Nuestra travesía en alta mar fue de lo más entretenida los primeros dos meses. Tuvimos la fortuna de convivir con una tripulación veterana en las artes de la navegación, y al mismo tiempo, con hombres de mar extrovertidos y elocuentes, conocedores de un sinfín de historias y aventuras de lo más disparatadas, interesantes y divertidas. Nuestra intención era procurar navegar a la mayor velocidad posible hasta Inglaterra, acompañados de un clima amable y unos vientos favorables para «Corsario Negro».
Durante el día nos concentrábamos en las labores de navegación, duras e intensas. Cuando el sol comenzaba lentamente a esconderse en el horizonte, nos turnábamos para pasar una grata velada en el comedor del «Corsario Negro». Las tertulias, las payasadas y ocurrencias eran dignas de presenciarlas y formar parte de ellas. Entre carcajadas, música y teatralidad nos pasábamos las horas con una sonrisa en los labios y paz en nuestros corazones.
Me percepción acerca de esos temibles hombres cambió por completo.
En más de una ocasión notaba las lágrimas brotar de los ojos de Nancy, y ella me hacía notar las mías, explotando ese peculiar dolor en la barriga que nos doblaba involuntariamente sobre la mesa de tanto reírnos. Algunas veces terminábamos ambas bailando entre tarros de cerveza y botellas de ron al sentirnos tan animadas y entusiasmadas que no nos importaba en lo absoluto subirnos a la mesa, improvisando una alocada y enérgica coreografía.
El brillo en los ojos de Nancy me hacía sentir muy viva y feliz. Y las sonrisas que ella me dedicaba cuando nuestras miradas chocaban, era tan dulce y embriagador como el ron que consumíamos y corría libre y ardiente por nuestras gargantas.
—¿Qué sensación puede superar regresar ricas como reinas a Inglaterra?... —Me preguntó impulsivamente Nancy. Medité unos segundos mientras daba tumbos danzarines sobre la enorme tabla en un intento inaudito por no caerme. La música y las ovaciones giraban a nuestro alrededor.
—¡Qué nos coronen como tal al llegar!
—Entonces, ¡qué así sea! —Gritó Nancy a todo pulmón, y enseguida un coro de voces descarnadas repitió varias veces la proclama, para finalizar en una gran fanfarria de gritos, silbidos, aplausos y algarabía.
Despertar con resaca era ya rutinario. Pero, los cocineros a bordo eran tan expertos en preparar para todos suculentas sopas y caldos que nos ayudaban a reponernos casi en seguida. También nos ofrecían un agradable e intenso café arábigo que nos estimulaba y disminuía el malestar. Aquel aire marino, el sol radiante y el agradable ambiente en cubierta nos reponía con mayor facilidad. Y el sonido de las olas al chocar contra el casco, era un remanso sinigual.
Semanas más tarde comencé a notar un interés romántico de Nancy por uno de los marineros; se notaba más taciturno que el resto de sus camaradas. Quizás se trataba de un simple flirteo, pero por alguna extraña razón, verlos juntos me incomodó totalmente. Ese sentimiento me desconcertó. Quizás, la estimaba tanto y deseaba lo mejor para ella, que verla interesada en otra persona me produjo ese desagrado. Tal vez sentía celos. Era un hombre joven y atractivo. Por tal razón decidí disimularlo y ocultarle mi sentir. Nuestro juramento «Juntas hasta la muerte» resonó con fuerza en mi mente hasta que logré quedarme finalmente dormida.
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Valkirias y Sirenas
Storie breviUna aventura épica que entrelaza piratas con vikingos.