Capítulo VI

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Querido Sam,

El amor es una fuerza formidable, tan potente que incluso he comenzado a apreciarte de verdad, ¡quién lo diría! A pesar de todo, no he podido acallar el amor que ha nacido en mi corazón. Te envío estas flores y con la esperanza de que, al leer esta nota, puedas entender mis sentimientos.

Lo que hice es imperdonable, pero, sinceramente, no me interesa el perdón de nadie. No puedo evitarlo; es algo intrínseco en mí, no es parte de mí. No pude llevarte conmigo, pero al menos pude saciar mi sed de sangre, no contigo, sino con Tania Johnson. Quizá te alegre saber que ella ya no está en este mundo; sé que no te agradaba.

Espero con ansias el momento en el que pueda poner mis manos sobre tu cuello, apretarlo tan fuerte que tus ojos se llenen de desesperación y tu rostro exprese la verdadera esencia del arte. Eres especial, no lo olvides, y como siempre, lo especial se deja para el final. No te desesperes, pronto estaré nuevamente a tu lado, escuchando tu respiración mientras tu corazón aún late.

Atentamente, Anónimo

Después de recibir aquel arreglo de flores y leer la nota que lo acompañaba, mi mente se negó a aceptar la realidad que me rodeaba. Todo parecía una pesadilla lúgubre de la que deseaba desesperadamente despertar. Sin pensarlo más, mi cuerpo, debilitado por la estancia en el hospital, encontró la fuerza necesaria para levantarse de la cama y salir corriendo por el pasillo.

— ¿Quién trajo las flores? —, grité con una desesperación que resonaba en las paredes, mientras mis manos temblorosas aún sujetaban aquel papel que contenía palabras que parecían talladas en fuego.

Mis gritos, llenos de angustia, alertaron a las enfermeras y médicos que rápidamente se acercaron a mí, tratando de entender la situación.

— ¿Se encuentra bien? —, preguntó una de las enfermeras con evidente preocupación en su voz.

—Solo quiero saber quién trajo estas flores—, respondí con una mezcla de inquietud y urgencia en mis ojos.

—Las trajo un hombre—, mencionó de manera apresurada.

¿Cómo era ese hombre? —, pregunté, clavando mi mirada en la enfermera, buscando en su rostro alguna pista, alguna verdad reveladora.

No le miré bien el rostro, traía gafas oscuras, lo siento—, explicó mientras desviaba la mirada, incapaz de ofrecerme la respuesta que tanto necesitaba.

Las cosas se estaban saliendo de control. La incertidumbre me carcomía por dentro, creando un torbellino de pensamientos y emociones desbordadas.

Necesito un teléfono—, supliqué desesperado, mientras regresaba a mi habitación, donde sentía las paredes cerrarse a mi alrededor con la opresión de mil preguntas sin respuesta.

Afortunadamente, no estaba solo. Habían llegado Jennifer y su madre de visita, sus rostros marcados por la preocupación y el deseo de ofrecerme consuelo.

El remolino de inquietud y desesperanza se hizo un poco más llevadero con la presencia de aquellos que me importaban, aunque todavía quedaban muchas incógnitas por resolver en ese enigma que envolvía mi corazón y mi mente.

Jennifer preguntaba con desconcierto: — ¿Qué sucede, Sam? —.

—No es nada, solo que el hospital llamó a servicios sociales—, respondí, mientras mi rostro pálido mostraba el terror por todo lo que estaba ocurriendo.

—No te preocupes, arreglaré todo para que puedas quedarte con nosotras—, dijo Martha, la madre de Jennifer, mientras salía de la habitación del hospital.

Diario de un AdolescenteDonde viven las historias. Descúbrelo ahora