El pueblo de San Ignacio, enclavado en una sierra al norte de la ciudad, era el típico lugar donde todos se conocían. Con un clima templado y una tranquilidad casi palpable, las familias vivían apegadas a costumbres de décadas, y los jóvenes, aunque inquietos, solían respetar las tradiciones impuestas por los mayores.
Lucía, una joven de 18 años, tenía los ojos siempre llenos de una curiosidad que pocos comprendían. Era reservada, sí, pero en su interior llevaba un torbellino de deseos y anhelos que solo compartía con su diario. Hija única de una familia tradicional, siempre había estado bajo la estricta vigilancia de sus padres, especialmente de su padre, Ernesto. Un hombre serio, acostumbrado a que su palabra fuera ley en la casa, y convencido de que su hija estaba destinada a un futuro que él mismo delinearía.
El verano de ese año prometía ser igual a todos los anteriores. Lucía se preparaba para comenzar sus estudios universitarios en la capital, algo que su padre había decidido mucho antes de que ella pudiera siquiera opinar al respecto. La vida de Lucía parecía predefinida, cada paso meticulosamente planeado. O al menos, eso pensaba su padre.
Una tarde calurosa de junio, Lucía decidió refugiarse en la pequeña biblioteca del pueblo, su lugar favorito. Mientras hojeaba un libro de poesía de Pablo Neruda, el sonido de la puerta al abrirse la distrajo. Al levantar la vista, sus ojos se encontraron con los de un joven desconocido. Era alto, de cabello oscuro y rizado, con una mirada profunda y una sonrisa que contrastaba con su expresión seria. Se notaba que no era del pueblo, su ropa y su porte tenían un aire más cosmopolita.
Julián acababa de llegar al pueblo. Su familia había decidido mudarse desde la ciudad debido a la crisis económica que atravesaban. Para él, dejar la vida urbana y adaptarse a la tranquilidad del campo era un desafío. Su familia, aunque originaria del pueblo, había vivido en la ciudad durante años. Julián era el típico joven moderno: independiente, con metas claras y una inclinación por cuestionar las normas. La idea de regresar a las raíces nunca fue algo que contemplara, pero la vida tenía otros planes.
Lucía y Julián intercambiaron algunas palabras aquella tarde en la biblioteca. Él, curioso, le preguntó sobre el libro que leía. Ella, tímida, le respondió que era poesía, un refugio en su vida controlada. El encuentro fue breve, pero para ambos jóvenes significó mucho más de lo que habrían querido admitir en ese momento. Había algo en la forma en que sus miradas se cruzaron, como si un hilo invisible los conectara desde ese preciso instante.
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