Capítulo 4

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Abbie se despertó de golpe al escuchar la estridente alarma en la habitación. Se levantó de inmediato, buscando la fuente del ruido y apagándola al instante. Miró a su alrededor y luego hacia el lado de la cama. Estaba desnuda; la rubia se había ido y su esposo estaba a punto de llegar. La pelinegra se apresuró a ponerse un pijama, dejando la ropa anterior en el cesto y colocando unas sabanas nuevas en la cama. Justo cuando estaba a punto de recostarse nuevamente, escuchó la puerta de la cochera abrirse. Su marido finalmente había llegado a casa. Abbie se hizo la dormida, girándose hacia el borde de la cama, mientras él entraba como si nada. Sabía que, estando ebrio, querría tocarla. Sin embargo, cuando él la abrazó y comenzó a besarla, ella lo apartó rápidamente. Lo último que pasaba por su mente era estar con él después de todo lo que había hecho con su amante.

— ¿Estás cansada, amor?

—Sí, y mucho. Mejor duerme también, amor—murmuró fingiendo cansancio en su voz.

Él se aparta sin rechistar y se reacomoda entre las cobijas para dormir. Abbie se gira a verlo y comprueba que efectivamente ya estaba durmiendo. Mientras él duerme, la pelinegra se mueve inquieta en la cama, incapaz de encontrar tranquilidad en esa habitación. El suave brillo de la luna entraba a través de las cortinas, proyectando sombras en la habitación. Sus pensamientos se aferraban al recuerdo de Karina, como llamas que se negaban a apagarse. Cada vez que intentaba apartar el pensamiento, el calor de esos labios en los suyos volvía con más intensidad, como una chispa que se encendía una y otra vez. 

Pero lo que le inquietaba aún más era la culpa que la atormentaba. No podía sacudirse el peso de no haberla detenido, de haber permitido que la pasión se desbordara sin poner un freno. La idea de cruzar una línea que no estaba dispuesta a cruzar la hacía sentir incomoda y ansiosa. La pelinegra suspiró profundamente, intentando resignare a que la noche no le ofrecería descanso. La culpa seguía como una sombra persistente, y la imagen desnuda de la rubia, con sus ojos llenos de deseo, no dejaba de reprocharle su propia debilidad. 

Al amanecer el día todo marchó normal. Abbie desayunó junto a su esposo y conversaron como si todo estuviera normal entre ellos. Sebastián no tenía ni la más mínima sospecha de que algo había pasado mientras no estaba.

Sebastián se acercó a Abbie con una intensidad palpable en sus ojos, su deseo de besarla era evidente. El magnate estaba dispuesto a dejarse llevar por el impulso, pero Abbie sintió una repulsión profunda que la hizo retroceder.

—No, no Sebastián, espera —dijo Abbie, su voz temblaba ligeramente mientras trataba de mantener la calma.

Sebastián se detuvo, confundido y con el ceño fruncido. La intriga en su mirada era clara mientras preguntaba:

—¿Qué? ¿Qué pasa?

Abbie se quedó en blanco por un momento, intentando encontrar una respuesta que no revelara su verdadera angustia. En un arranque de desesperación, soltó lo primero que se le vino a la mente:

—Me salió un fuego en los labios.

Sebastián soltó una risita leve, aliviado por la aparente trivialidad de la situación. Se inclinó y le dio un beso en la frente, intentando restar importancia al rechazo.

—Oh, mi amor —dijo con un tono cariñoso, sin captar el conflicto interior que Abbie estaba atravesando.

Abbie sintió una oleada de frustración contenida, y su corazón se debatía entre la necesidad de gritarle su verdad y la obligación de mantener la fachada. La revelación de su traición esa noche, y el hecho de que ella misma se había perdido en la misma amante, la habían dejado emocionalmente deshecha. Aunque el deseo de estallar y confrontar a Sebastián era fuerte, sabía que no podía permitirse esa indulgencia. No podía permitir que su indignación emergiera, especialmente después de lo que había ocurrido.

La Amante de Mi MaridoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora