Habían pasado quince días desde la desaparición del Sacrificio y Maiwen Arezo todavía no había recibido noticias de Lysange. Tampoco los reyes habían sabido nada de su supuesta partida de búsqueda, aunque eso no le sorprendía; ya imaginaba que esa partida de búsqueda no existía y que los reyes estaban fingiendo buscar a su hija. Por lo menos la reina. A Kendal se lo imaginaba tirado en su lecho real, convertido en un mar de lágrimas y sollozando el nombre de la princesa. A Rella no; la reina era de las que actuaban con presteza y tomaban decisiones.
«Lo sé porque yo soy igual que ella».
Sin embargo, la ausencia de noticias estaba empezando a ponerle nervioso. Después de la partida de Lysange, Maiwen acudió a Erich, el segundo mejor espía de Nandora solo por detrás de la elfa. Apenas sabía nada de él, solo que era un hombre nandoriense, y ni siquiera de eso podía estar seguro. Desde luego, su nombre era falso, así como la mayoría de sus identidades. Igual que Lysange, Erich le había ayudado a conseguir su posición como miembro del Consejo Real «ocultando» cierta información comprometida. Durante su visita le encomendó la complicada misión de demostrar que la partida de búsqueda creada por los reyes era falsa. Era lo único que necesitaba; con esas pruebas, podía acudir ante el eirén y desmantelar los planes de Rella Sanadria.
Mientras esperaba noticias de ambos espías no se quedó de brazos cruzados. Acompañaba a los reyes a las frecuentes visitas que realizaban al Eirenado para informar sobre el estado de la búsqueda de la princesa y prestaba especial atención a las actitudes de los monarcas. Trataba de encontrar algún gesto delator; en Kendal solo acertó a ver el verdadero sufrimiento de un padre que desconoce el paradero de su hija. En cuanto a Rella... ¿quién sabía lo que se escondía en la cabeza de esa mujer?
Durante la última visita, justo cuando hacía tres semanas de la marcha de Veda Sanadria, el eirén perdió la paciencia.
—Nuestro padre ha decidido que no quiere esperar más —les informó. Sus ojos seguían tan inertes como siempre y su voz igual de inexpresiva, pero había algo en él que delataba esa impaciencia. Tal vez el temblor de sus hombros cuando hablaba o el hecho de que se llevaba las manos al Amuleto más veces de lo habitual, como si pudiera sentir la presencia del Primigenio dentro de él—. Exige un Sacrificio. Si no lo tiene pronto castigará con severidad a todo el pueblo de Nandora.
—El pueblo no tiene la culpa —palideció Rella.
—Alguien debe pagar —insistió el eirén, impávido detrás de su máscara—. El Primigenio necesita un Sacrificio. ¿Acaso os presentaréis vos como voluntaria, alteza?
La reina tragó saliva.
—¿Así lograría salvar la vida de mi hija?
El eirén permaneció durante unos segundos en silencio con la mano derecha aferrada al Amuleto. Maiwen sabía que estaba escuchando la voz del Primigenio.
—No —contestó, al fin—. Pero sí la de vuestros súbditos. Y aplacaría la ira de nuestro padre por un tiempo.
—Señor —intervino Kendal, adelantándose y situándose junto a la reina—, mi esposa acepta la decisión del Primigenio. Por favor, dadnos solo una semana más. La partida de búsqueda está avanzando en sus pesquisas.
Maiwen arqueó una ceja, incrédulo. «¿En serio? ¿Y eso desde cuándo?».
—Está bien —cedió el eirén—. Solo una semana. Siete días.
—Podéis retiraros —anunció una de las acólitas del templo, una elfa que siempre acompañaba al eirén igual que su sombra—. El señor eirén necesita descansar.
Los reyes se inclinaron ante él a modo de despedida y anduvieron hacia la salida del templo, donde los estaba esperando Lors Bedney. Maiwen le lanzó una exasperada mirada. Ese hombre nunca le había caído bien, siempre tan amigo de los reyes, siempre tan cerca de ellos.
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El último Sacrificio (Hijos del Primigenio I)
FantasyEl mundo de Celystra vive asolado por el Primigenio, su dios y creador, pero también su verdugo. Varios pueblos se atrevieron a alzarse contra él en el pasado, y su desfachatez les salió muy cara. Ahora, siglos después, el Primigenio exige que cada...