido semanas de quedadas breves, de conversaciones profundas y de un entendimiento y conexión que, al menos en esta vida, no había sentido antes. Cierto es que su apariencia y su gran similitud con Dante a veces jugaba a favor y otras en contra; Esa piel blanquecina, ese cabello marrón y ese físico seguían causando estragos en mi cuerpo, como si mi piel fuera aún capaz de recordar aquellas yemas paseándose por mi piel mientras sus labios me besaban como si fuera la manzana de Adán. 

Pero, después de todo lo que viví con aquella persona que sin lugar a dudas no se parecía en nada a Miguel, en ciertos momentos llegaba a sentir incluso rechazo. ¿Era razonable sentir rechazo por la apariencia que tenía una persona?

Mis tacones color burdeos resonaban por los ahora desérticos pasillos de la facultad, todos los alumnos estando ya en sus respectivas clases. Intenté darme la máxima prisa posible sabiendo que llegaría como poco tres minutos tarde, y aunque de buenas a primeras eso podría considerarse como un marco aceptable, odiaba la impuntualidad. 

Mientras caminaba por el pasillo el sonido de una voz masculina que empezaba a conocer bien rompió el silencio sepulcral; Era Miguel. 

Supuse que estaría dando clase en una de las aulas que se encontraban cerca de la mía, y lo comprobé cuando tuve que pasar si o sí por delante de la puerta abierta del aula. Mis ojos me traicionaron, y que coño, yo también quise ver a ese hombre que me había visto en leído. ¿Le habría pasado algo? ¿Sus ojeras determinarían que habría tenido tanta carga de trabajo que contactar conmigo le habría sido imposible? 

No obstante, cuando mis ojos pudieron ver el interior, lo vi en perfecto estado. Vestido con un traje marrón tierra y una corbata azul marino, sonreía con gracia a uno de los comentarios de sus estudiantes y se colocaba las gafas metálicas encima de la cabeza. Parece que percibió el movimiento de mi cuerpo en el pasillo pues su vista se desvió hasta mí. Sin embargo, cuando me vio alzó rápidamente las cejas y giró su cabeza hasta mirar al frente, rompiendo así cualquier tipo de contacto visual. Si no hubiera sido por el movimiento y por como su cabello revotó ante el drástico movimiento, quizás hubiera pensado que me habría imaginado sus ojos posándose en mi. 

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