Capítulo 3: El encuentro prohibido

3 0 0
                                    

La primavera llegó al reino, trayendo consigo la fragancia de las flores y la calidez del sol. Era una época de renovación, pero también de confusión para Adriana. Durante un paseo en los jardines del palacio, conoció a un joven plebeyo llamado Julián, que había llegado al palacio para ayudar en los arreglos florales para la festividad de la primavera. Era un chico de espíritu libre, con una risa contagiosa y una pasión por la naturaleza que lo hacía destacar.

Adriana lo observaba trabajar desde lejos, sintiendo una conexión inmediata. Su cabello castaño ondeaba con el viento, y su sonrisa iluminaba el espacio. Decidió acercarse a él, sin pensar en las diferencias que los separaban.

"Hola, soy Adriana. ¿Te gusta trabajar con flores?" preguntó, intentando sonar casual.

"Hola, princesa. Sí, me encanta. Las flores tienen una forma especial de contar historias. Cada una es única, al igual que las personas", respondió Julián, mirándola con interés.

La conversación fluyó con facilidad, y a medida que compartían sus pensamientos sobre la vida y sus sueños, Adriana sintió que se estaba enamorando.

Pasaron semanas en los que sus encuentros se hicieron más frecuentes. Se encontraban a escondidas, robando momentos en los que podían hablar y reír juntos. Julián le contaba sobre su vida en el pueblo, y Adriana compartía sus sueños de gobernar con justicia y compasión. Era un amor puro, pero también una relación llena de riesgos.

Una tarde, mientras paseaban juntos por el bosque cercano, Julián tomó la mano de Adriana. "No puedo dejar de pensar en ti. Eres diferente a cualquier otra persona que haya conocido. ¿Qué pasaría si pudiéramos estar juntos sin importar el estatus?", preguntó, su voz llena de esperanza.

Adriana sintió un cosquilleo en su pecho. "Me gustaría que pudiéramos, Julián. Pero hay tantas cosas en juego. Soy la heredera al trono, y mi vida no es solo mía. Hay deberes y expectativas", respondió, con un susurro de tristeza.

"¿Por qué no podemos luchar por lo que sentimos? El amor debería ser suficiente para superar las diferencias", insistió Julián, apretando su mano con ternura.

"Lo sé, y lo deseo con todo mi corazón. Pero también sé que mi abuela tiene otros planes para mí. Debo respetar eso", contestó Adriana, sintiendo la presión del deber que la rodeaba.

Los días se convirtieron en semanas, y la relación entre Adriana y Julián floreció, pero la realidad siempre estaba al acecho. La Reina Nila, al enterarse de la amistad entre su nieta y un plebeyo, decidió que era hora de intervenir.

Un día, convocó a Adriana a su despacho. "Adriana, querida, debemos hablar de Julián", dijo la reina, su tono serio.

Adriana sintió un nudo en el estómago. "¿Qué pasa, abuela?"

"He escuchado cosas. Las gentes del palacio están hablando de tu relación. No es apropiado, y debes poner fin a esto", afirmó Nila, mirando a su nieta con preocupación.

"¿Por qué no, abuela? Lo amo. Julián es un buen hombre, y no entiendo por qué no puedo estar con él", respondió Adriana, sintiéndose herida y frustrada.

"Adriana, mi querida, el amor es hermoso, pero tú eres la heredera al trono. No puedes darte el lujo de amar a un plebeyo. Las decisiones que tomes hoy afectarán a nuestro reino mañana. Debes pensar en tu deber", explicó Nila, su voz llena de pesar.

"¿Entonces debería renunciar a mi felicidad por el reino? ¿No hay otra manera de hacer esto? No estoy lista para dejarlo", replicó Adriana, las lágrimas brotando de sus ojos.

"Entiendo que esto es difícil, pero a veces debemos hacer sacrificios. El amor no siempre es suficiente. Las alianzas políticas y el estatus son cruciales en nuestra posición. Te lo pido como tu reina y tu abuela", dijo Nila, su tono firme.

Adriana sintió que el peso de las palabras de su abuela la aplastaba. "¿Y si Julián también está dispuesto a luchar por esto? ¿No deberíamos intentarlo?", suplicó, aferrándose a la esperanza.

"Si realmente lo amas, entonces deberías tener la fuerza de dejarlo ir. Es lo mejor para ti y para el reino. Quiero que seas feliz, pero hay momentos en que debemos elegir entre el corazón y el deber", respondió Nila, su mirada suave pero decidida.

Las palabras de la reina resonaron en la mente de Adriana mientras se alejaba de su despacho. Sabía que no había escapatoria. Al día siguiente, decidió que debía hablar con Julián.

Se encontraron en el mismo bosque donde había florecido su amor. La tensión en el aire era palpable. "Adriana, he estado esperando verte. ¿Qué sucede?", preguntó Julián, notando su expresión triste.

"Julián, hay algo que necesito decirte", comenzó, con la voz temblorosa. "Mi abuela ha hablado conmigo. Dice que nuestra relación no es posible. Que no puedo estar contigo por mi deber como heredera".

Los ojos de Julián se ensombrecieron. "No puede ser. Hemos construido algo hermoso. No puedo creer que simplemente lo dejemos ir", dijo, su voz llena de frustración.

"Yo tampoco quiero dejarlo ir. Pero no puedo ir en contra de mi familia y mis responsabilidades. No puedo ser la reina que el reino necesita si no lo hago", admitió Adriana, sintiendo que su corazón se rompía en mil pedazos.

"¿Y si hacemos algo al respecto? Podemos demostrarles que el amor puede superar estas barreras", sugirió Julián, pero su voz se volvió cada vez más tenue.

"Es un riesgo que no puedo tomar. Sería egoísta de mi parte poner mi felicidad por encima de la estabilidad del reino", respondió, su voz quebrada.

Los dos se miraron en silencio, entendiendo la magnitud de lo que estaba en juego. Finalmente, Adriana tomó una profunda respiración y dijo: "Julián, te amo, pero debes dejarme ir. Debo cumplir con mi deber. Siempre serás parte de mí, pero no puedo continuar con esto".

Las lágrimas brotaron de los ojos de Julián, quien asintió lentamente, sintiendo que su corazón se desvanecía. "Si es lo que debes hacer, entonces lo haré. Pero siempre recordaré lo que compartimos", dijo, su voz llena de dolor.

"Yo también. Siempre estarás en mi corazón", respondió Adriana, sintiendo que la tristeza la invadía.

Se separaron esa tarde, sabiendo que su amor había florecido en un mundo que no podía aceptarlo. A medida que Adriana regresaba al palacio, se dio cuenta de que, aunque su corazón estaba roto, había tomado la decisión correcta por el bien de su reino.

A partir de ese día, aunque el amor de Julián siempre estaría presente en su memoria, Adriana se dedicó a fortalecer su preparación para convertirse en la reina que su pueblo necesitaba, llevando consigo la lección de que a veces, el amor más grande requiere el mayor sacrificio.

El Amor de una Princesa: Entre el Deber y el CorazónWhere stories live. Discover now