La niebla flotaba sobre los altos muros de la ciudad, serpenteando entre las torres de cristal y piedra que sostenían el cielo con su brillo. Desde las primeras horas del amanecer, el aire estaba cargado de energía mágica. Cada rincón de la ciudad de Lunaris, la metrópolis donde el poder tenía un valor tangible, vibraba con los ecos de antiguos conjuros. Para un forastero, la ciudad parecería un sueño, un paraíso de maravillas y riquezas, pero para quienes vivían allí, Lunaris era una prisión dorada.
En lo alto, las élites de la magia intercambiaban hechizos en salas privadas, selladas por barreras inquebrantables que ni el más hábil de los ladrones podría atravesar. Pero esa seguridad era una ilusión, algo que Aldara sabía demasiado bien. Desde su pequeña oficina en el centro, lejos de las torres de los magos, Aldara observaba la ciudad con una mezcla de resignación y desdén.
—¿Otro cliente quejándose de hechizos robados? —murmuró, mientras repasaba las hojas de un expediente nuevo.
Aldara, una investigadora independiente, había visto ese patrón una y otra vez. Los magos, siempre tan confiados en sus protecciones, creían que estaban por encima de todo. Hasta que no lo estaban.
Ella había aprendido hacía mucho tiempo que las barreras más fuertes podían romperse, y que la magia, al final, era solo una herramienta, como cualquier otra. Y las herramientas podían ser robadas.
Aldara dejó el expediente sobre su escritorio y miró a través de la ventana. El bullicio de las calles llegaba hasta ella, mezclado con los destellos de magia que fluían por las venas de la ciudad, en forma de hechizos comprados y vendidos en cada esquina.
—La magia como moneda... —reflexionó en voz baja—. Y todos quieren un trozo del poder.
Su vida antes de convertirse en investigadora había sido muy distinta. Había pertenecido al Gremio de Magos, una organización elitista donde los hechizos no eran solo herramientas, sino símbolos de estatus y poder. Pero ahora era una paria, habiendo dejado atrás ese mundo lleno de política y traiciones veladas. La independencia le costaba, pero prefería su pequeña oficina a las grandes salas frías donde todo era un juego de poder.
Un golpe en la puerta la sacó de sus pensamientos.
—Entra —dijo sin apartar la vista de la ventana.
Un hombre vestido con una túnica oscura entró. Aldara reconoció de inmediato el emblema en su pecho: el símbolo del mago Solon Meron, uno de los más poderosos de la ciudad. Solo los mejores magos podían permitirse asistentes, y solo los más paranoicos enviaban a uno a hacer de mensajero.
—Señorita Aldara, el maestro Meron solicita su presencia —anunció el asistente, con la voz seca y monótona—. Hay un asunto urgente que requiere su atención.
Aldara arqueó una ceja, pero no mostró sorpresa. Sabía que algo importante estaba a punto de suceder; la ciudad siempre le daba señales antes de que ocurrieran grandes eventos. Además, un mago como Solon Meron no solicitaba su ayuda sin razón.
—¿Qué tan urgente? —preguntó, mientras recogía su abrigo de cuero negro y lo colgaba sobre sus hombros.
—El maestro Meron ha sido víctima de un robo —respondió el asistente, haciendo una leve inclinación—. Un robo de hechizos.
Por un segundo, Aldara sintió una chispa de curiosidad. Robos había muchos, pero raras veces eran de hechizos y, menos aún, de alguien tan poderoso como Solon Meron. Alguien había logrado burlar las defensas mágicas de uno de los magos más influyentes de Lunaris. Eso no era algo que ocurriera todos los días.
—Interesante —dijo finalmente, ajustándose el abrigo—. Vamos a ver qué es lo que tienen que decir.
El palacio de Solon Meron era un laberinto de torres brillantes y pasillos interminables. Aldara siguió al asistente a través de los corredores decorados con símbolos mágicos que protegían cada esquina. Pasaron frente a varias cámaras de seguridad mágica, todas aún intactas. Pero las protecciones mágicas más avanzadas no significaban nada si no sabías contra qué te estabas defendiendo.
Solon la esperaba en su salón principal, rodeado de estantes llenos de grimorios antiguos y artefactos que Aldara reconoció a simple vista. Había pasado por allí antes, años atrás, cuando aún formaba parte del círculo de confianza de magos como él. Pero esos días estaban muy lejos.
—Aldara —dijo Meron, sin mirarla directamente. Mantenía su atención en un pergamino flotante, un grimorio que contenía las inscripciones de los hechizos que le habían sido robados.
—Dime exactamente qué sucedió, Meron —dijo ella, sin molestarse en los saludos formales. El pasado había enseñado a ambos a ir al grano cuando había magia en juego.
—Anoche —comenzó él, con voz grave—, alguien robó tres de mis hechizos más poderosos. Hechizos que estaban bajo siete capas de protección mágica. Nadie debería haber podido tocarlos, y sin embargo... desaparecieron.
Meron hizo una pausa, sus ojos finalmente encontrándose con los de Aldara. La furia en su mirada era innegable, pero más que furia, Aldara percibió miedo. Algo o alguien había logrado lo imposible.
—¿Algún rastro? —preguntó ella, caminando hacia la mesa donde flotaba el pergamino.
—Ninguno. Ninguna firma mágica. Ninguna huella —Meron apretó los puños—. Es como si los hechizos se hubieran desvanecido en el aire. Y eso, Aldara, no tiene explicación.
Ella asintió lentamente, procesando lo que le decía. Robar hechizos no era imposible, pero dejar un lugar sin una sola traza de magia requería algo más que habilidad. Requería magia antigua o prohibida, el tipo de poder que había sido enterrado hace siglos por el gremio de magos.
—Voy a necesitar acceso a tus cámaras —dijo finalmente—. Y a tus registros de protección mágica.
Meron asintió en silencio, incapaz de ocultar su desesperación.
—Encuentra a quien hizo esto —pidió—. Y hazlo rápido. Este no fue un simple robo. Hay algo más detrás.
Aldara no necesitaba que se lo dijera. Sabía que el ladrón no había terminado, y si había logrado penetrar las defensas de Meron, ningún mago en Lunaris estaba a salvo.
Salió del palacio de Meron con una sensación extraña en el pecho. Algo grande se estaba gestando, algo que cambiaría para siempre la forma en que la magia fluía en Lunaris.
Y ese era solo el comienzo.
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El ladrón de Hechizos Vol.1
Mystery / ThrillerEn la ciudad de Lunaris, la magia es más que una herramienta: es una moneda, una fuente de poder que define el estatus y la influencia. Aldara, que alguna vez formó parte del gremio de magos de élite, ahora trabaja como investigadora independiente d...