Prólogo

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Hace miles de años, en los confines del océano...

Sorielenne Le Denise se asomó a la borda de L'Alesse y observó la isla que se alzaba imponente sobre las aguas, oscura como la noche y rodeada por un acantilado escarpado tan alto que acariciaba las nubes. Pese a ello, la elfa no se amilanó; sabía que en alguna parte había una pequeña playa por la que podría desembarcar su flota.

Ordenó a los barcos que navegaran hacia estribor. Adanmal, su primer lugarteniente, se aseguró de que todos los arqueros tuvieran sus armas listas para el ataque. La reina miró hacia atrás y comprobó que los navíos del resto de países los seguían, obedientes. En primer lugar venía la flota maegharense, capitaneada por sus diarcas, Parnos Arteadas y Sorthes Marthias. Tras ellos iban los gnomos, comandados por su rey Goldwin, visible desde bien lejos gracias a los llamativos colores de su armadura de cuero. Turis Pantanonegro, el monarca de los enanos, los seguía con sus barcos pequeños y robustos. La retaguardia la ocupaban los Cien Reencarnados, que habían decidido intervenir en la rebelión en el último momento.

La flota se acercó a los acantilados, altos y afilados como cuchillos. Las velas blancas de los barcos elfos salpicaban el azul del cielo como nubes cuadradas, seguidas por las rojas de los maegharenses y las coloridas de gnomos y enanos.

—Estamos cerca —le informó Adanmal, a su lado—. Deberíamos iniciar el despliegue de aproximación.

La reina asintió a la vez que una enorme sombra se cernía sobre la proa y oscurecía la luz del sol. Sorielenne alzó la vista y descubrió un grifo; el animal volaba sin montura, con sus enormes alas de águila extendidas y sus redondos ojos amarillos fijos en los barcos.

—¡Disparad! —ordenó a los arqueros. Decenas de flechas volaron hacia la criatura y se clavaron en su vientre. El grifo cayó sobre los acantilados y se perdió entre los riscos escarpados. Sorielenne suspiró, aunque su alivio apenas duró unos segundos; pronto un ejército entero de grifos apareció tras el acantilado y se abalanzó hacia su flota. Algunos iban a tan poca altura que sus patas rozaban la espuma del mar a su paso. Estos sí llevaban monturas: unas enormes figuras encapuchadas armadas con espadas.

—Custodios —murmuró Adanmal—. Tal y como él nos advirtió.

Sorielenne apretó la mandíbula y volvió a dar la orden de ataque a sus arqueros. Las flechas de los elfos rasgaron el cielo de nuevo. Varios grifos resultaron heridos, pero la mayoría continuó imparable su avance hacia la flota rebelde. Sorielenne intentó contarlos, sin éxito.

Los grifos se abalanzaron sobre ellos y la elfa solo tuvo tiempo de gritar:

—¡A cubierto!

Las zarpas de los animales arrasaron con todo lo que encontraron: el lino de las velas, la madera de los barcos y la carne de los soldados. Un trozo de mástil estuvo a punto de caerle encima cuando uno de los grifos lo partió con la única fuerza de sus garras. Por suerte, Adanmal llegó a tiempo de cogerla de un brazo y apartarla del peligro.

—¡Atacad! —vociferó, todavía desde el suelo—. ¡Derrumbad a los grifos!

Los arqueros volvieron a lanzar sus flechas. Los soldados de infantería, en cambio, poco pudieron hacer. Los grifos que volaban más bajo pasaban a ras del suelo y los Custodios utilizaban sus espadas para cortar miembros y cabezas de todo aquel que se cruzaba en su camino. Algunos pudieron clavar sus espadas en el último minuto en los vientres de los grifos, pero solo les causaron heridas superficiales.

Sorielenne se puso en pie justo en el momento en el que una nueva oleada de Custodios montados en grifos aparecía ante su barco. A diferencia de los primeros, estos no portaban espadas. Uno de ellos alzó las manos enguantadas y de entre sus dedos nació una llama.

El último Sacrificio (Hijos del Primigenio I)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora