El Camino del Rey no era cómo Shaleen se lo había imaginado. Había supuesto que se trataría de una calzada amplia, dotada de un empedrado que permitiera circular a las carrozas y comitivas reales, acostumbradas a viajar entre Kámdara y el resto de ciudades de Diema. Sin embargo, se encontró con un caminito seco y polvoriento, tan estrecho que los caballos debían colocarse en fila de dos para poder avanzar.
—¿Esto es el Camino del Rey? —se burló—. Me pregunto cómo serán los caminos de los vasallos...
Habían abandonado el territorio de Kámdara a media mañana y la ruta empezaba a acercarse al desierto. Yanis había permitido reducir la velocidad de los caballos tras varias horas de carrera al comprobar que no había ni rastro de la bruja.
—No quiero confundirme de camino y adentrarnos demasiado en el desierto —comentó. Shaleen recordó la agria discusión que había mantenido con Lanson al respecto el primer día. Se preguntaba si el viaje por el desierto podía ser tan malo como el joven lo hacía parecer. A veces intentaba ver un poco más allá en el camino y lo único que lograba discernir era una nube de polvo que parecía engullir cualquier tipo de vegetación. Desde luego no era nada esperanzador.
—¿Por dónde tenemos que ir? —quiso saber Ivy.
—Desde aquí, deberemos girar hacia el este por la Llanura de las Serpientes.
Zay, que caminaba a escasos pasos por detrás del caballo de Shaleen, soltó un bufido como si hubiera entendido las palabras del geógrafo.
—No me gustan las serpientes —gimió Veda.
—No creo que encontremos muchas —la tranquilizó el joven, y Lanson soltó una carcajada.
—Claro, porque encontrar serpientes en un lugar llamado Llanura de las Serpientes debe ser algo sumamente poco habitual.
Shaleen tuvo que ocultar una mueca y callarse las ganas de contestarle al alto aristócrata. Empezaban a cansarle las malas maneras con las que trataba a Yanis. El joven siempre se mostraba amigable, tal vez demasiado hablador y definitivamente muy curioso y preguntón a veces, pero no tenía mal fondo. Era sencillo hablar con él mientras que con Lanson debía medir cada palabra para no ofenderlo.
—Tengo hambre —protestó Veda y su estómago rugió como si quisiera reafirmar sus palabras.
—Podemos parar a comer un rato —propuso Yanis. Shaleen agradeció la idea. Llevaba sin probar bocado desde el desayuno a base de tostadas, queso, huevos y carne ahumada que el señor par Gerhard Arc les había ofrecido a primera hora en su castillo. Antes de marcharse, el hombre les entregó unas viandas para el viaje, detalle que Yanis le agradeció con efusividad.
Detuvieron los caballos a un lado de la calzada, junto a unos árboles raquíticos que se esforzaban en seguir derechos pese a la aridez del terreno.
—Cuando retomemos el camino, iremos hacia allí. —Yanis señaló hacia la derecha. Shaleen se giró y descubrió una avenida en la que se alzaban más árboles, también enclenques, pero por lo menos no parecía haber una nube de polvo cubriéndolo todo—. Esa es la Llanura de las Serpientes. —Miró a Veda y le guiñó un ojo—. El nombre es exagerado; no tiene tantas serpientes.
—Qué sabrás tú —masculló Lanson, bajando del caballo. Se sentaron junto a la arboleda y dieron buena cuenta de las raciones que les había dado Gerhard Arc. Zay permaneció cerca devorando un animal que había cazado poco antes. Veda se levantó y empezó a deambular por el borde del sendero con la comida en la mano, seguida de cerca por Yanis y Eseneth.
Cuando terminó de comer, Shaleen se tumbó boca arriba y cerró los ojos. Los rayos de sol le calentaban la piel y, pese a la situación, se sentía tranquila. Le dio la impresión de que allí, bajo el sol abrasador del mediodía diemense, entre esos árboles esqueléticos, no podía pasarles nada malo. Escuchaba los ruidos que hacía Ivy al masticar a su lado y, un poco más allá, escuchó la voz de Lanson:
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El último Sacrificio (Hijos del Primigenio I)
FantasyEl mundo de Celystra vive asolado por el Primigenio, su dios y creador, pero también su verdugo. Varios pueblos se atrevieron a alzarse contra él en el pasado, y su desfachatez les salió muy cara. Ahora, siglos después, el Primigenio exige que cada...