Hacía más de una hora que Maiwen esperaba sentado en uno de los sillones del vestíbulo del Eirenado para ser atendido. Sin darse cuenta había empezado a repiquetear los talones contra el suelo, inquieto y aburrido a partes iguales.
Estaba nervioso. Había solicitado esa audiencia con el eirén para explicarle sus sospechas sobre la traición de los reyes Sanadria. Era un paso importante; sabía que el apoyo del eirén sería inestimable para sus aspiraciones políticas. Él no tomaba decisiones de ese calado ni decidía quién gobernaba o quién no, pero tenerlo en su bando era un punto a favor imprescindible para su golpe de estado. Muchos apoyarían a Maiwen solo porque lo hacía el eirén; algunos por fervor religioso, la mayoría por miedo a contradecir sus deseos que eran, por ende, los del Primigenio.
Un ruido sordo de pasos le hizo saber que alguien salía a recibirle. Se giró y vio aproximarse por el pasillo a una acólita que no parecía tener más de dieciséis años, aunque sus evidentes rasgos élficos no permitían asegurar esa estimación. Maiwen reconoció en ella a la acólita que había dado el nombre de Veda Sanadria durante la Ceremonia del Sacrificio.
La joven se acercó a él y el consejero, por cortesía, se levantó de su asiento. Los estilizados ojos con forma de almendra de la acólita, azules como un cielo sin nubes, lo contemplaron como quien mira una mosca. Por debajo de su capucha blanca escapaban un par de rizos rubios que ella no se molestó en ocultar.
—Señor Arezo —le saludó con una voz que parecía miel líquida—. Lamento anunciaros que el Gran Eirén no podrá atenderos hoy.
Maiwen arrugó la frente. Eso dificultaba sus planes.
—Es importante que hable con él en persona.
—No se encuentra bien de salud —le explicó la acólita, sin darle más detalles—. Podéis venir otro día o...
—Es urgente.
—En ese caso, puedo atenderos yo misma. Mi nombre es Lena.
—¿No tienes apellido, Lena?
—Los acólitos perdemos nuestros apellidos cuando entramos al servicio de nuestro señor. Soy solo Lena.
Maiwen lanzó un suspiro hastiado.
—Lo siento, Lena. Necesito hablar solo con el eirén. Lo que vengo a decirle es de suma gravedad y debe saberlo.
—Yo se lo informaré.
—Debo comunicárselo en persona —insistió él.
—Lo lamento, señor Arezo. En ese caso deberá esperar a otro día.
El consejero sopesó sus opciones. Si esperaba, tal vez los reyes hicieran alguna jugada imprevista que le obligara a cambiar de planes. «Decírselo a un acólito es como decírselo al eirén —reflexionó—. No debería haber ningún problema».
—Se trata de una posible traición al Primigenio —confesó, al fin. La acólita desorbitó los ojos en una expresión de genuina sorpresa.
—¿Una traición? ¿Por parte de quién?
—Es un asunto delicado, Lena. —La elfa lo miraba con expectación, así que él añadió—. De los reyes.
—¿Los reyes? ¿Tenéis pruebas que lo demuestren?
Maiwen detectó algo extraño en la voz de la acólita. Inquietud, curiosidad... lo que supuso que era normal dadas las circunstancias. Pero también había otra cosa, algo que no supo definir. «¿Por qué quiere saber si tengo pruebas? ¿Qué le importa eso a ella?»
—¿Tenéis pruebas, señor Arezo? —insistió Lena. Los labios le temblaban, por mucho que intentara aparentar una expresión neutral.
—Las tengo —contestó él, sucinto, decidido a no hablar más con esa joven.
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El último Sacrificio (Hijos del Primigenio I)
FantasiEl mundo de Celystra vive asolado por el Primigenio, su dios y creador, pero también su verdugo. Varios pueblos se atrevieron a alzarse contra él en el pasado, y su desfachatez les salió muy cara. Ahora, siglos después, el Primigenio exige que cada...