Al día siguiente, llegó la hora de partir para conquistar el castillo de Kite. Me encontraba junto a Bala Hatun, Ayca Hatun, Orhan Bey, Alaeddin Bey y los demás alpes, ocultos entre la maleza y las rocas, aguardando el momento oportuno para atacar. La caravana que se acercaba transportaba a mujeres de nuestras tribus, capturadas por los hombres de Tegin, y hoy sería el día en que las recuperaríamos.
Orhan Bey observaba la distancia con atención, sus ojos calculando cada movimiento. La tensión en el ambiente era palpable. Todos sabíamos que este ataque era solo el primer paso hacia la toma del castillo de Kite, pero también entendíamos lo que significaba rescatar a nuestras hermanas y madres, regresarlas a sus hogares y restituir su libertad.
Bala Hatun, a mi lado, desenvainó su daga con movimientos lentos y precisos, sus ojos fijos en la caravana que avanzaba lentamente por el camino de tierra.
—Es hora de hacer justicia —murmuró, con una firmeza en su voz que me llenó de fuerza.
Orhan Bey levantó la mano, indicando que nos preparáramos. Cada uno de nosotros se movió en silencio, acomodándonos en nuestras posiciones. Ayca Hatun y yo intercambiamos una última mirada. Su rostro estaba sereno, pero en sus ojos ardía una determinación feroz. Era en momentos como estos que sentía que el lazo entre nosotras se volvía más fuerte, tejido con la valentía compartida.
Finalmente, cuando la caravana estuvo a escasos metros, Orhan Bey bajó la mano, y fue como si el tiempo se detuviera. Salimos de nuestros escondites, cargando hacia la caravana con gritos de guerra y las armas desenvainadas, sorprendiendo a los guardias que apenas tuvieron tiempo de reaccionar.
La adrenalina recorría mi cuerpo mientras me lanzaba al combate. La espada en mi mano era una extensión de mi brazo, y cada movimiento se sentía tan natural como respirar. Cuando el primer guardia se abalanzó hacia mí, esquivé su golpe con rapidez, dejando que su propia inercia lo desestabilizara. Con un giro rápido, llevé mi espada hacia su costado, y él cayó al suelo antes de poder reaccionar.
La batalla era un torbellino de gritos y armas chocando. Otro soldado intentó atacarme por la espalda, pero escuché el movimiento de sus pies en la tierra y me volví a tiempo, enfrentándolo cara a cara. En un movimiento calculado, lancé una patada que lo hizo tambalearse y, sin darle un respiro, aproveché para golpearlo con el pomo de mi espada, dejándolo fuera de combate.
Cuando vi que tres guardias se acercaban al mismo tiempo, el corazón me latió con fuerza, pero me mantuve en calma. Retrocedí un paso, mis ojos evaluando sus posturas y movimientos. En un instante, tomé un puñado de tierra y se los lancé a la cara, cegando al que estaba al frente. Los otros dos dudaron, y usé esa pequeña ventaja para golpear a uno en la pierna y derribar al otro de un tajo rápido. La batalla era un juego de instintos y precisión, y yo no podía permitirme perder.
Cada golpe, cada esquive, cada caída de mis enemigos, me llenaba de fuerza. Sabía que estaba luchando no solo por mí, sino por cada mujer que ellos habían capturado y por cada vida que habían intentado doblegar. Cuando el último de los guardias cayó, me quedé en pie, jadeando, sintiendo la sangre aún caliente en mis manos.
Con la espada aún firme en mi mano, miré a mi alrededor. La batalla había terminado, pero el eco de los gritos de guerra seguía vibrando en el aire. En ese momento, supe que mi lucha, mi misión, apenas comenzaba.
Al terminar la batalla, me incliné para limpiar la sangre de mi espada en la hierba, todavía con la respiración acelerada. En medio del silencio que seguía al combate, escuché pasos detrás de mí. Al girarme, vi a Bala Hatun, con su arco aún en la mano y una sonrisa en el rostro.
—Elçim, eres buena con la espada, MashaAllah —dijo, con admiración genuina en sus ojos—. No había visto a nadie manejar la espada con tanta precisión y rapidez desde hace mucho tiempo.
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Entre el deber y el corazón
FanfictionHistoria Basada en Elçim Hatun y su historia en Kurulus Osman