Capítulo 13 (segunda parte)

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Obedecieron al diarca y fueron a uno de los hospitales de Cyrill para que un chamán atendiera a Shaleen. Abandonaron la plaza de las Gárgolas mientras un grupo de operarios se dedicaban a levantar el cuerpo sin vida de Tèrold Logios. Otros se ofrecieron a llevar a la cazadora al hospital, pero ella, que ya había despertado de su breve desmayo, aseguró que podía ir por su propio pie.

—¿Dónde se encuentra el hospital? —se interesó Lanson.

—El más cercano está a dos calles de distancia en esa dirección —le informaron, señalando hacia el norte—. Es un buen centro, pero si podéis caminar bien os recomendamos que vayáis al del barrio del Centro o bien al de los Rosales.

Shaleen parpadeó, incrédula.

—¿Cuántos hospitales hay en Cyrill? —se sorprendió y recibió una risa por respuesta.

Prefirieron ir al primero, ya que el estado de Shaleen tampoco le permitía recorrer grandes distancias por mucho que la joven perjuraba que se encontraba bien: caminaba encorvada, cojeaba y todavía le sangraba la herida de la mejilla.

—En Kada solo tenemos uno —comentó Veda, mientras se acercaban al recinto—. ¿Por qué hay tantos aquí?

—Los hospitales son los lugares más importantes de Maeghar —le explicó Yanis. Ahora que la situación con Shaleen ya se había resuelto, el geógrafo parecía haber recuperado su labia habitual—. Junto a las escuelas militares. Deben asegurarse de que todos sus habitantes estén sanos.

El hospital resultó ser un edificio grande e imponente, rodeado de jardines donde los pacientes descansaban y tomaban el sol. Pasaron al lado de una fuente de la que manaba abundante agua y en cuyo borde varias palomas se refrescaban las plumas. Lanson observó el monumento con incredulidad.

—¿Y este es solo un «buen centro»? —arguyó, parafraseando al operario que los había guiado hasta allí—. ¿Cómo serán los otros? Los enfermos deben de pagar una millonada para ser atendidos aquí...

Shaleen dejó de caminar al segundo.

—Yo no llevo tanto dinero.

—No tenemos que pagar nada —aclaró Yanis—. La sanidad es gratuita en Maeghar, tanto para los maegharenses como para los extranjeros.

—¿Y quién lo paga? —se interesó el alto aristócrata.

—El Estado.

—¿Y de dónde saca todo ese dinero?

—De impuestos, lógicamente —bufó el geógrafo, como si la respuesta fuera lo más obvio del mundo. Lanson lo miró con media sonrisa dibujada.

—¿Y tú cómo sabes...? Ah claro, lo olvidaba. Te gusta leer.

Entraron en el centro hospitalario y enseguida un operario que afirmó ser un ayudante los atendió.

—Avisaré a uno de los chamanes. Por favor, esperad aquí.

—Lo cierto es que exceptuando al cafre de Tèrold Logios, el resto de maegharenses me están resultando personas pacíficas y tranquilas —observó Lanson, masajeándose la barbilla—. Incluso el diarca. Pensé que serían distintos...

—No te dejes engañar —repuso Yanis. A Ivy no se le escapó que el joven había tuteado al alto aristócrata; no era la primera vez que lo hacía y Lanson hacía tiempo que no le llamaba la atención al respecto—. Siguen siendo un pueblo guerrero. Mira lo que ha pasado con Shaleen —su voz se enturbió—. Estoy seguro de que Gorham Azura no confiaba en que fuera a ganar. Y aun así...

—Pero gané. —Shaleen apretó una mano del joven y le dedicó una cariñosa mirada que Ivy fingió no haber visto.

—Señora Shaleen Earland —les llamó una mujer desde una puerta al final del pasillo. Tenía un aspecto rotundo, con hombros y espalda muy anchos, y estaba dotada de unas piernas gruesas que ocultaba bajo un peplo de color verde—. Soy la chamana que os tratará. Podéis entrar acompañada por una persona. —Lanzó un rápido vistazo al grupo y añadió—. Una mujer.

El último Sacrificio (Hijos del Primigenio I)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora