Maiwen Arezo empezó a impacientarse al ver que la ceremonia del Sacrificio se retrasaba. Hacía ya horas que esperaba en el salón principal del Eirenado, junto a todos los miembros del Consejo Real, las personalidades más ilustres de Kada y los propios reyes, que ocupaban sendos lugares de honor cerca del pedestal donde el eirén y la mayoría de sus acólitos aguardaban la llegada de la princesa Veda Sanadria.
Maiwen sabía bien lo que ocurriría a continuación, pues llevaba viéndolo todos los años. El Sacrificio se presentaría ante el eirén, este daría su visto bueno y sería entregado a un verdugo escogido para la ocasión. Por lo general, en cuanto el eirén llegaba al salón principal era cuestión de minutos que los acólitos llevaran al Sacrificio; sin embargo, en esta ocasión se estaban demorando más de la cuenta. Eso suponía una alteración en la rutina y a Maiwen no le gustaban los cambios. Solía ponerse nervioso cuando las cosas no salían cómo se suponía que debían salir. Tal vez por eso llevaba toda la vida con esa agria sensación en el fondo del pecho, la sensación de que las cosas no estaban bien, de que él no debería ser un simple consejero y que Kendal Sanadria no tendría que ser el rey de Nandora.
Las cosas se torcieron por culpa de la arrogancia y el exceso de ambición de su ascendente Ollen Arezo. Maiwen apretó los puños y rechinó los dientes solo con recordar ese nombre. «Los Sanadria no nos robaron el trono. Nosotros lo perdimos», se recordaba con frecuencia, pero eso no eliminaba el odio que sentía por esa familia de advenedizos que habían aprovechado la inestabilidad de su rey para robar un trono que nunca les había pertenecido.
Observó los hombros caídos de Kendal Sanadria y la cabeza altiva de Rella. Sabía que no debía alegrarse por la muerte de una niña de nueve años, y aun así... No se alegraba solo porque odiara a esos monarcas que ocupaban el lugar que le correspondía a él, sino porque Veda era su única heredera.
«¿Qué ocurrirá cuando ella ya no esté? ¿Quién gobernará Nandora después de Kendal?».
Inquieto, Maiwen observó a su alrededor. Lors Bedney se encontraba a su lado y se atusaba de vez en cuando su barbita de color canela. Los miembros de la Guardia Azul custodiaban a los reyes, aunque no creyó ver entre ellos a Lanson Noelle. Miró hacia la esquina derecha del templo, esperando verlo junto al resto de los altos aristócratas, y se sorprendió al no descubrirlo allí tampoco.
Volvió a fijar su atención en los reyes y en las personas que los rodeaban. Por lo general, la familia Sanadria siempre asistía unida a ese tipo de eventos. Y, sin embargo, en esa ocasión faltaba un miembro.
«Eseneth Arwell tampoco está», pensó, y sintió un escalofrío al reparar en algo más. «Ni la embajadora elfa». ¿Cuántas posibilidades había de que tres de las personalidades más importantes del país se encontraran desaparecidas durante una ceremonia del calibre del Sacrificio? ¿El evento más importante de la Deshonra?
«Aquí está pasando algo», sospechó. Sintió una sacudida en el vientre y un remolino de nervios y ansiedad recorrió sus intestinos.
La llegada apresurada de los acólitos que habían ido a buscar a Veda confirmaron sus temores: entraron en el salón solos, sin el Sacrificio, y se aproximaron con pasos rápidos al pedestal. Susurraron algo al oído del eirén y este, tras unos segundos, se levantó despacio con un leve murmullo de su túnica. Durante unos segundos el tiempo pareció detenerse; el eirén observaba el salón en silencio, como si buscara a algo o alguien. Maiwen percibió, por una décima de segundo, que sus ojos verdes se clavaban en él y penetraban en su ser hasta vaciarle el alma.
Por fin, el eirén habló por detrás de su máscara para formular las cuatro palabras más inverosímiles de todas:
—El Sacrificio ha desaparecido.
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El último Sacrificio (Hijos del Primigenio I)
FantasiaEl mundo de Celystra vive asolado por el Primigenio, su dios y creador, pero también su verdugo. Varios pueblos se atrevieron a alzarse contra él en el pasado, y su desfachatez les salió muy cara. Ahora, siglos después, el Primigenio exige que cada...