¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
La Reina Aemma se llevó una mano al vientre justo donde había sentido un movimiento.
Gemelos, había dicho el maestre.
Ella misma no estaba segura de lo que sentía al enterarse aquello. Viserys estaba feliz, por supuesto, no era solo su tan ansiado heredero, sino dos, pero ella había enterrado y llorado tantos hijos que no podía compartir su felicidad.
El Rey no podría entenderlo nunca. Los niños no salieron de su cuerpo ni rompieron sus entrañas, no los llevo en su vientre ni los amo de la forma en la que ella lo hizo mucho antes de que vinieran a conocer el mundo.
Nadie podía comprenderla en aquel dolor, un dolor y un miedo que se expandía por todo su cuerpo.
Este iba a ser su último embarazo, lo sabía, su cuerpo y su mente ya no podían soportarlo más.
—¿Escuché que eran dos?
La Reina levantó la vista al escuchar la voz de su buen hermano. Daemon se paró en la puerta de su aposento, apoyándose en ella mientras tocaba distraídamente el mango de su espada.
Aemma tampoco estaba segura de que pensar sobre él. Nunca fue desagradable con ella pero cualquier tonto podría ver sus ansias de poder, no le había dado un hijo a su marido asi que Daemon seguía siendo su heredero y era obvio que el deseaba que las cosas se mantuvieran así.
—Eso es lo que él maestre piensa.
Daemon se adentro. Caminando lentamente mientras examinaba la habitación. Las criadas pronto desviaron la mirada y siguieron con su trabajo.
—Hace tiempo que no hay gemelos en nuestra familía —el dijo, acercándose a la mesa para servirse una copa de vino— ¿Que esperas?
—Viserys cree que serán un niño y una niña. Unidos en mi vientre por los dioses para que gobiernen juntos, están destinados.
Daemon se rió.
Aemma desvío la mirada hacia la chimenea y se abanico, en Desembarco del Rey hacia un calor horroroso, pero lo habían mantenido encendido para calentar los huevos de dragón de sus hijos que Rhaenyra había elegido para ellos.
—¿Tu que crees, hermana? —el le preguntó siguiendo su mirada.
—He aprendido a no guardar esperanzas.
El hizo un sonido con su garganta, pronto dejó la copa vacía en la mesa y se acercó a los huevos de dragón. Ardían, el fuego los mantenía calientes, pero Daemon no se preocupó por quemarse cuando tomo el huevo con escamas rojas.
A ella misma nunca le habían gustado mucho los dragones, pero no podía negar que ese se distinguía terriblemente. Junto con el otro huevo con escamas negras. Rhaenyra había dicho que representaban a su casa.