Capítulo 1 (Segunda parte)

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Los acólitos se llevaron a Veda a las salas interiores del Eirenado, donde permanecería custodiada hasta el momento del Sacrificio, como dictaba la tradición. Los reyes tuvieron que regresar al palacio en mitad de un silencio incómodo y taciturno. No tenían permitido protestar; estaban obligados a acatar la decisión del Primigenio sin oponerse. Ni siquiera podían llorar o lamentarse, pues hacerlo se consideraba una afrenta contra sus mandatos.

Kendal había quedado mudo y Rella pensó que era mejor así; ella, por su parte, sentía como si estuviera sumida en una pesadilla y fuera a despertar en cualquier momento. «Por favor, quiero despertar. Debo despertar. Esto no puede estar pasando». Desandó el camino entre el Eirenado y el Palacio Real sin darse cuenta de nada, como si flotara entre nubes. No fue consciente de los brazos de Ivy envolviéndola, ni de Eseneth tratando de consolarla (o alentarla a hacer algo, no llegaba a comprender sus palabras), tampoco de las miradas de Lanson cargadas de compasión y algo más, un brillo cercano a la furia.

Una vez en el palacio rogó que quería estar sola. Ivy y Eseneth se marcharon, y Lanson los imitó tras una vacilación inicial. Kendal permaneció en silencio a su lado, y ella no pudo obligarle a marcharse. Había algo dentro de ella, algo muy metido en su pecho, que quería salir y gritar, quería rebelarse y forzarla a actuar; pero otra parte, la que había estado al mando desde que tuvo uso de razón, le decía que no podía hacer nada. Así eran las cosas. Así era la vida en Celystra.

«Tengo que despertar. Esto no puede estar ocurriendo».

Un hombre los abordó en las puertas de los Jardines Reales. Rella reconoció la actitud orgullosa y altiva de Maiwen Arezo antes que su rostro. No recordaba haberlo visto entre los miembros del Consejo durante la ceremonia, aunque por su cargo y posición debía de haber estado allí.

—Alteza. —El hombre se acercó a Kendal y le palmeó un hombro como si con eso fuera a cambiar lo ocurrido. Rella cerró los puños para no estrellarle uno en su cara redonda y pálida como una luna llena—. Lamento mucho que haya sido vuestra hija, majestad —añadió, alzando la voz como si quisiera que sus palabras se escucharan bien—. Recordad que ha sido decisión del Primigenio. Debéis acatar sus deseos.

Aquello que se arremolinaba dentro de Rella quiso salir y callar las palabras del consejero con la furia incontenible de todos los mares y océanos de Celystra.

—Gracias por vuestras palabras, señor Arezo —logró decir al fin, intentando no parecer demasiado sarcástica—. Como siempre, sabéis qué decir y cuándo decirlo. Si me disculpáis, me gustaría estar en mis habitaciones a solas.

Casi corrió por los pasillos del palacio, sujetando la falda de su vestido para no tropezar. Ignoró las llamadas de sus sirvientas y de los Guardias Azules y se encerró con llave en su dormitorio. Solo cuando se supo sola se permitió dejar escapar las lágrimas que llevaba tanto tiempo aguantando. Lloró amargamente durante un largo rato, varios minutos o tal vez horas, hasta que los ojos se le secaron. No eran solo lágrimas por el nombramiento de Veda; eran las lágrimas acumuladas por la tensión y la angustia de una vida marcada por el miedo a que ese día llegara.

«Mi niña, mi pequeña. Voy a perderla para siempre. Y no puedo hacer nada para evitarlo...».

Aquello que se ocultaba en su interior, agazapado, callado y silenciado, estalló, como si ya todas las ataduras le dieran lo mismo. No lo hizo en forma de grito desgarrador, ni de berrinche descontrolado. Lo hizo como un único pensamiento.

«Sí puedo hacer algo. Puedo evitarlo».

Era algo descabellado y peligroso, pero la vida de Veda merecía tal riesgo. No podía concebir dejar morir a su hija por una rebelión ocurrida tantos siglos atrás que solo se conocían los hechos a través de los libros de historia. No sin luchar.

El último Sacrificio (Hijos del Primigenio I)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora