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Charles

No recordaba que tuviera la casa tan desordenada la última vez que me fui de aquí. Estaba hecha un asco.

–Madre mía.

–Te prometo que no pensaba que estaría tan… Bueno, así. Mañana llamaré a alguien para que limpie y así mañana estará todo ordenado.

–No te preocupes, te puedo ayudar.

–No te molestes –recogí lo que nos dificultaba andar tranquilos por la casa y lo dejé en un rincón–, eres mi invitada, no quiero que hagas nada.

–Puedo ayudarte y lo sabes…

–Emma, da igual. Ya mañana lo arreglamos, yo también estoy cansado.

A diferencia de otros días, hoy tenía sueño. Un sueño que hacía muchísimo no sentía. Tal vez era porque estaba mucho más cansado.

–Vaaale.

Me quité el cinturón, la camiseta y me dejé caer en el colchón, derritiéndome en este.

–¿Duermo contigo?

–¿Ves otra cama? –dije con la poca voz que mi sueño me permitía.

–Alguna habitación de invitados, no sé.

–Este piso es pequeño. No hay más sitio. Si no, puedo levantarme e ir al sofá –me erguí en mis brazos a regañadientes.

–Da igual, no pasa nada. La cama es grande.

–Está bien –me dejé caer de nuevo, la oí reír–, no es gracioso. No siento las piernas…

Se fue al baño a cambiarse para ponerse el pijama y volvió tumbandose a mi lado. Giré la cabeza para mirarla, su mirada estaba hacia los pies de la cama, dejándome apreciar sus largas y rizadas pestañas. Siempre había tenido una mirada precisa y sus pestañas increíbles. Sus mejillas sonrosadas y unos labios de escándalo. Eran ese tipo de labios jugosos que todos pensaban en besar. Me iba a morir enamorado de ella.

–Buenas noches, princesse –jamás podría quitarme ese apodo de la boca.

–Que descanses, Charles.

Fue la primera noche después de meses que dormí con una sonrisa. Del tirón, tranquilo. A la mañana siguiente no encontré a nadie en la cama y olía a productos de limpieza. No me lo podía creer.

–¿Qué haces? Son las… Apenas las diez de la mañana –bostecé. Aún tenía ganas de seguir durmiendo, pero ya me había desvelado.

–Lo siento.

–Quiero decir, gracias por la ayuda. Pero no tenías por qué –estaba todo casi impoluto–, mientras acabas, voy a buscar el desayuno. Se perfectamente que no has comido nada porque cuando te concentras en algo recién levantada ayunas hasta terminarlo.

–Exactamente.

Le guiñé un ojo y sonreí para luego vestirme y salir a buscar algo para desayunar. Todavía me acordaba de su bollería preferida así que después de comprarla y coger dos cafés, volví a subir. Me sorprendía la capacidad que tenía mi memoria para cuando se trataba de ella y lo limitada que era cuando el tema eran otras cosas.

Entré y no se había enterado porque estaba barriendo el salón con la música en los auriculares y bailaba a la vez. Dejé las cosas sobre la encimera de la cocina y me apoyé de espaldas a esta para poder darme el lujo de observarla. Era tan elegante y tan preciosa cuando hacía cosas así, que uno se quedaba ensimismado cuando la miraba. Cuando estábamos juntos hacía lo mismo con la música en los altavoces y me encantaba asustarla por detrás y bailar con ella. Cuando me vio dio un salto y soltó la escoba del susto, reí ante su reacción.

𝐬𝐢𝐧 𝐝𝐚𝐫𝐧𝐨𝐬 𝐜𝐮𝐞𝐧𝐭𝐚 [FINALIZADA]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora