Capítulo 20

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El reloj marcaba las diez de la mañana cuando Sebastián llegó a su oficina con el ritmo de siempre. Sus pasos firmes resonaban en los mármoles del pasillo, creando un eco que enfatizaba su presencia imponente. Se detuvo un momento frente a la puerta de su oficina, ajustando meticulosamente su corbata y asegurándose de que su apariencia fuera impecable. Tras un último vistazo a su reflejo en el cristal de la puerta, giró la perilla con firmeza y entró en el espacio, dejando que la suave corriente de aire acondicionado le diera una bienvenida refrescante.

El aroma del cuero de los muebles de oficina y el sutil toque de ambientador llenaban el aire, creando una sensación de orden y profesionalismo. Sin embargo, hoy, la oficina parecía más silenciosa de lo habitual. La única luz que entraba por la ventana de vidrio esmerilado iluminaba el espacio con una calidez dorada que contrastaba con la tensión palpable en el ambiente. Sebastián frunció el ceño al notar la atmósfera inusualmente tranquila.

Se dirigió a su escritorio con pasos decididos, pero se detuvo en seco al notar que el lugar de trabajo de Karina estaba vacío. La silla de su asistente estaba vacía y su escritorio, ordenado en exceso, parecía aún más desolado sin su presencia. El magnate frunció aún más el ceño y comenzó a buscar en los rincones cercanos: el pequeño salón de recepción, la sala de juntas, e incluso la sala de descanso. No había rastro de ella.

Con un leve gruñido de frustración, Sebastián sacó su teléfono móvil y encendió la pantalla para revisar los mensajes. Sus dedos se movían rápidamente mientras escaneaba los últimos correos y textos en busca de alguna pista sobre la ubicación de Karina. La impaciencia se hacía evidente en su rostro mientras repasaba una y otra vez la pantalla sin encontrar ninguna respuesta.

Mientras tanto, en el baño de la oficina, Karina y Abbie estaban escondidas detrás de la puerta, en un pequeño espacio que parecía aún más estrecho debido a la tensión acumulada. El aire estaba impregnado del aroma del perfume de Karina y un sutil toque de ansiedad. Cada respiración parecía amplificada en el silencio que se había apoderado del baño.

— ¿Crees que se haya dado cuenta de que estamos aquí? —susurró la rubia, su voz temblaba levemente por el nerviosismo. Sus ojos se movían inquietos, observando las sombras que se proyectaban en las paredes del baño.

Abbie, con una expresión de concentración y calma, le hizo una señal de silencio con un gesto de la mano, intentando infundirle confianza a Karina. La determinación en su mirada era evidente.

—No lo sé, pero debemos salir de aquí antes de que nos descubra—respondió Abbie con firmeza, mientras sus manos comenzaban a alisar su cabello con movimientos cuidadosos—. Tengo un plan.

Cuando escucharon el sonido de pasos acercándose al baño, Abbie se preparó con rapidez. Ajustó su peinado y respiró hondo, enfocándose en el siguiente paso de su estrategia. La puerta del baño se abrió lentamente y Sebastián apareció en el umbral, su mirada afilada y meticulosa escaneaba el lugar en busca de Karina. La tensión en el aire se hizo casi tangible.

Con un pensamiento rápido y preciso, Abbie se adelantó con la decisión de abrir la puerta.

— ¡Mi amor! —exclamó con una mezcla de sorpresa y afecto, extendiendo los brazos en un gesto exagerado de bienvenida mientras se lanzaba hacia él-. No te esperaba aquí.

Sebastián, inicialmente sorprendido por la aparición repentina, se quedó paralizado por un momento, sus ojos se ampliaron por la sorpresa. La entrada inesperada de Abbie lo tomó completamente desprevenido. Antes de que pudiera reaccionar, Abbie lo rodeó con los brazos y, aprovechando el impulso del abrazo, lo besó con ternura. El beso fue un acto de distracción y encanto, destinado a desviar su atención de la situación que se desarrollaba.

La Amante de Mi MaridoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora