La mañana siguiente llegó demasiado rápido para Ethan. Apenas había dormido, atrapado entre el agotamiento físico y una mente que no encontraba descanso. Su sueño con la ciudad de cristal seguía latente en su mente, como una sombra persistente que no lograba despejar. Por más extraño que hubiera sido, no podía sacudir la sensación de que aquel sueño tenía un significado más profundo, algo que no podía entender del todo, pero que sentía cerca, como si fuera una verdad que estaba en la punta de su lengua.
Se levantó de la cama con el mismo peso que siempre, arrastrando los pies hacia el baño y repitiendo la rutina matutina con movimientos lentos y vacíos. Todo parecía desprovisto de color, de sabor, de vida. La comida no tenía gusto, las palabras de su madre a duras penas llegaban a sus oídos, y el mundo más allá de su ventana se veía desenfocado, como si no formara parte de él.
Sin embargo, mientras se dirigía a la universidad, un detalle no dejaba de molestarle. El sueño con la ciudad. ¿Por qué había sido tan claro? ¿Por qué recordaba cada grieta, cada edificio hecho de cristal como si hubiera estado caminando por sus calles en la vida real? Nunca había tenido sueños tan vívidos antes. Tal vez, pensó, era solo el reflejo de lo que sentía por dentro, una especie de manifestación de su mente rota. Pero la intensidad de aquella visión lo inquietaba.
Al llegar al campus, el ruido de la gente y el bullicio habitual lo envolvieron, pero no lograban alcanzar su conciencia. Caminaba entre la multitud como una sombra más, ignorado, invisible. No tenía energía para interactuar con nadie, y, sinceramente, prefería que lo dejaran solo. Se sentía una carga, y lo último que quería era arrastrar a los demás a su oscuridad.
Entró en la primera clase del día, Matemáticas. El profesor ya estaba escribiendo fórmulas en la pizarra, explicando con energía el concepto del día. Ethan tomó asiento al fondo, como siempre. Intentó concentrarse, pero su mente no estaba ahí. Las palabras del profesor eran un eco lejano, como si provinieran de otro universo. En lugar de eso, su mente volvió a la ciudad de cristal, a esas grietas que parecían multiplicarse cada vez que las miraba. ¿Qué simbolizaba todo aquello? Y, más importante aún, ¿por qué no podía dejar de pensar en ello?
Sacó su cuaderno, como si fuera a tomar apuntes, pero en lugar de eso comenzó a dibujar. Las líneas salieron de su lápiz casi sin esfuerzo, como si sus manos supieran exactamente qué hacer. Trazó las siluetas de los edificios de cristal, los mismos que había visto en su sueño. Cada rascacielos, cada calle, cada grieta estaba exactamente como la recordaba. Y mientras dibujaba, algo extraño comenzó a suceder.
Ethan sentía que se hundía más y más en su propio mundo. Las voces a su alrededor se desvanecieron, el ruido del aula quedó silenciado. Todo lo que quedaba era él y la ciudad que estaba plasmando en el papel. Las grietas en los edificios se hicieron más profundas, más detalladas, como si estuvieran llamándolo a reparar algo. Pero antes de que pudiera seguir adelante, una mano le tocó el hombro, sacándolo de su trance.
—¿Ethan? —Era Tomás, su compañero de clase, que lo miraba con una mezcla de curiosidad y preocupación—. ¿Estás bien?
Ethan parpadeó, volviendo a la realidad de golpe. Miró el dibujo en su cuaderno, sorprendido de lo lejos que había llegado sin siquiera darse cuenta. Cerró el cuaderno rápidamente, como si quisiera ocultar lo que había hecho, aunque no había nada malo en ello. Aun así, sentía que dibujar esa ciudad era algo profundamente personal, casi como un reflejo de su alma que nadie más debía ver.
—Sí, estoy bien —respondió, intentando sonar casual, aunque su voz traicionaba su inquietud—. Solo... estaba distraído.
Tomás lo miró con escepticismo, pero no insistió. Era un chico simpático, de esos que siempre intentaban animar el ambiente, aunque su energía incesante solía ser demasiado para Ethan. Hoy, sin embargo, agradeció que no presionara más.
Las horas siguientes pasaron en un suspiro. Ethan se movió a través de su rutina diaria como un autómata, sin prestar demasiada atención a lo que sucedía a su alrededor. Su mente volvía una y otra vez a la ciudad de cristal, como un imán que lo atraía hacia algo que no lograba descifrar. Algo estaba cambiando dentro de él, algo que no comprendía, pero que no podía ignorar.
Cuando terminó su última clase del día, Ethan decidió no ir directamente a casa. En lugar de eso, caminó hasta un pequeño parque que conocía, un lugar tranquilo donde solía refugiarse cuando necesitaba pensar. Allí, se sentó en un banco, sacó su cuaderno de bocetos y volvió a dibujar.
Esta vez, el paisaje era más oscuro. Las grietas en los edificios de cristal eran más profundas, y había trozos de los rascacielos que parecían haber comenzado a derrumbarse. Las calles estaban vacías, desprovistas de vida, pero algo en la imagen lo hacía sentir incómodamente familiar.
Mientras trabajaba en los detalles, escuchó el suave murmullo del viento entre los árboles. Levantó la vista, y sus ojos se encontraron con el horizonte. El sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de tonos naranjas y violetas. Siempre le habían gustado los atardeceres. Había algo en esa mezcla de colores, en la transición de la luz a la oscuridad, que le traía un poco de paz. Quizás porque los atardeceres eran un recordatorio de que, incluso en los días más oscuros, la belleza podía aparecer en los momentos menos esperados.
Ethan respiró hondo, intentando dejar que la calma del momento lo envolviera, pero el peso en su pecho seguía ahí. Aunque el paisaje fuera hermoso, no podía evitar sentir que algo dentro de él seguía roto, igual que la ciudad que seguía dibujando. ¿Sería posible arreglarla? ¿O estaba condenado a ver cómo todo a su alrededor se desmoronaba, tal como sentía que ocurría con su vida?
El tiempo pasó rápidamente mientras observaba el sol desaparecer por completo, dejando atrás un cielo estrellado. La primera estrella de la noche apareció, brillante y solitaria. Ethan la miró fijamente, deseando ser como esa estrella: pequeña, pero brillante, destacándose en la inmensidad de la oscuridad.
Cerró su cuaderno, sintiendo que, por el momento, había hecho lo suficiente. No había encontrado respuestas, pero al menos había logrado desconectarse un poco de sus pensamientos intrusivos. Aunque fuera solo por unos momentos.
De regreso a casa, las palabras de su madre lo recibieron con la misma calidez de siempre, pero esta vez Ethan sintió que algo había cambiado dentro de él. No era mucho, solo una chispa diminuta, pero por primera vez en semanas, se preguntó si quizás había una forma de reparar las grietas. Quizás, después de todo, no estaba completamente roto.
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La Ciudad de Cristal Roto
FantasySinopsis: Ethan es un joven que siente que su vida es frágil, como si estuviera hecha de cristal. Su ansiedad lo mantiene constantemente al borde, y su depresión lo ha alejado de todo lo que una vez disfrutaba. Se ha ido encerrando en sí mismo, sin...